"El hecho simple de que mi perro me quiere más que yo a él constituye una realidad tan innegable que, cada vez que pienso en ella, me avergüenzo".
Konrad Lorenz
Aunque aún no he visto la película en cuestión, si leí algunas reseñas y críticas, en esencia se trata de la historia de un perro llamado Hachiko, que siempre acompañaba a su amo a la estación del tren y lo esperaba hasta su retorno, incluso luego de la muerte del amo, el perro prosigue con su rutina de espera durante casi 10 años, cabe mencionar que esta película está basada en una historia real. A raíz de ello, recordé una anécdota ocurrida al amigo de un amigo, que además es conocido mío y que muestra desde la cotidianidad loretana la fidelidad de nuestros peludos amigos.
Hace unos años, Rafael L., me relató lo ocurrido al viejo Gilbert. Cuando éste empezó a sentir con mayor fuerza el paso de los años, decidió darle mayor actividad a sus huesos y músculos realizando caminatas y trotes mañaneros por algunas de las calles de nuestro querido Iquitos, en esta actividad no estaba sólo, siempre lo acompañaba la mascota de la familia: un impulsivo y carismático perro de noble raza al que llamaremos Hércules.
Una madrugada en la que Gilbert recorría el boulevard, el perro se entretenía persiguiendo a los papasos que se resistían a la fría mañana, obsesionados aún con las amarillas luces de los faroles. El perro se empecinó en cazar a uno de estos coleópteros sin percatarse de los desniveles en la arquitectura del lugar, en este afán y sin que Gilbert pudiera evitarlo, Hércules se arrojó tras el papaso desde una de las barandas cayendo desde una altura de 10 metros. El amo al socorrer a su querida mascota lo encontró en un estado deplorable: tenía patas y costillas rotas, además de hemorragias externas e internas.
Rápidamente fue trasladado al veterinario de la familia, quien, debido al delicado estado del can, les dio dos alternativas: sacrificar al animal o intentar salvarlo a través de varias operaciones y tratamientos médicos costosos. Ante esta encrucijada y dado el enorme cariño hacia Hércules, la familia decidió por lo segundo.
Sin embargo, luego de unas semanas y a pesar de que la mascota mostraba una leve mejoría, la familia se enfrentó al dilema presupuestal. Lamentablemente los gastos superaron con creces lo previsto y la familia en medio de la congoja y una tristeza fúnebre, suspendió el tratamiento. Ante la cobardía de sacrificar y ver morir a la mascota que tanto cariño tenían, se decidió trasladar a Hércules hasta la finca de la familia ubicada en la carretera Iquitos – Nauta, con la idea de que de ese modo sufrirían menos cuando les comunicasen el fatal desenlace.
Después de esto, la familia retomó su rutina. Una fresca mañana, varias semanas después de estos hechos y cuando casi se había dado vuelta a la página, Gilbert creyó escuchar unos suaves rasguños en la puerta de su casa, el sonido le era extrañamente familiar ¡sólo podía ser Hércules!, salió apresurado hacia la puerta de la calle y al abrirla ahí estaba él, “¡ES HÉRCULES!” Gritó con la voz rota por el llanto, abrazó a su perro, mientras la familia alborotada llenaba de caricias a la mascota, que aún maltrecha, devolvía los gestos y las palabras de ternura con la efusión de sus mejores tiempos.
Hércules murió ese mismo día. La pena y el llanto inundaron la casa por los cuatro costados, ¡no podía ser! No había explicación posible, Hércules había llegado sólo, sin ningún tipo de guía, había efectuado un recorrido de más de 30 Km con el cuerpo casi destrozado, sólo para llegar con la familia de la cual era parte y morir en la casa en la cual había vivido siempre, mostrando que su fidelidad estaba al margen de cualquier parámetro humano. Decir que el halo de tristeza en el ambiente familiar se mantuvo presente durante muchos meses no es exagerado. Esta historia fue muy emotiva y fue la causa de muchas tertulias allá en la cuadra ocho de la calle Arica que fue donde ocurrió.
