En aquellos años las hormonas alborotaban nuestras mentes y cuerpos. Mientras nuestros padres asumían que en las aulas sus hijitos estaban súper bien controlados por profesores, auxiliares y jefes, la realidad era otra. Nosotros, adolescentes de 12 a 13 años no escatimábamos en demostrar el morbo que se manifestaba como una explosión entre nuestras piernas. La exposición a pornografía en el colegio era casi tan regular como el matinal desayuno y hacer notar al compañero nuestras potentes erecciones, elevaban nuestro ego de macho cuasi acomplejado hasta el infinito.
En esos años se me quedaron grabadas tres escenas elementales relacionadas con nuestro culto a la verga.
La primera escena se remonta hacia 1990, uno de los incorregibles pendencieros del 3ro “A”, el “chejo Mejía*” no encontró mejor forma de desfogar sus inquietudes que “pajearse” públicamente cada vez que un profesor lo castigaba por bullanguero o impertinente. ¿Cómo lo hacía? Sencillo, casi siempre el castigo consistía en obligarlo a mantenerse parado tras de un ancho armario, de este modo quedaba totalmente expuesto a la clase y plenamente escondido de la mirada inquisidora del profe.
Desde esa “privilegiada” posición, el chejo no encontraba mejor manera de burlarse del castigo, que sacarse el falo y acto seguido correrse una paja de campeonato, poniendo para ello la expresión más degenerada que un rostro de 13 años pueda tener. Lo más extraño de esto fue que al chejo nunca lo descubrieron, nadie lo delató, ni siquiera nuestras risas escondidas en plena clase.
La segunda escena se dio ese mismo año, pero esta vez el protagonista fue el “loco Arellano*”. El modus operandi fue similar al del chejo. Solo que al loco lo pillaron in fraganti, es decir: con la mano en el mazo. La víctima en esa ocasión fue la profesora de química, la misma que cada vez que escribía en la pizarra sus famosas fórmulas llenas de enlaces de carbono o hidrógeno, no imaginaba que despertaba en el loco sus pasiones onanistas. Un buen día, sin proponérselo, la profesora giró de modo intempestivo y “mierda, me cagué” habrá pensado el loco en un microsegundo, pues inmediatamente se escuchó el grito (apagado) de la maestra, “¡¡ARELLANO…!!”, e inmediatamente le señalo la puerta del aula. El loco se apresuró en cerrar la cremallera de su pantalón bajo el inminente riesgo de molerse el pellejo de las bolas, y tuvo éxito.
A pesar de la gravedad del asunto, me atrevo a pensar que el hecho casi pasó desapercibido por los demás compañeros en el aula. Lo bueno para el loco es que no lo botaron del colegio, ni siquiera le clavaron una de las famosas fichas de incidencia. Pasó piola.
La tercera escena se me hace la más entretenida de todas, casi surrealista. Creo que fue en 1991. Nuestra sección, me parece, siempre albergó a los mejores dibujantes de esos años. El “pelacho” Yuri A., era uno de ellos. Aquel día era la clase inaugural de OBE a cargo de la profesora Leandra L., quien también se inauguraba como profesora en el San Agustín. Después de darnos una charla introductoria aburridísima sobre el comportamiento de los jóvenes adolescentes de los colegios particulares y su comparación con los estatales, procedió a darnos el primer encargo como maestra: cada alumno debía elaborar una especie de proyección conductual futura basándose en nuestra situación actual, en otras palabras, debíamos escribir sobre las cagadas que éramos y que íbamos a hacer para mejorar esto. En una sola cara sin necesidad de poner el nombre.
A todos nos jodió esta tarea (como siempre), y mucho más al pelacho. “Yuri, ¿ya terminaste?” le pregunté al cabo de unos minutos, me llamó la atención lo desordenada que estaba su carpeta aquel día. “Nada chuspi…estoy dibujando” me respondió el pendejo. Me puse de medio lado y vi que mi compañerito estaba sombreando una hermosa verga circuncidada, con todas las venas y nervios en su sitio, digno de un apunte de Miguel Ángel o Da Vinci. “Oye rosquete, ¿qué puta haces?” le pregunte aguantándome la risa. “Nada chuspi, dibujar esta huevada es mejor que hacer esa tarea de mierda”.
Di por terminada la charla y me dispuse a terminar la asignación pendiente. Al cabo de unos minutos noté que mi compañero también se había decidido a cumplir con la tarea, total, no se trataba de decepcionar a la maestra en su primer día. Faltando 10 minutos para el término de la clase, la profesora Leandra nos pidió entregar la respectiva hojita. Luego de unos minutos en los que la maestra revisaba los escritos, noté que Yuri revisaba de forma casi desesperada su carpeta. “¿Qué buscas?” le pregunté, “¡mi pinga chuspi, mi pinga…no la encuentro!”.
Tuve una revelación: el despistado de Yuri había desarrollado la asignación en la cara en blanco de la hoja donde había inmortalizado la monumental verga. Y no me equivoqué. Lo noté en la expresión desencajada de la maestra cuando tuvo entre sus manos esa joya de dibujo. Sin dirigirnos la palabra hizo llamar al jefe de normas y una vez en el aula, Gamboa, con su típica postura detectivesca ubicó en pocos minutos al autor intelectual/material de semejante obra.
A Yuri tampoco le fue mal. Apenas una ficha de incidencia. Hicieron llamar a su padre, llevaron a ambos al psicólogo del colegio. Me inclino a pensar que el dibujo llegó hasta las manos del buen “tufo” nuestro maestro de arte y seguro recibió las felicitaciones del caso. Quién sabe, tal vez el dibujo está enmarcado y colgado en alguna alcoba de jubilada del magisterio. Sería una pena que haya encontrado su fin en una papelera del colegio.
En ese entonces, si que éramos unos niños…
*Se usaron apellidos falsos para proteger la verdadera identidad de los protagonistas de estas historias. :D