“La muerte no nos roba los seres amados. Al contrario, nos los guarda y nos los inmortaliza en el recuerdo. La vida sí que nos los roba muchas veces y definitivamente”
François Mauriac
Este escrito debió ser presentado a fines de diciembre o principios de enero, sin embargo, considero que presentarlo ahora no es tardío, puesto que en buena cuenta se trata de una despedida personal del año, en realidad una despedida de aquellas personas con las que en algún momento viví gratas experiencias, y que encontraron en el 2010 el fin terrenal de sus días.
Cuando tus labores están íntimamente ligadas al trabajo con comunidades rurales amazónicas, sueles destinar gran parte de tu tiempo y espacio a ello. Te enteras de las buenas o malas noticias a través del teléfono. El año pasado, fueron cuatro las veces que me comunicaron la partida de un amigo, todos con historias de las que fui testigo en parte.
Entre los adolescentes de mi barrio, había uno que era relativamente mayor que nosotros, su nombre era Marlon R., medía casi metro noventa, flaco en exceso y dueño de una rara palidez. Una vez el “mono” le preguntó: “Marlon, y tú ¿cuántos años pues tienes?”, “catorce” le respondió, “ja, catorce tendrán tus piernas” le resondró el “mono”. Al poco tiempo, a Marlon le detectaron serias deficiencias renales, fue evacuado a Lima y sometido desde ese momento a diálisis y otros penosos tratamientos médicos por los siguientes 20 años. El año 2007 regresó a Iquitos y vivió casi confinado en su habitación, allí lo encontró la muerte, a causa de una sepsis generalizada.
Doña María F., en sus últimos años formaba parte del paisaje de la calle Fanning cuadra 10. A tempranas horas de la mañana y en las últimas horas de la tarde se instalaba en su mecedora a recibir el aire de una ciudad que (imagino) le era cada vez más ajena. En esos años yo trabajaba en piscicultura y al pasar por su vereda rumbo al trabajo, solía detenerme a charlar con ella unos minutos y comentarle mi labor; le hablaba de las gamitanas, los pacos y los sábalos que engordaban en los estanques, ella sonreía. Desde entonces siempre que pasaba a su lado, me preguntaba: “¿y cómo están los sábalos?”. Creo (o quiero) recordar que una vez le obsequié un pescado de los que criábamos. Partió a inicios del año pasado, a causa del implacable cáncer.
Hay veces que has pasado tanto tiempo con algunas personas que te es difícil evocar un momento en especial, y es porque sencillamente todos lo fueron. Es el caso de Doña María R., desde que me convertí en compinche de su único nieto, cuando yo tenía 10 años. Ella estuvo ligada a buena parte de mi vida, testigo por excepción de mis alegrías, penas y pendejadas, la “abuela María” era la siempre inoportuna y nunca bien ponderada consejera ante nuestros desatinos juveniles, e incansable a pesar de nuestra apatía, pero cojuda no era y en más de una ocasión nos demolió con sus bromas y expresiones en doble sentido. En los cinco últimos años hablaba de animales recorriéndole el cuerpo, provocándole extrañas picazones. Murió de vejez, como solemos decir.
En mis años universitarios recuerdo haber sido delegado de alguna selección de futbol de mi facultad, en aquel entonces se disputaba un campeonato y el capitán era Humberto M., más conocido como “cholinho”, en un partido oficial del campeonato en nuestro Max Augustín, íbamos perdiendo y para serles franco nuestro capitán estaba en nada, decidimos sustituirlo por uno de los suplentes: el buen Francisco P., conocido como Pancho, fuimos a la mesa y anunciamos el cambio, el chato Pancho estaba parado en la línea de ingreso a la cancha, ¿y qué creen?, el bendito de “cholinho” no quiso salir por ningún motivo, insistimos durante 15 minutos y nada, totalmente abochornados y ante la risa generalizada de media universidad, tuvimos que retirarnos a la tribuna, por supuesto que perdimos el partido y por goleada, hoy recuerdo claramente esa escena, hubiera sido chévere recordarla con Pancho, un buen amigo que también partió y con el compartimos clases, charlas y tragos.
Los humanos somos seres extraordinarios, respondemos a los diferentes infortunios con conductas diversas: llanto, desesperación, angustia o incluso indiferencia, pero finalmente asimilamos todo lo acontecido y nos sobreponemos a ello, persistimos en la vida y de este modo vencemos casi cualquier adversidad, por más penosa que sea. La muerte de un ser querido, sea familiar o amigo, es quizá la más angustiante de estas experiencias, y diciembre, además de ser el mes de la Navidad o el preludio de un nuevo año, nos recuerda la partida de aquellos que enriquecieron nuestra vida con su existencia. Los recordamos con tristeza y paradójicamente enfrentamos el porvenir con alegría.
Cualquiera que ha recorrido nuestras selvas sabe que diciembre es también el mes en que la quillosisa florece, impasible en este proceso que se inició hace milenios, una especie que en apariencia es indiferente a los avatares que rigieron su entorno a lo largo de 11 meses, pero que simplemente va adaptando su existir a las inclemencias del medio, especialmente del hombre. Y al finalizar el año, expresa en su radiante copa llena de racimos de flores amarillas, su alegre fecundidad, y con ello, la esperanza de perdurar y trascender, a pesar de todo.
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