lunes, 28 de febrero de 2011

Una anécdota escolar a propósito de la marcha “Niños y niñas felices con salud y sin violencia” organizado por el Ministerio de Salud

“Dios, que hace eternas las almas de los niños
que destrozaran las bombas y el napalm”

Silvio Rodríguez, del tema “La familia, la propiedad privada y el amor”.

Corría el año 1989, cursábamos el segundo año de media en el colegio San Agustín y en mi aula las cosas iban muy mal en el tema de la disciplina. Todas las semanas se hablaba de castigos, fichas de incidencia, papeletas, expulsiones parciales y definitivas, en resumen: era un caos. Incluso hubo un par de expulsiones en plena formación por parte del propio director de aquel entonces, el padre Luis Rodríguez de Lucas.
Nuestra aula, el 2do “A”, era, al igual que las otras dos secciones, un antro de pendejos incorregibles. Andábamos mal, esperábamos cualquier ocasión para joder, para burlarnos, para reírnos. Aquel año ocurrió el atentado a la falda de la "chela", el atentado con tachuelas al "masón", entre otros sucesos irreverentes, alborotos causados por nuestras hormonas, por el calor o por las huevas.
Dentro del aula, solían formarse varias comisiones, y los padres de familia acostumbraban a enviar con los hijos, las citas o notificaciones relacionadas con una comisión en particular, algunos incluso enviaban dinero a ser entregado a las instancias colegiales correspondientes.
En medio de ese contexto, una de esas calurosas mañanas ocurrió un suceso que nadie se lo esperaba, nadie estaba preparado para enfrentarlo, pero lo aceptamos como todo lo que se nos venía, como un vacilón más.
“Totín” era hijo del presidente de una de estas famosas comisiones, me parece que tenía que ver con implementación de mejoras en el aula (agua de mesa, estantes, tachos basureros), pues resulta que a media mañana y de forma inexplicable totín rompió en llanto, gruesas lágrimas caían de sus mejillas, las razones no las conocíamos. El profesor de turno, al percatarse de la situación se acercó a su alumno y lo interrogó sobre las causas de su llanto, nadie escuchó la conversación, pero asumíamos que era algo grave puesto que el profesor movía la cabeza negativamente.
Minutos después hizo su aparición el jefe de normas, el popular “Gamboa”, el profesor lo enteró de la situación y recién en ese momento nosotros supimos el motivo del llanto por boca de Gamboa; totín había recibido cien soles de manos de su padre para que lo entregue a personal del colegio, pues bien, de modo incomprensible ese dinero había desaparecido de su mochila, que era el lugar donde aparentemente lo había guardado.
Por lo expuesto, el resto de la clase tenía cinco minutos para hacer aparecer (como por arte de magia) la plata, caso contrario, ya se vería. Imagínense la escena: 42 pajaritos mirándonos las caras, buscando quien podría ser el ratero. Como sea, el resultado fue negativo, nadie se levantó con el billete azulito en la mano diciendo “lo encontré en el piso”. A esas alturas varios de los auxiliares estaban al tanto de la situación y al no encontrar resultados comenzaron a confabular entre ellos - con la venia del jefe de normas y del profesor encargado - la fórmula para encontrar el bendito billete.
