A mediados de los años 90, la cátedra de Bioquímica de la Facultad de Ciencias Biológicas de la UNAP, pretendía ser la asignatura “cuco” o “tunchi” del plan curricular de aquellos que optábamos por estudiar esa carrera. En el imaginario colectivo universitario, persistía (o persiste) la manía institucional de pensar que, en toda carrera debería existir una materia cuyo requisito principal de aprobación sea: “llevar la asignatura dos veces”. Por citar otros casos, en la Facultad de Medicina Humana la materia cuco era Anatomía y en la Facultad de Ingeniería Forestal, ese honor le correspondía a Inventario Forestal.
Lo enigmático del asunto, es que los docentes, de modo consciente o inconsciente insistían en mantener la condición de invulnerabilidad mítica de la asignatura en cuestión, como si se tratase del cumplimiento de un código secreto, al mejor estilo de las legendarias sectas del mundo antiguo, dignos de un best seller de Benítez, Coelho o Brown, historias en las que los misteriosos personajes matan a su madre o se tatúan las nalgas de modo sistemático, como símbolo de respeto o adhesión a una loca causa o conspiración mundial.
Lo cierto es, que los estudiantes del tercer ciclo de biología del año 1996, nos enfrentamos a nuestra “bestia negra” en desigualdad de condiciones. Debido a los nefastos antecedentes ya nos sentíamos medio jalados sin haber asistido a clase alguna. El primer día de clases fue el preludio de lo que nos esperaba, el aula estaba atiborrada con alrededor de 65 estudiantes, más del 50% de los mismos pertenecían a niveles superiores que llevaban el curso por segunda vez y en algunos casos por tercera ocasión.
Y se iniciaron las charlas magistrales, las primeras tareas y los primeros exámenes. Y el terror comenzó a materializarse, a cobrar vida. El primer examen parcial arrojó el terrible saldo de más de 50 alumnos desaprobados. Era obvio que ninguna estrategia para aprobar había rendido buenos frutos: ni los grupos de estudio, ni los resúmenes, ni la lectura de libros de 10 Kg de peso, ni los diversos métodos de plagio, nada.
Por aquellos días llegó a mis manos un ejemplar de la revista sabatina “Somos” del periódico El Comercio, en el que ¡oh casualidad!, había un pequeño artículo en el cual se detallaba la insana costumbre de los alumnos universitarios limeños, de recurrir a ciertos fármacos para doparse o “pepearse” con fines netamente académicos. La idea era consumir “pepas” para no dormir y poder estudiar sin descanso durante largas jornadas. Entre las pastillas de mayor uso en Lima, destacaba el Tenuate Dospan (empleado médicamente para suprimir el apetito), que desde ese momento se convirtió en el adalid de nuestra nueva estrategia para estudiar bioquímica.
Como Tenuate Dospan sonaba muy complejo, lo rebautizamos como “tolueno”. En un primer momento su éxito entre los estudiantes de bioquímica de mi promoción fue rotundo, en poco tiempo su consumo se expandió a toda la clase, y sin proponérselo, antes de la culminación de aquel semestre, se convirtió en el producto de uso cuasi obligado de gran parte de los alumnos de nuestra facultad.
Decir que aquella pepa nos solucionó los problemas relacionados con la aprobación de nuestras asignaturas, en especial de nuestra bestia negra, sería mentir. Con sinceridad, pienso que nos complicó aún más la vida. Una causa de esto fue el no haber leído las letras pequeñas del artículo de Somos, donde sin querer (es un decir) se explicaba la forma “correcta” de usar la droga en cuestión: administrar una dosis de media pastilla por persona, no una ni dos en una sola noche/madrugada, como muchos compañeros empleaban; no empezar a estudiar de forma inmediata luego de pepearse, es decir, descansar (no dormir) al menos una hora antes de revisar los apuntes y libros; y sobre todo, no consumir el producto sin prescripción médica. ¿Se imaginan pidiéndole al galeno que nos recete Tenuate Dospan para estudiar bioquímica?
Los resultados de tal consumo se evidenciaron al poco tiempo: en muchos de mis compañeros el efecto del fármaco fue contrario a lo esperado, lejos de mantenerse despiertos, caían en los brazos de Morfeo de forma casi inmediata, tal fue el caso de Tony, Manuel y Nelson; en otros amigos como Christian, el efecto se duplicaba, pues eran capaces de estar sin dormir por periodos superiores a las 18 horas, con sus respectivas secuelas (pupilas dilatadas, irritabilidad, palidez e inapetencia); pero el caso más extremo fue el de Sandra, quien terminaba con los nervios destrozados 12 horas después de ingerir la pepa (con desmayos y convulsiones incluidas). En síntesis, luego de un semestre de uso continuo de la famosa droga, estábamos seguros de que los resultados finales podrían ser peores a los imaginados, pues además de no levantar significativamente nuestras calificaciones, estábamos poniendo en serio riesgo el cogote.
Finalmente, como era de esperarse, solo un puñado de compañeros aprobamos el curso. En mí caso, no creo que haya sido por mi dedicación académica ligada al consumo de tolueno, sino más bien por simple compasión de la cátedra. Al fin y al cabo, mantener el statu quo de la asignatura, incluía que, al menos algunos estudiantes aprobaran. Yo estaba dentro de ese algunos, seguro gracias a la curva de Gauss o a cualquier otro sortilegio estadístico (o golpe del destino).
En cuanto al popular tolueno, su uso se descontinuó. Con el pasar de los meses, unos pocos lo siguieron utilizando de modo regular para otras asignaturas menos dramáticas, y uno que otro irresponsable, lo empleó hasta culminar la carrera ¿?.
Sobre mis pocos conocimientos relacionados con bioquímica no me quejo: sé que los sillares estructurales de las proteínas y los lípidos son los aminoácidos y los ácidos grasos, respectivamente; que no es oportuno consumir polisacáridos en horas nocturnas pues nuestro organismo es lento para metabolizarlos en ese horario; entre otras curiosidades. Sin embargo, me parece que la mejor lección que me dejó la cátedra (léase catedráticos) fue: cómo transformar una materia tan interesante y fundamental, en un mero escollo que había que franquear a como dé lugar, para terminar el semestre con el promedio en azul. Con o sin fármaco de por medio.
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