jueves, 20 de febrero de 2014

La galleta soda más fea del mundo


El director general del proyecto para el cual trabajaba en el año 2006 tenía una gran característica: planificaba todo al milímetro. Para ello era indispensable reunir a los miembros de los diferentes programas casi todos los días, de tal suerte que cuando nos encontrábamos en Iquitos, pasábamos la mitad del tiempo reunidos.

En el preludio de una de las tantas reuniones de coordinación, el especialista de nuestro programa nos hablaba con su natural acento español sobre las galletas que en ese momento degustábamos.

-          De todas las galletas soda que he probado en mi vida, la peor, la más fea del Perú y el mundo, es esa galleta que estais comiendo – nos dijo con gran solemnidad.

No recuerdo que alguien haya refrendado o apoyado esta afirmación. Supongo que por pereza o porque nadie en ese momento quería hablar de la increíble gama de sabores de galletas soda que había probado en toda su vida.

Sin embargo, esa frase me causó casi la misma sensación de fastidió que me podría dejar una piedra en el zapato, debido a un suceso de mi infancia, que recuerdo vívidamente.

Cuando tenía seis años y cursaba el primer grado de primaria en el colegio San Agustín, eran muchas las veces que no llevaba lonchera. Pero me las arreglaba. Por ahí un compañero dadivoso siempre podía compartir algún pan o refresco conmigo a la hora del recreo, o lo que era más común, simplemente me quedaba en el salón y evitaba de este modo la angustia de ver a otros disfrutar de sus viandas, total ojos que no ven, corazón que no siente.

Pero una mañana de aquellas, en la que por la premura del tiempo no alcance a tomar mi habitual desayuno (que tampoco era gran cosa), la situación dio un giro inesperado. A la hora del recreo fui invadido por una terrible sensación de hambre que no fui capaz de disimular. Fiel a mi estilo no salí al recreo y me quedé compartiendo el salón junto con mi maestra.

No había transcurrido mucho tiempo, cuando mi profesora dejó de ojear los papeles en su escritorio para lanzarme una breve mirada por encima de sus lentes. Ese instante fue suficiente. Se levantó, estiró sutilmente su oscura falda larga con estampados de lunares blancos y caminando pausadamente se sentó junto a mí.

-          Abner, ¿tienes hambre? – me preguntó

-          Si profesora – susurré, entre medio avergonzado y confundido al descubrir las dotes adivinatorias de mi maestra. Aunque seguro que la hambrienta expresión de mi rostro me delataba.

-          Espera un ratito – me dijo

Se dirigió a su escritorio, cogió su bolso y cuando estuvo nuevamente a mi lado, de el extrajo un paquete de la más clásica de nuestras galletas tipo soda, me acarició la cabeza y me entregó el paquete acompañado de una angelical sonrisa. Agradecí, mientras mis ojos devoraban el envoltorio amarillo y azul, luego, con gran regocijo, me engullí casi sin respirar las ocho galletas que en ese entonces tenía el paquete.

Demás está decir que aquel día lo salvó mi maestra. Nunca olvidé el gesto que tuvo conmigo y tampoco olvidé lo bien que me supo en esa ocasión la galleta más fea del mundo. Si en ese momento, por un artilugio del espacio – tiempo, mi futuro especialista hubiera lanzado esa afirmación*, le hubiera respondido con la sinceridad de mis seis tiernos años, que para mí, esa era (demos por válida la expresión) la galleta más linda del mundo, o en todo caso la más sabrosa.

Han transcurrido más de tres décadas de este hecho, y en varias ocasiones he visto esa clásica galleta formando parte de las loncheras de mis hijos, cuando eso ocurre, por un instante recuerdo mi propia infancia y a mi bondadosa profesora asociada a una galleta de soda. Por este motivo, si bien no puedo decirles que llevan consigo la galleta más linda del mundo,  pues esto correspondería al contexto en el cual yo viví una experiencia en particular, menos me atrevería a decirles a mis pequeños que están llevando al recreo la galleta soda más fea del mundo, sería traicionarme.

*A favor de mi ex jefe debo decir que no podemos obviar el hecho de que a inicios de los 80, esa marca de galletas eran producidas por una empresa nacional cuya receta probablemente tenía ingredientes mucho más orgánicos que los que actualmente emplea la transnacional que la adquirió. Por lo tanto, siempre existe la posibilidad que los sabores de las galletas hayan cambiado con el correr de los años, pudiendo pasar de lo bonito a lo feo. ¿Cómo probar eso? Menudo lío.

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