La solución fue práctica: dejarnos calatos, así como se lee. La lógica del personal del colegio era más o menos la siguiente: la plata tenía que aparecer si o si, y si tenemos que calatear a los muchachos para encontrar el sui sui, pues lo haremos. Resumiendo, nos llevaron por grupos de 6 ó 7 alumnos, a una pequeña oficina ubicada en el segundo piso junto a las escaleras y nos pidieron que nos sacáramos la ropa, entre risas nerviosas y miradas maliciosas lo hicimos, obviamente la mayoría de nosotros nos cagábamos de la risa por el asunto, lo tomábamos como una pendejada más. En mi grupo estaban “bolón”, “pelón”, “ñaja ñaja”, “manquisho”, “loco”, “pelacho”, muchachitos de 12 a 13 años desnudándonos frente al auxiliar del colegio, mientras revisaba nuestras prendas, finalmente quedamos en calzoncillos y de los cien lucas ni la sombra.
Después de que el resto de gente también pasara por la misma situación, descubrimos que los primeros grupos fuimos los únicos que nos quedamos en calzoncillos, los demás quedaron totalmente calatos, esto debido a la desesperación del personal del colegio por encontrar la plata. Me parece que si por ellos hubiera sido, nos hubieran sacado una placa de rayos X, a ver si descubrían en nuestras tripas el estuche de metal con la plata enrollada en su interior, previamente introducido por el culo, como lo hacían los prisioneros en Cayena a mediados del siglo XX, al mismo estilo del célebre Papillon.
Finalmente la plata no fue hallada en las prendas de ningún alumno, es decir, todo el denigrante número del calateo no sirvió de nada. Poco después que el último grupo ingresara al aula, totín, al abrir uno de sus cuadernos encontró entre sus hojas el famoso billete de 100 soles, entonces la plata nunca había estado perdida, lo único que se perdió ese día, por lo menos temporalmente, fue nuestra dignidad.
Ahora casi todos los que pasamos por esta anécdota somos padres de familia, y me parece que ninguno de nosotros permitiría que nuestros hijos pasen por circunstancias similares, pero en esos años solían ocurrir situaciones así, a pesar de tratarse de un colegio católico, en donde se hablaba continuamente de derechos del niño, de la no violencia contra ellos, lo que sólo se entendía como violencia física, la violencia moral, psicológica o emocional quedaban casi al margen, o en todo caso, los conceptos alrededor de estos aspectos aún eran muy difusos o ambiguos y eran manejados básicamente por los psicólogos, que en este caso brillaron por su ausencia.
Al parecer ninguno de los alumnos hicimos referencia alguna sobre este suceso a nuestros padres, y aunque lo hubiéramos hecho, seguro estoy que el asunto no habría ido más allá de lo puramente anecdótico, en todo caso, la reacción no hubiera sido ni la mínima parte de lo que hoy en día representaría una acción así: denuncias a medio colegio, quién sabe, tal vez un juicio aparatoso solicitando indemnizaciones de diversa índole, sanciones, multas, etc.
Espero que en mi ex colegio y en todas las instituciones educativas las cosas hayan mejorado en este aspecto, por el bien de todos, especialmente de los niños, de nuestros hijos.

