Ahora que me interné en uno de los bosques más alejados de nuestra Amazonía, tuve la oportunidad de apreciar in situ mucha de nuestra fauna terrestre. Soy biólogo, pero mí área de interés siempre ha estado ligada a ecosistemas acuáticos, por lo que pocas veces he tenido ocasión de participar en expediciones o caminatas para observar mamíferos menores o mayores. Por ello, me resultó muy gratificante observar en su hábitat a un venado colorado (Mazama americana), al que, a pesar de su obvia presencia en los mercados de Iquitos como carne del monte, siempre lo había ubicado espacialmente en bosques de otras latitudes, como infaltable personaje de la mayoría de cuentos o fabulas europeas.
El día que nos topamos con este hermoso ejemplar, nos llamó la atención su aparente pasividad, a pesar de que apenas nos separaban seis metros de distancia. Esto me recordó una anécdota vivida por un ingeniero forestal de nombre Ítalo, ocurrida hace unos años atrás y que tuvo como protagonista principal a un venado.
Ítalo es un profesional reconocido por sus labores en tareas de avanzada y levantamiento de campamentos en zonas prístinas de la Amazonía, es además un gran conocedor de nuestros bosques y a lo largo de sus años ha vivido y compartido experiencias en muchas cuencas y comunidades amazónicas.
En una ocasión – cuenta Ítalo - cuando se encontraba de cacería junto con unos amigos de una comunidad campesina, encontraron una colpa que al parecer no había sido visitada en mucho tiempo por los mitayeros de la zona, por encontrarse a varios días de caminata bosque adentro. De acuerdo a los rastros dejados por los animales en toda el área circundante a la colpa, los cazadores intuían que solo era cuestión de horas de paciente espera para conseguir sus trofeos de caza.
“Me contento con una sachavaquita, tengo un antojo de hígado frito” pensaba Ítalo.
Los cazadores decidieron separarse prudentemente y se apostaron en zonas estratégicas alrededor de la colpa. Ítalo se ubicó en una posición privilegiada y después de revisar su escopeta calibre 16 y sus cartuchos, se dispuso a observar y a esperar. Los minutos transcurrían lentos y el calor de la selva se tornaba insoportable, a pesar que faltaba poco para el ocaso.
“Puta madre” se dijo Italo “la aguajina que me tomé en la mañana me está haciendo efecto, mejor me doy un pequeño cague antes de que me embarre”
Mientras buscaba un sitio apropiado para su inoportuna faena, dejó el arma apoyada en cualquier lado y comenzó a deambular hasta encontrar el lugar adecuado para defecar, acto seguido se colocó en la clásica posición de cuclillas mientras vagos pensamientos cruzaban por su mente en esos cortos segundos. Tan abstraído estaba, que en un primer momento no se percató de la presencia de un hermoso venado macho, que olisqueaba el (soporífero) aire del ambiente, y no atinaba a desplazarse ni para adelante ni para atrás. Ítalo solo cayó en cuenta de la presencia del venado, al escuchar el crujir de la hojarasca seca bajo sus pezuñas.
“Diosiiiito” se dijo “y ahora, qué hago”
Instintivamente y sin apartar los ojos del animal, que estaba apenas a cinco metros de él, extendió ambos brazos simultáneamente hacia la izquierda y derecha desde su incómoda posición, buscando el arma que pensaba había dejado cerca suyo. La desesperación lo embargó al confirmar que no solo no había dejado el arma a su alrededor, sino que desde su ubicación le era imposible encontrar la escopeta sin espantar al venado.
Mientras tanto, el venado seguía amodorrado, olía el aire, mordisqueaba la hierba con desgano, apenas había avanzado unos pasos con timidez, intuyendo que algo ahí no estaba bien. Y vaya si tenía razón. Por su parte, en su desesperación, Ítalo hacía esfuerzos sobrehumanos para ordenar las ideas en su mente y tratar de salir con éxito de tan incómoda encrucijada.
“A la mierda, no tengo nada que perder” se dijo.
Extendió su brazo derecho y cogió una larga rama seca, ubicó a la rama entre sus brazos como si de una escopeta se tratará y apuntó con firmeza hacia el venado que, confundido por el repentino movimiento, dirigió su mirada frontalmente al tipo que a su vez; en cuclillas, con los pantalones (de camufle militar) en el suelo, y con una ruma de mierda entre sus nalgas y el piso, lo miraba fijamente.
El tiempo pareció congelarse. En el mismo instante en que Ítalo jalaba el imaginario gatillo de su imaginaria escopeta, soltó con todas las fuerzas que tenía, un atronador “BUUUUUUMMMM” que casi le desgarra la garganta.
El venado dio un salto increíble sobre su propio sitio; las pezuñas de sus patas delanteras parecieron alcanzar su pecho; emitió un gemido atroz, gutural, casi humano; puso los ojos en blanco cuando aún estaba en el aire; y cayó al suelo, muerto, como fulminado por un rayo.
Ítalo quedo desconcertado, contento pero desconcertado. Estaba seguro que nadie le creería, casi ni él creía lo que había ocurrido. Sus compañeros llegaron apenas unos segundos después, asustados por el grito. Vieron al venado muerto a los pies de Ítalo, y encontraron su arma junto a unos arbustos, con los cartuchos completos.
“Límpiate el culo y entierra tu cochinada” fue lo único que le dijo uno de sus acompañantes.
Desde entonces, él siempre relata esta historia, arrancando carcajadas y comentarios incrédulos entre su ocasional auditorio. Ante esto, Ítalo siempre responde lo mismo: “si no me creen, pregúntale a fulanito, él estaba ahí…”.
Yo no dudo de la veracidad de esta historia.