Cuando la
naturaleza de nuestro trabajo implica largas ausencias del seno familiar, uno
sabe que se pierde horas/días de cotidianidad con nuestros seres queridos,
tiempo que invariablemente no podrá ser recuperado. Sin embargo, los que
pasamos por tales circunstancias lo percibimos de un modo bastante grueso, no
nos tomamos el tiempo suficiente para analizar en detalle las implicancias que
esto puede generar en el futuro mediato.
Una tarde, cuando
me encontraba leyendo un periódico atrasado (fiel a mi costumbre), mi hijo, que
en ese entonces bordeaba los dos años de edad, apareció en la sala totalmente
radiante dando gritos de júbilo a bordo de su patineta. La alegría que mi pequeño expresaba mientras jugaba, me contagió y logró arrancarme
una sonrisa, después de unos segundos me percaté de un aspecto en el que inicialmente no
había reparado.
Observé como
Renzo Gabriel dominaba la patineta con gran habilidad: el juguete era casi una
prolongación de su pequeño cuerpo. ¿Cuándo había ocurrido eso, en qué momento?
Uno no aprende a dominar la patineta de la noche a la mañana, hacen falta horas
de práctica, muchas caídas, varios raspones y ríos de llanto. ¿Dónde estuve yo
que me perdí todo eso? Seguro trabajando,
me dije. El trabajo, razón inexpugnable para justificar nuestras ausencias,
nuestras tardanzas, nuestros olvidos.
Yo trabajo por mis hijos, por mi familia - es una de las frases más empleadas que
uno escucha decir (y dice), pero ¿qué tan cierto es esto?, una respuesta rápida
sería: totalmente cierto, los padres
trabajamos por nuestros hijos, para que no les falte lo que a nosotros nos
faltó. Hago un viaje en retrospectiva y caigo en cuenta que uno no añora
aquellas cosas físicas que de adultos creemos que nos faltó de niños: juguetes
caros, viajes al extranjero, ropa y calzado de marca, entre otros. Lo que uno
añora son esas cosas simples que nos llenaban de alegría los días: los mimos de
los padres, los desayunos familiares de los sábados, jugar “de verdad” con los
amigos y hermanos, escuchar los cuentos antes de dormir, bañarnos en la lluvia,
entre otras decenas de cosas. La mayoría de estas actividades resultaban tener bajo
costo o eran totalmente gratis y lo más importante, no tenían relación directamente
proporcional con las horas que nuestros padres le dedicaban al trabajo, la
relación era inversa.
Entonces, si lo
que en realidad añoramos son las cosas sencillas, sin grandes costos, ¿por qué
nos empeñamos en darles a nuestros hijos lo que no es prioritario? los tiempos cambian – diría alguien -nuestros hijos merecen vivir de acuerdo a
las posibilidades que nos da el siglo XXI. De acuerdo, pero ello no excluye
las relaciones personales, estas deberían fortalecerse, so pena de
deshumanizarnos y convertirnos en meros autómatas replicando tendencias y
modas.
Lo cierto es que
nuestros hijos nos necesitan más a nosotros que a nuestros trabajos y nuestro
dinero. Nuestra presencia y participación constante en su proceso formativo, es
lo que les proporcionará esa identidad tan necesaria en ellos para poder
desarrollarse de manera plena, el dinero y lo que obtenemos de el - asociados
al tiempo que pasamos en el trabajo - de ningún modo pueden suplantarnos, solo
ayudan a complementar nuestra labor.
Desde la vez que vi
a Renzo maniobrar su patineta, se me hace más difícil tener que dejar a mis
hijos por motivos laborales. Estoy plenamente convencido que al final de cada periodo
sin ellos, he perdido algo nuevo en su proceso de aprendizaje, y yo quiero
formar parte de éste, no ser un simple espectador en la zona VIP.

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