lunes, 21 de febrero de 2011

La quillosisa siempre florece en diciembre

“La muerte no nos roba los seres amados. Al contrario, nos los guarda y nos los inmortaliza en el recuerdo. La vida sí que nos los roba muchas veces y definitivamente”

François Mauriac

Este escrito debió ser presentado a fines de diciembre o principios de enero, sin embargo, considero que presentarlo ahora no es tardío, puesto que en buena cuenta se trata de una despedida personal del año, en realidad una despedida de aquellas personas con las que en algún momento viví gratas experiencias, y que encontraron en el 2010 el fin terrenal de sus días.
Cuando tus labores están íntimamente ligadas al trabajo con comunidades rurales amazónicas, sueles destinar gran parte de tu tiempo y espacio a ello. Te enteras de las buenas o malas noticias a través del teléfono. El año pasado, fueron cuatro las veces que me comunicaron la partida de un amigo, todos con historias de las que fui testigo en parte.
Entre los adolescentes de mi barrio, había uno que era relativamente mayor que nosotros, su nombre era Marlon R., medía casi metro noventa, flaco en exceso y dueño de una rara palidez. Una vez el “mono” le preguntó: “Marlon, y tú ¿cuántos años pues tienes?”, “catorce” le respondió, “ja, catorce tendrán tus piernas” le resondró el “mono”. Al poco tiempo, a Marlon le detectaron serias deficiencias renales, fue evacuado a Lima y sometido desde ese momento a diálisis y otros penosos tratamientos médicos por los siguientes 20 años. El año 2007 regresó a Iquitos y vivió casi confinado en su habitación, allí lo encontró la muerte, a causa de una sepsis generalizada.
Doña María F., en sus últimos años formaba parte del paisaje de la calle Fanning cuadra 10. A tempranas horas de la mañana y en las últimas horas de la tarde se instalaba en su mecedora a recibir el aire de una ciudad que (imagino) le era cada vez más ajena. En esos años yo trabajaba en piscicultura y al pasar por su vereda rumbo al trabajo, solía detenerme a charlar con ella unos minutos y comentarle mi labor; le hablaba de las gamitanas, los pacos y los sábalos que engordaban en los estanques, ella sonreía. Desde entonces siempre que pasaba a su lado, me preguntaba: “¿y cómo están los sábalos?”. Creo (o quiero) recordar que una vez le obsequié un pescado de los que criábamos. Partió a inicios del año pasado, a causa del implacable cáncer.
Hay veces que has pasado tanto tiempo con algunas personas que te es difícil evocar un momento en especial, y es porque sencillamente todos lo fueron. Es el caso de Doña María R., desde que me convertí en compinche de su único nieto, cuando yo tenía 10 años. Ella estuvo ligada a buena parte de mi vida, testigo por excepción de mis alegrías, penas y pendejadas, la “abuela María” era la siempre inoportuna y nunca bien ponderada consejera ante nuestros desatinos juveniles, e incansable a pesar de nuestra apatía, pero cojuda no era y en más de una ocasión nos demolió con sus bromas y expresiones en doble sentido. En los cinco últimos años hablaba de animales recorriéndole el cuerpo, provocándole extrañas picazones. Murió de vejez, como solemos decir.
En mis años universitarios recuerdo haber sido delegado de alguna selección de futbol de mi facultad, en aquel entonces se disputaba un campeonato y el capitán era Humberto M., más conocido como “cholinho”, en un partido oficial del campeonato en nuestro Max Augustín, íbamos perdiendo y para serles franco nuestro capitán estaba en nada, decidimos sustituirlo por uno de los suplentes: el buen Francisco P., conocido como Pancho, fuimos a la mesa y anunciamos el cambio, el chato Pancho estaba parado en la línea de ingreso a la cancha, ¿y qué creen?, el bendito de  “cholinho” no quiso salir por ningún motivo, insistimos durante 15 minutos y nada, totalmente abochornados y ante la risa generalizada de media universidad, tuvimos que retirarnos a la tribuna, por supuesto que perdimos el partido y por goleada, hoy recuerdo claramente esa escena, hubiera sido chévere recordarla con Pancho, un buen amigo que también partió y con el compartimos clases, charlas y tragos.
Los humanos somos seres extraordinarios, respondemos a los diferentes infortunios con conductas diversas: llanto, desesperación, angustia o incluso indiferencia, pero finalmente asimilamos todo lo acontecido y nos sobreponemos a ello, persistimos en la vida y de este modo vencemos casi cualquier adversidad, por más penosa que sea. La muerte de un ser querido, sea familiar o amigo, es quizá la más angustiante de estas experiencias, y diciembre, además de ser el mes de la Navidad o el preludio de un nuevo año, nos recuerda la partida de aquellos que enriquecieron nuestra vida con su existencia. Los recordamos con tristeza y paradójicamente enfrentamos el porvenir con alegría.
Cualquiera que ha recorrido nuestras selvas sabe que diciembre es también el mes en que la quillosisa florece, impasible en este proceso que se inició hace milenios, una especie que en apariencia es indiferente a los avatares que rigieron su entorno a lo largo de 11 meses, pero que simplemente va adaptando su existir a las inclemencias del medio, especialmente del hombre. Y al finalizar el año, expresa en su radiante copa llena de racimos de flores amarillas, su alegre fecundidad, y con ello, la esperanza de perdurar y trascender, a pesar de todo.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Una lección en “la venta” de doña Margarita

“No cuento el vuelto, siempre es de más…”
Fito Páez, del hit “Dar es dar”

