miércoles, 23 de abril de 2014

El Iquitos Fashion Day en la clase de anatomía


Uno de los cursos universitarios que los estudiantes de biología de la UNAP de los años 90 recordamos con beneplácito, fue sin duda el de anatomía humana. A diferencia del matador curso del mismo nombre que se dictaba para los estudiantes de la facultad de medicina, el nuestro era la oportunidad perfecta para mejorar el promedio ponderado al final del semestre.

Nuestro profesor, el Dr. Reyna, un connotado traumatólogo de la ciudad, desarrollaba su curso teórico sin mayores presiones, dictaba las clases amparado en las notas de un vetusto cuaderno; asignaba trabajos monográficos mensuales; establecía una agenda de exposiciones grupales; cumplía con el cronograma de exámenes parciales y finales según el calendario académico; en fin, no exigía de nosotros más que lo mínimo para aprobar el curso. Su frase favorita cuando se aproximaba un examen era: guerra avisada, solo mata a los tontos.

Cuando el semestre se encontraba ad portas de concluir y con el fin de alentarnos para realizar un último esfuerzo y redondear nuestro desempeño, nos hizo la siguiente propuesta:

-          Estimados estudiantes, a lo largo de este semestre ustedes han sido uno de los mejores grupos que he tenido en esta asignatura. Por ello, he decidido motivarlos para el cuarto examen parcial que rendirán la próxima semana. Ese día calificaremos no solo los conocimientos adquiridos, sino también la presentación personal (¿?).

-          Es decir, asignaré dos puntos adicionales en actas, a todas las damas y caballeros que asistan con sus mejores galas ese día.

Demás está decir que todos nos miramos las caras con sorpresa, duda y diversión. Un rumor fue creciendo en el aula y desde mi posición empecé a captar ciertos comentarios: huevadas quiere hacer el Dr; qué manera de burlarse de nosotros; se cree pendejo el Dr; entre otras frases de distinto tenor. De una cosa estábamos seguros la mayoría, la propuesta no podía ser más que una de las muchas bromas con las que el profesor amenizaba sus clases.

El Dr. Reyna esperó pacientemente que los rumores se disiparan y con una taimada sonrisa nos repitió la propuesta y dio por terminada la clase:

-          El día del examen los espero con sus mejores galas, pueden retirarse.

Demás está decir que la mayoría de los estudiantes nos cagamos en la noticia. Claro que le dedicamos al curso el tiempo suficiente para repasar nuestros apuntes y listo. En ningún momento cruzó por mi cabeza y tampoco por el de la mayor parte de mis compañeros tener que ataviarnos con alguna prenda en especial. Llegada la fecha esperada, fuimos vestidos con nuestros trapos de siempre.

Ya instalado en la parte central del aula, solo quedaba esperar la llegada del Dr. Reyna para rendir el último parcial. Andaba medio distraído en cualquier cosa, que apenas percibí algunas risas y comentarios del resto de la clase, volteé intrigado y me encontré con que dos de mis compañeros habían ingresado al salón ¡oh sorpresa! totalmente enjaezados, lucían ELEGANTÍSIMOS. Ellos, una pareja de enamorados, se asemejaban a unos escolares el día de su fiesta de promoción, estaban lindos y radiantes. Él, de zapatos acharolados, pantalón al filo, camisa blanca manga larga y corbata color concho de vino, y ella, con un vestido de tafetán perla y recién peinada en algún unisex de la zona.

-          Parecen testigos de Jehová – mencionó en voz alta uno de nuestros compañeros, causando la hilaridad general.

No acabamos de salir del susto, cuando hicieron su entrada triunfal dos de nuestras compañeras escoltadas por el Dr. Reyna, quien lleno de majestuosidad, no hacía más que alabar la incomparable belleza de sus acompañantes.

-          Buenas tardes jóvenes, permiso por favor, aprendan de estas dos preciosas damas que me acompañan, ellas si captaron la importancia de estar bien presentadas en este día tan importante.

Nuestras compañeras, dos de las estudiantes más aplicadas de toda la facultad, lucían vestidos ´primorosos que las asemejaban a dos de las princesitas Disney, además de estar perfectamente maquilladas y peinadas para la ocasión.

De este modo, el pasadizo principal del aula se convirtió en una pasarela improvisada para el Iquitos Fashion Day privado del Dr. Reyna; dos muñecas de torta y dos testigos de Jehová se constituyeron en la envidia de toda la clase de anatomía humana. No hubo aplausos ni fotos, si en cambio, risas y escarnio, pero esto solo obedecía a la maldita desazón que corroía el interior del resto de estudiantes (me incluyo), por ser poco previsores y haber perdido la oportunidad de inmortalizarnos participando en tal magno evento.

