sábado, 30 de marzo de 2013

Los agustinos y el nido de paucar

El año 1989 fue un año con múltiples facetas para los estudiantes del segundo año de secundaria del colegio San Agustín de Iquitos. No era suficiente el difícil cambio de niño a adolescente que experimentábamos, la dirección del colegio se empeñaba en hacernos las cosas aún más complicadas. Una de las grandes genialidades que se les ocurrió, fue el tristemente célebre examen genital - urinario grupal.
En esa época, la preocupación de los padres de familia y de los curas era comprensible, era un secreto a voces que la mayoría de los estudiantes de entre 12 y 13 años de edad, habíamos iniciado nuestra vida sexual acudiendo a los prostíbulos del barrio Pucayacu en San Juan Bautista, en la Morronga de Morona cocha o en la Carapa de Punchana. Simultáneamente, los medios de comunicación habían inundado la ciudad con información relacionada al alarmante avance del VIH y el SIDA en el mundo. Además de esto, se habían presentado casos de infecciones por gonorrea en estudiantes de grados superiores, todo lo cual contribuyó a que se tomaran medidas radicales preventivas por parte del colegio sobre el problema en cuestión, y estas fundamentalmente consistían en mandar palpar el bajo vientre y los genitales de los arrechos estudiantes de secundaria.
El día escogido para el referido examen fue un sábado por la mañana, la modalidad: auscultación en la enfermería a grupos de cinco estudiantes, según la lista oficial. Sobre el examen del primer grupo (mi grupo) no entraré en mayores detalles, lo más que puedo agregar es que salí sumamente perturbado y avergonzado al constatar que era uno de los pocos a los que recién le estaba saliendo vello púbico.
Sin embargo, lo interesante vendría en el segundo grupo, hago memoria e imagino a Cartio, Da Sierra, Dévalos, Dévila y Días*alineados uno al lado del otro en el pequeño y caluroso ambiente. La vos del galeno suena metálica, buenos días, a ver, por favor bajen el pantalón…ahora bajen el calzoncillo y pelen el pajarito…esto último no suena metálico, lo dice con malicia, con coquetería, acompañado de una media sonrisa. Se inclina levemente y revisa a Cartio, lo intimida, lo anula. Cartio palidece a pesar de su tez morena, no hay mayor novedad y el galeno avanza hacia el siguiente.
El que sigue es Samiel Da Sierra, su porte asemeja una estatua de piedra, su mirada permanece inalterable. El galeno lo revisa, de pronto parece perturbado, nervioso. Coge unos guantes quirúrgicos que están sobre el escritorio y palpa las criadillas de Samiel. En ese momento el resto de estudiantes de la fila cobra vida, por compañerismo no habían prestado mayor atención a la revisión de Cartio, apenas una mirada de soslayo. Pero ahora la cosa es distinta, la curiosidad aleja cualquier pudor y con bastante descaro, cuatro pares de ojos observan las maniobras del médico. Primero coge un testículo a mano llena, lo sopesa con rigor científico, coge el otro y repite el mismo procedimiento, luego coge ambos, los presiona levemente y pregunta ¿te duele? No – responde Samiel.
El médico aún parece sorprendido, coge sus lentes y por breves segundos muerde nerviosamente uno de los extremos de la montura, se muestra dubitativo, como si algo allí no correspondiera, como si algo no encajara, nuevamente revisa a Samiel, presiona con los dedos por debajo del ombligo, presiona la ingle, vuelve a preguntar ¿te duele? No – responde mecánicamente el estudiante.
Finalmente, el médico parece convencerse de lo evidente y da por culminada su labor, pasando rápidamente al siguiente alumno para el chequeo de rigor.
Los cronistas de la época mencionaron varias cosas posteriores, dijeron que un estudiante que observó todo el procedimiento comenzó a sudar copiosamente mientras sus ojos presentaban un inusitado brillo; otro estudiante tuvo pequeños rictus producto de los nervios, incluso intentó apoyar al médico durante el procedimiento de palpación de los genitales, esto fue advertido por sus compañeros quienes lo inmovilizaron antes que lograra su cometido. Los cronistas más intrépidos aseguran que otro estudiante, ante tamaño espectáculo, comenzó a salivar de forma excesiva como si se tratase de un perro ante la vista de un jugoso trozo de carne, más tarde diría que en lugar de una auscultación debió haberse realizado una degustación.
Las malas lenguas cuentan que con motivo de la celebración por los 20 años de egresados, uno de los alumnos que protagonizaron la escena, confesó con algo de timidez que sus padres tuvieron que pagarle una terapia psicológica por espacio de un año para superar aquel momento.
A estas alturas, los lectores más audaces seguro se preguntaran el porqué del título de esta anécdota, aquí va la respuesta,  el lunes siguiente en el colegio, a la hora del recreo, nuestro compañero Merlín Pandero* nos comentó lo siguiente: el médico que nos revisó el sábado estuvo comentando que ”Da Sierra, en lugar de tener testículos, tiene un gran nido de paucar entre las piernas”. Aun hoy se especula sobre el tema, pero la verdad absoluta de aquel episodio solo la conocen Samiel, el infidente médico que lo revisó y los cuatro falaces compañeros.

*Se han modificado las identidades a fin de no exponer a los verdaderos protagonistas.

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