lunes, 3 de enero de 2011

Los ojos de Lucas

“La CVR ha constatado que toda una generación de niños y jóvenes ha visto truncada o empobrecida su formación escolar y universitaria como resultado del conflicto; ellos merecen atención preferente del Estado”
“La CVR ha constatado que amplios sectores de la población afectada por la violencia sufren una u otras formas de secuelas psicosociales, lo que debilita sus capacidades de desarrollarse y superar las heridas del pasado”
Conclusiones 157 y 159 del informe final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación.
Conocí a Lucas el año 1986, en ese entonces yo tenía 10 años de edad y él debía andar por los 13. ¿Cómo fue? No lo recuerdo exactamente, lo evoco de golpe en medio de la patota, todos palomillas de entre 9 y 14 años, peloteros a morir. Precisamente el gancho de su ingreso a nuestro grupo debió haber sido el fútbol ya que lo jugaba como pocos: con quimba, con astucia y velocidad, en poco tiempo se convirtió en uno de los imprescindibles del barrio. Su entusiasmo era contagioso, era el número uno poniendo chapas a la gente e inventando pendejadas. Si estabas medio triste, medio capa caída, ahí estaba Lucas para levantarte el ánimo.
Me gustaría decir que aprendimos muchas cosas buenas de él, mentiría, aprendimos de las otras. Lucas era el típico muchacho pendenciero, respondón y atrevido. No era para menos pues había vivido varios años en Lima, en el Callao. Supongo que de esa época adquirió la malicia y el brillo expresado en sus ojos; la alegría en su tono de voz; su sonrisa de oreja a oreja; sus dotes musicales, que eventualmente demostraba al entonar la guitarra de su padre.
Compartimos juntos cuatro largos años en el barrio, llenos de todo: fulbito, pendejadas, reuniones callejeras, cine, más pendejadas. Hasta el día en que Lucas partió a cumplir con el llamado al servicio militar. Era el año 1990 y mi pata asumió el reto frontalmente. En ese entonces yo cursaba el tercer año de educación secundaria y me enteré de esto un fin de semana después, así que no me despedí del “mono”, como lo apodábamos.
Un domingo del año 1992, al salir a buscar a la patota para charlar, me encontré con una agradable sorpresa: Lucas estaba en una de las veredas de mi calle, contando con detalles, que había sido de él en esos dos últimos años.
“Al toque no más me quede en Vargas Guerra, como era uno de los más chatos, me querían hacer huevadas, pero yo siempre estaba mosca. Un día el capitán nos mostró una olla recontra abollada, negra de hollín, hecha una mierda. Nos dijo 'a ver un hombre que me deje esta ollita brillante'. Me levanté al toque, '¡yo mi capitán!' dije. No les miento, agarré arena y la pulí todo un día, la olla quedo de la puta madre. Desde ese día el capi me tuvo consideración”
“Unas semanas después pidieron cinco voluntarios para ir a la zona roja, no lo dude ni un instante, fui el primero en dar un paso al frente”
“No es broma esa vaina del terrorismo, recorrí toda la zona brava: Satipo, Tocache y Saposoa. Ahí todo es en dólares, los soles no valen ni mierda, nuestro grupo manejaba harto billete, esa plata era de la droga. La pasábamos en grande cuando estábamos de franco: chupabamos a morir, cerrábamos bares y nos metíamos purita Garza Real, nos vestíamos bien, comprábamos pistolas automáticas, nos engreíamos”
“Un día, en un operativo capturamos a unos tucos monte adentro, éramos como 15 hombres y casi el mismo número de tucos, así que nos asignaron uno por cabeza. El mío debía tener como 14 ó 15 años, tenía los ojos color caramelo, me contó un poco su historia mientras caminábamos, cómo es que estaba ahí, me habló de su familia, en fin, también le hable un poco de mí, y le invite unos cigarrillos. Después de un día y una noche de caminata llegamos a nuestro campamento. Nunca me hubiera imaginado que la orden del comando sería que cada soldado debía eliminar al tuco que había resguardado, si ñaños, me había caído en gracia el chibolo, pero que puta podía hacer, caballero no más”
Escuchábamos a Lucas narrarnos otros sucesos aún más cruentos durante largo rato, además de lo sorprendente de su relato, a algunos nos quedó en claro otra cosa: Lucas no era el mismo; sus ojos habían perdido el brillo de hacía un par de años atrás; su voz estaba totalmente apagada, como si los gritos, los putas y los carajos, se lo hubieran llevado lejos; su caminar era cansino, pesado, como si tuviera sobre sus hombros una carga demasiado grande para sus 19 años.
No volví a ver a Lucas con la frecuencia de antes, ni a compartir con él las aventuras del barrio, unos años después supe que se había reunido con una joven y que tenía un par de hijos. Supe que vivía en la calle Ricardo Palma cuadra cero, en uno de los barrios miseria de nuestra ciudad. Lo encontré a inicios del año 1999, unos meses después de los sucesos de octubre de 1998. Nos saludamos y me dijo: “cumpa, por siaca tengo una computadora intacta, está desarmada, si te animas me avisas, la saqué de Pesquería cuando la incendiaron”, “claro ñaño, si se de algún interesado te aviso”, le dije.
Desde entonces no lo he vuelto a ver, me dijeron que tiene un hijo más, que sigue viviendo en el mismo lugar, que no tiene oficio conocido. Eventualmente lo recuerdo, imagino sus ojos apagados, tristes, asumo que fueron perdiendo la luz a medida que cumplía su servicio militar.
Pienso en los cientos, miles de jóvenes que pasaron por lo mismo y que no fueron capaces de sobreponerse a ello, dejaron que la luz de sus vidas se fuera apagando de la misma forma que los ojos de mi amigo, generaciones perdidas en las diferentes zonas rojas durante los años del terrorismo. Años que parieron no sólo violencia y dolor, también desesperanza y un futuro peor que incierto en aquellos que pusieron el pecho ante el terror y fueron obligados a ver y cometer atrocidades que marcarían sus almas y que limitarían su porvenir.
Son las tres de la tarde, un domingo del año 1989, tengo 13 años y Lucas va por los 16, estamos listos para jugar una vez más contra el equipo de “el chavo”, en la calle Fanning cuadra 11, aún no hay pista de concreto. Veo a Lucas dominando la bola, calentando, me la pasa, “hoy ganamos 'potocho', con dos goles míos”, me dice, y me lanza un guiño, “claro 'mono', hoy ganamos”, le respondo, y sonreímos cómplices. El presente también nos sonreía, el futuro nos era indiferente a ambos.

3 comentarios:

  1. Será que la luz de los ojos de todo niño desaparece cuando comenzamos la vida de adulto?, pienso que si, los contextos son diferentes, las circunstancias seguro que si, y las oportunidades también mi querido Junior...sólo mira al pasado y todo era alegría con algunos llantos, pero al fin y al cabo la pasabamos bien; ahora nuestras miradas son más duras, por el peso que cargamos, las responsabilidades... aún así agradecemos por nuestras vidas, por lo que tenemos y te aseguro que Lucas, donde esté, también vive la suya y sus alegrías en el presente..

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  2. No es exactamente a eso a lo que me refiero, pero si es un buen punto, para complementar más tu idea está "El principito" de ASE.

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  3. Excelente relato sobre Lucas, a quien también conocí. Felicitaciones.

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