¿Quién no ha disfrutado de unas yuquitas fritas previamente sancochadas en alguna ocasión? Imagino que en nuestra ciudad muy pocas personas. Siempre han estado presentes en pequeños puestos de venta ambulantes, ya sea en el colegio, el barrio o el trabajo, frecuentemente asociadas a otros antojos, frutos y potajes muy propios de nuestro terruño: pijuayos wira wira, aguajes shambo, chambiras, yarinas, sachapapas, maduritos fritos y juanes. Comentario aparte se merecen los diferentes tipos de salsa que adornan el centro de la mesa, las mismas que varían al gusto del cliente: salsa de cebolla, ají dulce y ají picante; salsa de cocona con ají y sachaculantro; salsa de pepino, cebolla y ají; entre otras variantes.
En mi caso, tuve la suerte de que, justo frente a mi casa, había una de estas célebres ventas. La dueña era la señora Margarita F., de origen andino y corazón loretano, ferviente devota del culto de la Cruz. Los niños conocíamos su rutina casi de memoria: muy temprano iba al mercado Belén a comprar los frutos e insumos del día; a media mañana se dirigía a su culto, regresaba pasado el mediodía; en horas de la tarde, los niños y jóvenes de los alrededores esperábamos con impaciencia que la “Margaracha”, como cariñosamente la llamábamos, disponga pausadamente su mesa, las bancas y los pequeños manjares.
Los que tenían algunos centavos, podían gozar de ciertos privilegios: compraban dos o tres yuquitas y prácticamente se regodeaban con todo el tazón de salsa. La paciente vendedora nunca se quejaba de ello, cogía el tazón casi vacío, ingresaba a su cocina y al retornar, el tazón volvía colmado del agradable picante.
No fueron pocas las veces que los niños aprovechábamos breves descuidos de doña Margarita, para apoderarnos de algún bocadillo. Ella siempre perdonaba nuestras picardías. En lugar de reclamar a nuestros padres solía aconsejarnos en nombre del Señor y en más de una ocasión nos decía: “si quieren, solamente pidan”, nosotros le tomábamos la palabra en el acto. Al menos tres generaciones de niños desfilamos por ese puesto, pero no fuimos los únicos, cualquier peatón sucumbía ante las yuquitas o los maduritos fritos, previo pago, por supuesto.
Fueron pasando los años y doña Margarita persistía en su puesto con tenacidad, a pesar de que la edad iba jugando en su contra y a pesar de que cada vez era más difícil vender en la vereda debido al intenso tráfico de la zona. Hacia el año 2006, al retornar de mi centro de trabajo de aquella época, solía visitar - motivado más por la nostalgia que por el apetito - la venta de mi añeja vecina. 
En una de estas ocasiones, mientras disfrutaba de una charla con mi vendedora, al mismo tiempo que engullía un pijuayo wira wira, observé que varios niños de seis o siete años se apiñaban junto a la mesa sin mostrar muchas intenciones de comprar algo. Al cabo de un rato, la anciana extendió uno de los platos con yuquitas, los niños las cogieron y comieron sin discreción, irradiando total felicidad.
Pasados unos minutos y estando a solas con mi vecina - olvidando completamente mi pasado vergonzante - le increpé amigablemente el hecho de que estuviera regalando sus productos en lugar de venderlos, argumentando cosas como: “mañana te va a faltar platita para que compres tus ingredientes”, recuerdo con absoluta nitidez la serena expresión en los ojos de la anciana y sus tranquilas pero contundentes palabras: “joven Junior, vendiendo o regalando, igual se gana”. Sentí una estocada dentro mío, muy dentro, no pude decir nada. No pronunció esta frase para darme una lección (pero si lo fue), era simplemente el raciocinio de una persona bondadosa, alguien que había descubierto hace mucho tiempo, que la felicidad no está al final del camino, y que esta no se basa en aspectos económicos o materiales.
Doña Margarita dejó de vender sus pequeñas delicias un tiempo después de este episodio, actualmente debe estar por cumplir los 80 años. Cuando visito a mi madre en el barrio donde pase mi infancia, siempre miro la casa de enfrente buscando a mi vecina, a veces la contemplo sentada en una de sus pequeñas bancas de madera, otras veces su vereda luce desierta, no está ella, no está su venta, tampoco hay niños merodeando.
Me sentiría bien si un día de estos encontrara el puesto en su máximo esplendor, que la mesa esté llena de viandas y rodeada de muchachos majaderos, pero sobretodo, me gustaría ver a doña Margarita dueña de toda la situación, esperando recibir unos centavos por una venta, con la misma prestancia con la que extendía su mano para regalarnos la comida. Me reconforta pensar que pase lo que pase, sé dónde estará mi anciana vecina el día que ya no la encuentre en el barrio.

viernes, 11 de febrero de 2011

Buscando candidatos a lovemarks charapas

“Las grandes marcas sólo sobrevivirán si crean lealtad más allá de la razón, sólo así podrán diferenciarse de las millones de insulsas marcas sin futuro. El secreto está en el uso del misterio, la sensualidad y la intimidad. Del compromiso con estos tres poderosos conceptos surgen las lovemarks, el futuro más allá de las marcas”.

