sábado, 10 de agosto de 2013

El trabajo, el dinero y los hijos


Cuando la naturaleza de nuestro trabajo implica largas ausencias del seno familiar, uno sabe que se pierde horas/días de cotidianidad con nuestros seres queridos, tiempo que invariablemente no podrá ser recuperado. Sin embargo, los que pasamos por tales circunstancias lo percibimos de un modo bastante grueso, no nos tomamos el tiempo suficiente para analizar en detalle las implicancias que esto puede generar en el futuro mediato.

Una tarde, cuando me encontraba leyendo un periódico atrasado (fiel a mi costumbre), mi hijo, que en ese entonces bordeaba los dos años de edad, apareció en la sala totalmente radiante dando gritos de júbilo a bordo de su patineta. La alegría que mi pequeño expresaba mientras jugaba, me contagió y logró arrancarme una sonrisa, después de unos segundos me percaté de un aspecto en el que inicialmente no había reparado.

Observé como Renzo Gabriel dominaba la patineta con gran habilidad: el juguete era casi una prolongación de su pequeño cuerpo. ¿Cuándo había ocurrido eso, en qué momento? Uno no aprende a dominar la patineta de la noche a la mañana, hacen falta horas de práctica, muchas caídas, varios raspones y ríos de llanto. ¿Dónde estuve yo que me perdí todo eso? Seguro trabajando, me dije. El trabajo, razón inexpugnable para justificar nuestras ausencias, nuestras tardanzas, nuestros olvidos.

Yo trabajo por mis hijos, por mi familia - es una de las frases más empleadas que uno escucha decir (y dice), pero ¿qué tan cierto es esto?, una respuesta rápida sería: totalmente cierto, los padres trabajamos por nuestros hijos, para que no les falte lo que a nosotros nos faltó. Hago un viaje en retrospectiva y caigo en cuenta que uno no añora aquellas cosas físicas que de adultos creemos que nos faltó de niños: juguetes caros, viajes al extranjero, ropa y calzado de marca, entre otros. Lo que uno añora son esas cosas simples que nos llenaban de alegría los días: los mimos de los padres, los desayunos familiares de los sábados, jugar “de verdad” con los amigos y hermanos, escuchar los cuentos antes de dormir, bañarnos en la lluvia, entre otras decenas de cosas. La mayoría de estas actividades resultaban tener bajo costo o eran totalmente gratis y lo más importante, no tenían relación directamente proporcional con las horas que nuestros padres le dedicaban al trabajo, la relación era inversa.

Entonces, si lo que en realidad añoramos son las cosas sencillas, sin grandes costos, ¿por qué nos empeñamos en darles a nuestros hijos lo que no es prioritario? los tiempos cambian – diría alguien -nuestros hijos merecen vivir de acuerdo a las posibilidades que nos da el siglo XXI. De acuerdo, pero ello no excluye las relaciones personales, estas deberían fortalecerse, so pena de deshumanizarnos y convertirnos en meros autómatas replicando tendencias y modas.

Lo cierto es que nuestros hijos nos necesitan más a nosotros que a nuestros trabajos y nuestro dinero. Nuestra presencia y participación constante en su proceso formativo, es lo que les proporcionará esa identidad tan necesaria en ellos para poder desarrollarse de manera plena, el dinero y lo que obtenemos de el - asociados al tiempo que pasamos en el trabajo - de ningún modo pueden suplantarnos, solo ayudan a complementar nuestra labor.

Desde la vez que vi a Renzo maniobrar su patineta, se me hace más difícil tener que dejar a mis hijos por motivos laborales. Estoy plenamente convencido que al final de cada periodo sin ellos, he perdido algo nuevo en su proceso de aprendizaje, y yo quiero formar parte de éste, no ser un simple espectador en la zona VIP.

Sé que llegará el momento en que tenga que tomar una decisión al respecto, y mandar todo al tacho, pero mientras tanto, solo me queda decir, parafraseando el título de un cuento de Gabo “Uno de estos días”. Espero con ansias ese día.