No recuerdo con exactitud cuál fue mi calificación asentada en el acta de anatomía, lo cual finalmente fue poco trascendente. Lo interesante fue comprobar la inutilidad de ciertos gestos universitarios, sobre todo aquellos ausentes de perversión. Lo perverso, en definitiva es mi linea de acción favorita.

jueves, 20 de febrero de 2014

La galleta soda más fea del mundo


El director general del proyecto para el cual trabajaba en el año 2006 tenía una gran característica: planificaba todo al milímetro. Para ello era indispensable reunir a los miembros de los diferentes programas casi todos los días, de tal suerte que cuando nos encontrábamos en Iquitos, pasábamos la mitad del tiempo reunidos.

En el preludio de una de las tantas reuniones de coordinación, el especialista de nuestro programa nos hablaba con su natural acento español sobre las galletas que en ese momento degustábamos.

-          De todas las galletas soda que he probado en mi vida, la peor, la más fea del Perú y el mundo, es esa galleta que estais comiendo – nos dijo con gran solemnidad.

No recuerdo que alguien haya refrendado o apoyado esta afirmación. Supongo que por pereza o porque nadie en ese momento quería hablar de la increíble gama de sabores de galletas soda que había probado en toda su vida.

Sin embargo, esa frase me causó casi la misma sensación de fastidió que me podría dejar una piedra en el zapato, debido a un suceso de mi infancia, que recuerdo vívidamente.

Cuando tenía seis años y cursaba el primer grado de primaria en el colegio San Agustín, eran muchas las veces que no llevaba lonchera. Pero me las arreglaba. Por ahí un compañero dadivoso siempre podía compartir algún pan o refresco conmigo a la hora del recreo, o lo que era más común, simplemente me quedaba en el salón y evitaba de este modo la angustia de ver a otros disfrutar de sus viandas, total ojos que no ven, corazón que no siente.

Pero una mañana de aquellas, en la que por la premura del tiempo no alcance a tomar mi habitual desayuno (que tampoco era gran cosa), la situación dio un giro inesperado. A la hora del recreo fui invadido por una terrible sensación de hambre que no fui capaz de disimular. Fiel a mi estilo no salí al recreo y me quedé compartiendo el salón junto con mi maestra.

No había transcurrido mucho tiempo, cuando mi profesora dejó de ojear los papeles en su escritorio para lanzarme una breve mirada por encima de sus lentes. Ese instante fue suficiente. Se levantó, estiró sutilmente su oscura falda larga con estampados de lunares blancos y caminando pausadamente se sentó junto a mí.

-          Abner, ¿tienes hambre? – me preguntó

-          Si profesora – susurré, entre medio avergonzado y confundido al descubrir las dotes adivinatorias de mi maestra. Aunque seguro que la hambrienta expresión de mi rostro me delataba.

-          Espera un ratito – me dijo

Se dirigió a su escritorio, cogió su bolso y cuando estuvo nuevamente a mi lado, de el extrajo un paquete de la más clásica de nuestras galletas tipo soda, me acarició la cabeza y me entregó el paquete acompañado de una angelical sonrisa. Agradecí, mientras mis ojos devoraban el envoltorio amarillo y azul, luego, con gran regocijo, me engullí casi sin respirar las ocho galletas que en ese entonces tenía el paquete.

Demás está decir que aquel día lo salvó mi maestra. Nunca olvidé el gesto que tuvo conmigo y tampoco olvidé lo bien que me supo en esa ocasión la galleta más fea del mundo. Si en ese momento, por un artilugio del espacio – tiempo, mi futuro especialista hubiera lanzado esa afirmación*, le hubiera respondido con la sinceridad de mis seis tiernos años, que para mí, esa era (demos por válida la expresión) la galleta más linda del mundo, o en todo caso la más sabrosa.

Han transcurrido más de tres décadas de este hecho, y en varias ocasiones he visto esa clásica galleta formando parte de las loncheras de mis hijos, cuando eso ocurre, por un instante recuerdo mi propia infancia y a mi bondadosa profesora asociada a una galleta de soda. Por este motivo, si bien no puedo decirles que llevan consigo la galleta más linda del mundo,  pues esto correspondería al contexto en el cual yo viví una experiencia en particular, menos me atrevería a decirles a mis pequeños que están llevando al recreo la galleta soda más fea del mundo, sería traicionarme.

*A favor de mi ex jefe debo decir que no podemos obviar el hecho de que a inicios de los 80, esa marca de galletas eran producidas por una empresa nacional cuya receta probablemente tenía ingredientes mucho más orgánicos que los que actualmente emplea la transnacional que la adquirió. Por lo tanto, siempre existe la posibilidad que los sabores de las galletas hayan cambiado con el correr de los años, pudiendo pasar de lo bonito a lo feo. ¿Cómo probar eso? Menudo lío.