Kevin Roberts, presidente ejecutivo de Saatchi & Saatchi
A uno puede gustarle un determinado producto por varios motivos: por su costo, por su calidad, por la maquinaria publicitaria que incentiva su compra o por la sumatoria de estos y otros factores. ¿Pero qué pasa cuando ese producto se convierte en el referente de una marca para una ciudad, un país o el mundo?, una marca que con el correr del tiempo se vuelve imprescindible en el trajinar de la gente, en un elemento no sólo de uso práctico o estético, sino además emotivo, ya  que su empleo evoca el pasado, la familia, los amigos o el país, y su uso se proyecta al futuro: nos es difícil imaginar la vida sin la existencia de esa marca, por ejemplo: Inka Kola.
A mediados de los años 80, recuerdo un producto que mi madre solía invitarme cuando la acompañaba al trabajo; eran los helados Pinto, estos tenían sabores muy agradables y una buena presentación. Posteriormente la marca y el producto desaparecieron y la familia Pinto decidió incursionar en rubros más rentables. Imaginamos que si bien el producto era de calidad, no era popular en ciertos sectores de la población iquiteña - a pesar de mantener precios bajos en relación a marcas nacionales - por lo que era en cierto modo; exclusivo. Esto pudo ser uno de los factores que limitó su permanencia en el mercado.
A finales de los años 80, a través del CTAR Loreto se implementó un ambicioso proyecto: la planta lechera de la ciudad, con su producto bandera: leche Charapita, que incluía unas presentaciones especiales de leche chocolatada. Si mal no recuerdo, el producto y la marca pegaron en la gente, sin embargo, la planta piloto quebró, debido a una serie de factores inútiles de mencionar.
Ambos casos fueron productos y marcas que por esta época pudieron haberse constituido como aspirantes a lovemark en nuestra ciudad, por supuesto, si es que se hubieran consolidado en el pasado.
Desde sus inicios, hace casi medio siglo, chupetes Shambo se identificó con el pueblo iquiteño de modo global, abarcando todos los niveles socioeconómicos. Varios factores congeniaron: precios económicos, calidad del producto, empleo de frutos representativos de la Amazonía (en especial el aguaje), llevándose consigo el título de producto emblema de esta región. Podríamos decir que Shambo tiene un 50% de lo necesario para tentar el rumbo de una lovemark.
Un caso especial de producto que supo mantener su vigencia a pesar de la feroz competencia del rubro a lo largo de estas dos últimas décadas, han sido los productos Persa. Para lograrlo, la empresa tuvo que diversificar su producción con yogures, tentempiés, néctares,  encurtidos, agua de mesa y otros productos relacionados al ramo alimentario. Lo que nació como un producto específico (la mermelada) se amplió a una marca: Persa. No obstante, a pesar del relativo éxito económico y de expansión de la empresa, pareciera que los loretanos nos resistimos a hacer nuestra a esta marca de forma plena, por lo que aún no podríamos redondear una candidatura a lovemark en un sentido estricto.
Si hablásemos del éxito de una marca en términos de emotividad, un buen ejemplo sería la Asociación Deportiva Colegio Nacional Iquitos – CNI (ahora Institución Deportiva). Con una vigencia de más de ocho décadas, este club se mantuvo en el corazón de los loretanos a pesar que durante largos años estuvo ausente del campeonato profesional. El factor excluyente en este caso ha sido el éxito empresarial y económico de la marca CNI. A lo largo de su historia y a través de sus diferentes administraciones no ha logrado encontrar el equilibrio que necesitaría para enrumbarse hacia el paraíso de las marcas.
Otro caso interesante es el de la agrupación musical Explosión, ¿por qué?, reúne no sólo el fuerte feeling o el carácter emotivo entre el público loretano hacia la agrupación, también ha conseguido relativo éxito económico con una proyección no sólo local, ya que a nivel nacional ha sabido ganarse cierto espacio. No obstante, la marca Explosión la tiene difícil, recordemos el pasado exitoso de Euforia, y si miramos más atrás podemos citar a Fuego, Pax o Láser, todas con gran éxito mediático, pero que no lograron consolidarse como si lo hicieron el Grupo 5, Juaneco y su Combo o los Yennis del Perú, agrupaciones de mayor éxito, factor último fuertemente correlacionado con la longevidad que tienen.
Existen algunos otros ejemplos que de un modo u otro podrían enriquecer esta lista (recontra) personal: la marca Kanatari o más ampliamente el Centro de Estudios Teológicos de la Amazonía - CETA; el diario el Matutino; la heladería la Favorita; el Festival Internacional de la Canción Amazónica - FICA, el grupo musical Kaliente o el Complejo Turístico Quistococha. No importa que algunas ya no estén actualmente vigentes, pues en este caso lo que importa es la viabilidad de su semilla: la posibilidad de regresar.
¿Qué falta en la mayoría de los casos mencionados? ¿Cómo aspirar a ser una lovemark?, la respuesta en apariencia es sencilla, pero no es fácil de lograr: por un lado, la marca debería consolidar su posición en términos financieros, lo cual obviamente responde a ciertas estrategias económicas: marketing, planes de negocio, proyecciones de expansión (local, nacional e internacional), aplicación de nuevas tecnologías, entre otros.
Por otro lado, la marca debe tener la capacidad de llegar al corazón del público, volverse imprescindible en un plano diferente al físico, lo cual es quizá lo más complicado, sin embargo, algunas de las marcas mencionadas ya lo hicieron (la mayoría sin proponérselo). Quien sabe, tal vez en pocos años podríamos hablar de una marca iquiteña lidiando con las grandes transnacionales en términos de popularidad, una marca con la que l@s charapas nos sintamos plenamente identificados y mantener con ella un idilio tal, que eleve la marca a la soñada categoría de lovemark.