Cualquier semejanza con una leyenda urbana es pura coincidencia
Existe cierta semejanza de este relato con una famosa leyenda urbana gringa, una versión de la misma fue contada por Truman Capote a Lawrence Grobel en la década del 70 y es conocida como “El perro del ático”, en ella, en lugar de un coleóptero, es una pelota el objeto por el cual el perro pierde la cabeza y salta desde el ático de un apartamento ubicado en los altos del edificio Dakota en New York, con el obvio desenlace fatal.
Otra semejanza con este relato (y también con la película) corresponde a un poema de Ramón de Campoamor, llamada “El padre, el hijo y el perro”. He aquí el poema:
“Bramaba el viento, agitado,
cuando subían a un cerro
un padre en su hijo apoyado,
y detrás de ambos un perro.
Y con mortal pesadumbre
el viejo desfallecido,
cayó exánime en la cumbre,
entre la nieve aterido.
Y -"marcha" - al joven dijo;
"no encuentres cual yo la muerte"-
-"Pues adiós"- contestó el hijo;
y huyó temiendo igual suerte.
Mas desde un monte cercano,
libre ya de todo empeño,
vio que, más fiel el alano,
quedó a morir con su dueño.
cuando subían a un cerro
un padre en su hijo apoyado,
y detrás de ambos un perro.
Y con mortal pesadumbre
el viejo desfallecido,
cayó exánime en la cumbre,
entre la nieve aterido.
Y -"marcha" - al joven dijo;
"no encuentres cual yo la muerte"-
-"Pues adiós"- contestó el hijo;
y huyó temiendo igual suerte.
Mas desde un monte cercano,
libre ya de todo empeño,
vio que, más fiel el alano,
quedó a morir con su dueño.
Nótese el final heroico, y el claro mensaje que representa: la fidelidad a toda prueba.
La verdad sobre el suceso ocurrido a Gilbert está fuera de discusión, hubiera sido relativamente fácil ubicarlo en su casa y pedirle detalles acerca de esta historia, pero preferimos no hacerlo pues lo que pretendemos además de graficar una historia similar a la narrada en una película, es mostrar como, con el paso del tiempo y con la peculiar forma de transmitirnos información de boca a boca, muchos sucesos cotidianos suelen transformarse en historias que llegan a la categoría de “demasiado bueno para ser cierto”, parafraseando a Jan Harold Brunvand, autor de numerosos libros relacionados a las leyendas urbanas. Él mismo explica que, de hecho, muchas de estas leyendas nacieron de sucesos reales, como estoy seguro es el caso de la historia de Hércules y claro también de Hachiko.
gracias Junior, estoy seguro que esta historia conmoverá a más de uno y en especial al querido viejo don Gilbert (ojalá le llegara), por lo demás, sirviome para enriquecer esta historia, que más de una vez ya conté por estos lares...
ResponderEliminarRafo, espero no haber modificado mucho la historia original que me contaste aquella vez y si fue así, espero que haya sido para bien, saludos.
ResponderEliminartranquilos sirviomes
ResponderEliminarReconociendo que el blog esta muy interesante, permítanme contarles la imagen que se me vino a la cabeza mientras leía, la de mi perra, durante mi infancia en Rioja "Phishpira" comunmente llamada Pishpi - su apócope - que vino a las 11 de la mañana a sorprendernos, corriendo desesperadamente con la cuerda colgando del cuello, mientras jugábamos en la calle venía huyendo del que nunca pudo ser su nuevo dueño que malvadamente nuestros padres la habían regalado; porsupuesto nunca mas la dejamos sola.
ResponderEliminarSuele ocurrir, similar a la historia de la "Phispira", recuerdo la historia de "Jasper", mascota del profesor Fernándo A., regresó a la casa luego de dos semanas viviendo en otro lugar (secuestrado), años más tarde Jasper tendría un trágico final salvando a su dueño de sufrir un terrible accidente. El secuestro de Jasper está documentado en una edición dominical de El Comercio de hace casi 10 años atrás.
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