El director general del proyecto para el cual trabajaba en
el año 2006 tenía una gran característica: planificaba todo al milímetro. Para
ello era indispensable reunir a los miembros de los diferentes programas casi
todos los días, de tal suerte que cuando nos encontrábamos en Iquitos,
pasábamos la mitad del tiempo reunidos.
En el preludio de una de las tantas reuniones de
coordinación, el especialista de nuestro programa nos hablaba con su natural
acento español sobre las galletas que en ese momento degustábamos.
-
De todas las galletas soda que he probado en mi
vida, la peor, la más fea del Perú y el mundo, es esa galleta que estais
comiendo – nos dijo con gran solemnidad.
No recuerdo que alguien haya refrendado o apoyado esta
afirmación. Supongo que por pereza o porque nadie en ese momento quería hablar
de la increíble gama de sabores de galletas soda que había probado en toda su
vida.
Sin embargo, esa frase me causó casi la misma sensación de
fastidió que me podría dejar una piedra en el zapato, debido a un suceso de mi
infancia, que recuerdo vívidamente.
Cuando tenía seis años y cursaba el primer grado de primaria
en el colegio San Agustín, eran muchas las veces que no llevaba lonchera. Pero
me las arreglaba. Por ahí un compañero dadivoso siempre podía compartir algún
pan o refresco conmigo a la hora del recreo, o lo que era más común,
simplemente me quedaba en el salón y evitaba de este modo la angustia de ver a
otros disfrutar de sus viandas, total ojos
que no ven, corazón que no siente.
Pero una mañana de aquellas, en la que por la premura del
tiempo no alcance a tomar mi habitual desayuno (que tampoco era gran cosa), la
situación dio un giro inesperado. A la hora del recreo fui invadido por una
terrible sensación de hambre que no fui capaz de disimular. Fiel a mi estilo no
salí al recreo y me quedé compartiendo el salón junto con mi maestra.
No había transcurrido mucho tiempo, cuando mi profesora dejó
de ojear los papeles en su escritorio para lanzarme una breve mirada por encima
de sus lentes. Ese instante fue suficiente. Se levantó, estiró sutilmente su oscura
falda larga con estampados de lunares blancos y caminando pausadamente se sentó junto a mí.
-
Abner, ¿tienes hambre? – me preguntó
-
Si profesora – susurré, entre medio avergonzado
y confundido al descubrir las dotes adivinatorias de mi maestra. Aunque seguro
que la hambrienta expresión de mi rostro me delataba.
-
Espera un ratito – me dijo
Se dirigió a su escritorio, cogió su bolso y cuando estuvo
nuevamente a mi lado, de el extrajo un paquete de la más clásica de nuestras
galletas tipo soda, me acarició la cabeza y me entregó el paquete acompañado de
una angelical sonrisa. Agradecí, mientras mis ojos devoraban el envoltorio
amarillo y azul, luego, con gran regocijo, me engullí casi sin respirar las
ocho galletas que en ese entonces tenía el paquete.
Demás está decir que aquel día lo salvó mi maestra. Nunca
olvidé el gesto que tuvo conmigo y tampoco olvidé lo bien que me supo en esa
ocasión la galleta más fea del mundo. Si en ese momento, por un artilugio del
espacio – tiempo, mi futuro especialista hubiera lanzado esa afirmación*, le
hubiera respondido con la sinceridad de mis seis tiernos años, que para mí, esa
era (demos por válida la expresión) la
galleta más linda del mundo, o en todo caso la más sabrosa.
Han transcurrido más de tres décadas de este hecho, y en
varias ocasiones he visto esa clásica galleta formando parte de las loncheras
de mis hijos, cuando eso ocurre, por un instante recuerdo mi propia infancia y
a mi bondadosa profesora asociada a una galleta de soda. Por este motivo, si
bien no puedo decirles que llevan consigo la galleta más linda del mundo, pues esto correspondería al contexto en el
cual yo viví una experiencia en particular, menos me atrevería a decirles a mis
pequeños que están llevando al recreo la galleta soda más fea del mundo, sería traicionarme.
*A favor de
mi ex jefe debo decir que no podemos obviar el hecho de que a inicios de los
80, esa marca de galletas eran producidas por una empresa nacional cuya receta probablemente
tenía ingredientes mucho más orgánicos que los que actualmente emplea la
transnacional que la adquirió. Por lo tanto, siempre existe la posibilidad que
los sabores de las galletas hayan cambiado con el correr de los años, pudiendo
pasar de lo bonito a lo feo. ¿Cómo probar eso? Menudo lío.