“Dios, que hace eternas las almas de los niños
que destrozaran las bombas y el napalm”
Silvio Rodríguez, del tema “La familia, la propiedad privada y el amor”.
Corría el año 1989, cursábamos el segundo año de media en el colegio San Agustín y en mi aula las cosas iban muy mal en el tema de la disciplina. Todas las semanas se hablaba de castigos, fichas de incidencia, papeletas, expulsiones parciales y definitivas, en resumen: era un caos. Incluso hubo un par de expulsiones en plena formación por parte del propio director de aquel entonces, el padre Luis Rodríguez de Lucas.
Nuestra aula, el 2do “A”, era, al igual que las otras dos secciones, un antro de pendejos incorregibles. Andábamos mal, esperábamos cualquier ocasión para joder, para burlarnos, para reírnos. Aquel año ocurrió el atentado a la falda de la "chela", el atentado con tachuelas al "masón", entre otros sucesos irreverentes, alborotos causados por nuestras hormonas, por el calor o por las huevas.
Dentro del aula, solían formarse varias comisiones, y los padres de familia acostumbraban a enviar con los hijos, las citas o notificaciones relacionadas con una comisión en particular, algunos incluso enviaban dinero a ser entregado a las instancias colegiales correspondientes.
En medio de ese contexto, una de esas calurosas mañanas ocurrió un suceso que nadie se lo esperaba, nadie estaba preparado para enfrentarlo, pero lo aceptamos como todo lo que se nos venía, como un vacilón más.
“Totín” era hijo del presidente de una de estas famosas comisiones, me parece que tenía que ver con implementación de mejoras en el aula (agua de mesa, estantes, tachos basureros), pues resulta que a media mañana y de forma inexplicable totín rompió en llanto, gruesas lágrimas caían de sus mejillas, las razones no las conocíamos. El profesor de turno, al percatarse de la situación se acercó a su alumno y lo interrogó sobre las causas de su llanto, nadie escuchó la conversación, pero asumíamos que era algo grave puesto que el profesor movía la cabeza negativamente.
Minutos después hizo su aparición el jefe de normas, el popular “Gamboa”, el profesor lo enteró de la situación y recién en ese momento nosotros supimos el motivo del llanto por boca de Gamboa; totín había recibido cien soles de manos de su padre para que lo entregue a personal del colegio, pues bien, de modo incomprensible ese dinero había desaparecido de su mochila, que era el lugar donde aparentemente lo había guardado.
Por lo expuesto, el resto de la clase tenía cinco minutos para hacer aparecer (como por arte de magia) la plata, caso contrario, ya se vería. Imagínense la escena: 42 pajaritos mirándonos las caras, buscando quien podría ser el ratero. Como sea, el resultado fue negativo, nadie se levantó con el billete azulito en la mano diciendo “lo encontré en el piso”. A esas alturas varios de los auxiliares estaban al tanto de la situación y al no encontrar resultados comenzaron a confabular entre ellos - con la venia del jefe de normas y del profesor encargado - la fórmula para encontrar el bendito billete.
La solución fue práctica: dejarnos calatos, así como se lee. La lógica del personal del colegio era más o menos la siguiente: la plata tenía que aparecer si o si, y si tenemos que calatear a los muchachos para encontrar el sui sui, pues lo haremos. Resumiendo, nos llevaron por grupos de 6 ó 7 alumnos, a una pequeña oficina ubicada en el segundo piso junto a las escaleras y nos pidieron que nos sacáramos la ropa, entre risas nerviosas y miradas maliciosas lo hicimos, obviamente la mayoría de nosotros nos cagábamos de la risa por el asunto, lo tomábamos como una pendejada más. En mi grupo estaban “bolón”, “pelón”, “ñaja ñaja”, “manquisho”, “loco”, “pelacho”, muchachitos de 12 a 13 años desnudándonos frente al auxiliar del colegio, mientras revisaba nuestras prendas, finalmente quedamos en calzoncillos y de los cien lucas ni la sombra.
Después de que el resto de gente también pasara por la misma situación, descubrimos que los primeros grupos fuimos los únicos que nos quedamos en calzoncillos, los demás quedaron totalmente calatos, esto debido a la desesperación del personal del colegio por encontrar la plata. Me parece que si por ellos hubiera sido, nos hubieran sacado una placa de rayos X, a ver si descubrían en nuestras tripas el estuche de metal con la plata enrollada en su interior, previamente introducido por el culo, como lo hacían los prisioneros en Cayena a mediados del siglo XX, al mismo estilo del célebre Papillon.
Finalmente la plata no fue hallada en las prendas de ningún alumno, es decir, todo el denigrante número del calateo no sirvió de nada. Poco después que el último grupo ingresara al aula, totín, al abrir uno de sus cuadernos encontró entre sus hojas el famoso billete de 100 soles, entonces la plata nunca había estado perdida, lo único que se perdió ese día, por lo menos temporalmente, fue nuestra dignidad.
Ahora casi todos los que pasamos por esta anécdota somos padres de familia, y me parece que ninguno de nosotros permitiría que nuestros hijos pasen por circunstancias similares, pero en esos años solían ocurrir situaciones así, a pesar de tratarse de un colegio católico, en donde se hablaba continuamente de derechos del niño, de la no violencia contra ellos, lo que sólo se entendía como violencia física, la violencia moral, psicológica o emocional quedaban casi al margen, o en todo caso, los conceptos alrededor de estos aspectos aún eran muy difusos o ambiguos y eran manejados básicamente por los psicólogos, que en este caso brillaron por su ausencia.
Al parecer ninguno de los alumnos hicimos referencia alguna sobre este suceso a nuestros padres, y aunque lo hubiéramos hecho, seguro estoy que el asunto no habría ido más allá de lo puramente anecdótico, en todo caso, la reacción no hubiera sido ni la mínima parte de lo que hoy en día representaría una acción así: denuncias a medio colegio, quién sabe, tal vez un juicio aparatoso solicitando indemnizaciones de diversa índole, sanciones, multas, etc.
Espero que en mi ex colegio y en todas las instituciones educativas las cosas hayan mejorado en este aspecto, por el bien de todos, especialmente de los niños, de nuestros hijos.




