“Yo sostengo algo que es difícil de demostrar: hay un interés en mantener a masas embrutecidas y mal preparadas como mano de obra barata y es por ello que hasta ahora no hay un proyecto de educación pública para las clases empobrecidas a pesar de que tenemos crecimiento económico”
Psicoanalista Jorge Bruce, entrevistado por Paola Ugaz, febrero de 2008
La educación en un mundo de cholos ¿Qué hacer?
Noviembre es el mes de los exámenes de ingreso a los centros educativos primarios, normalmente hay una fase de inscripciones y posteriormente una fase de exámenes para que los pequeños muestren los avances obtenidos en su fase de jardineros, una madre de familia me comentó, que después de inscribir a su hija en el colegio del cual soy ex alumno, solicitó información sobre las fechas de los exámenes, a lo que la señorita secretaría sonrientemente respondió “todavía tenemos que ver si la niña está apta para el examen”, la madre de familia se quedó sorprendida, ¿apta para el examen?, ¿cómo así?, ¿acaso se trata de ver la estatura mínima del postulante, ver si sabe nadar o si tiene arritmia cardiaca?, tal como ocurre en las escuelas para policías o fuerzas armadas, o tal vez - seré exagerado para darle más sazón a esta nota – se trata de averiguar detalles particulares de los postulantes; el abolengo de su apellido; la posición social de sus padres o la economía de su hogar; porque ojo, este aspecto, en ciertas ocasiones prevalece sobre los anteriores, seamos claros: este factor suele ser excluyente.
Me explico, si tienes plata aunque tu linaje no sea el mejor: pasas; si tienes plata, aunque tu nombre y tu foto no salga en sociales porque ni eres conocid@ ni eres bonit@: pasas; si tienes plata, aunque tu familia no ocupe cargos públicos o privados de importancia: pasas, pero te advierto: sigues siendo chol@, aunque es distinto un(a) chol@ con plata que un(a) chol@ misi@.
Pasados los exámenes de rigor, la mamá se informó que los resultados saldrían en 15 días, ¡¡¡ni que fuera la ONPE!!! Pero en fin, no le quedó más que esperar y confiar en una institución que guiará la formación académica de su niña los años siguientes, si es que ingresa, claro.
Seguro que estos últimos supuestos pueden sonar un tanto desatinados, y confío hasta donde es posible, que este no es el caso de mi ex colegio, pero ¿quién puede decir que es descabellado pensar de esta forma en nuestro país? Y la preocupación viene precisamente, por el hecho de que es en las instituciones educativas que se deben reforzar las bases de una educación que ponga por encima de todo al ser humano, aún cuando se pueda percibir cierto romanticismo en ello.
Y decimos reforzar, porque los principales valores deben ser establecidos en el núcleo familiar, los padres debemos reconocernos como parte de un problema que tiene un origen afín a la época colonial, pero lo advierto: no ser discriminatorio es harto complicado.
Para empezar dejemos de decir “hoy día no tengo chola”, cuando la empleada doméstica tenga día libre; no decir “pareces un indio” o “actúas como un indio” a nuestros amigos o hijos; inscribir a nuestros niños con nombres como Tupac, Cahuide, Sumaq, Cori o Cusi, en lugar de Hamilton, Winston (que además son marcas de cigarrillos) o Junior, esto actualmente lo promueve UNICEF en algunas comunidades rurales con muy poco éxito; eliminemos el “cholo de mierda” de nuestro vocabulario cotidiano, que sólo esta “al nivel” del “cabrón de mierda”; no nos esforcemos en esconder la mancha mongólica que nuestros hijos tuvieron al nacer, y que simplemente representa un origen genético oriental, africano o indígena, pero ¡ojo! que no excluye a los blancos; mantener nuestra forma de hablar, donde estemos y con quien estemos, no hay nada peor que disforzar la linda entonación que le damos al castellano – la del iquiteño y la del tarapotino, son de lejos las mejores - ser provinciano y hacerlo notar en tu forma de hablar no te hace menos que nadie; utilicemos sin vergüenza los vocablos quechuas, por ejemplo: warmi, yana, uma, etc., porque además lo hacemos de forma cotidiana, casi sin darnos cuenta (revisen Ampay Perú, de Rodríguez y Venturo, 2007) de la misma forma que hablamos spanglish. Seguro pensamos que algunos de estos cambios pueden ser posibles y otros no tanto, pues son exagerados y no se equivocan. No es suficiente con sacar los letreritos “se reserva el derecho de admisión” de determinados lugares, debemos sacarlos de nuestra cabeza y esto debería ser colectivo.
Se debe asimilar que no por leer El Comercio, unos son más que los que leen El Popular o aquellos que simplemente no leen, si unos desprecian el futbol o vóley, porque lo de ellos es el polo, golf o el tenis; deportes elitistas que encajan en su mundo y no en el de los cholos, unicamente muestran que están sumidos en un universo en el que su superioridad solo puede ser vencida por su propio ego, que es en si mismo discriminante y que dice mucho de la formación recibida en su infancia, de los modelos que heredaron y no pudieron erradicar, creando personalidades a imagen y semejanza de Juan Lucas, célebre personaje de una novela de Bryce.
En el colegio, el apodo más hiriente con el que me tildaban era el de “serrano”, por supuesto que no estaba de acuerdo, ¡cholo si era, pero serrano ni cagando!, nótese mi absurda posición adolescente. Han pasado algunos años y afortunadamente mi percepción sobre el tema ha cambiado y seguro que lo mismo ocurrió con mis compañeros del colegio. Sin embargo, de modo general, me parece que ciertos cambios se resisten, el discriminar es uno de ellos, está en nosotros reducirlo. Al fin y al cabo, dependiendo del lugar en el que te encuentres y de una forma u otra, tú también puedes ser catalogado como chol@.
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