miércoles, 16 de febrero de 2011

Una lección en “la venta” de doña Margarita

“No cuento el vuelto, siempre es de más…”
Fito Páez, del hit “Dar es dar”

¿Quién no ha disfrutado de unas yuquitas fritas previamente sancochadas en alguna ocasión? Imagino que en nuestra ciudad muy pocas personas. Siempre han estado presentes en pequeños puestos de venta ambulantes, ya sea en el colegio, el barrio o el trabajo, frecuentemente asociadas a otros antojos, frutos y potajes muy propios de nuestro terruño: pijuayos wira wira, aguajes shambo, chambiras, yarinas, sachapapas, maduritos fritos y juanes. Comentario aparte se merecen los diferentes tipos de salsa que adornan el centro de la mesa, las mismas que varían al gusto del cliente: salsa de cebolla, ají dulce y ají picante; salsa de cocona con ají y sachaculantro; salsa de pepino, cebolla y ají; entre otras variantes.
En mi caso, tuve la suerte de que, justo frente a mi casa, había una de estas célebres ventas. La dueña era la señora Margarita F., de origen andino y corazón loretano, ferviente devota del culto de la Cruz. Los niños conocíamos su rutina casi de memoria: muy temprano iba al mercado Belén a comprar los frutos e insumos del día; a media mañana se dirigía a su culto, regresaba pasado el mediodía; en horas de la tarde, los niños y jóvenes de los alrededores esperábamos con impaciencia que la “Margaracha”, como cariñosamente la llamábamos, disponga pausadamente su mesa, las bancas y los pequeños manjares.
Los que tenían algunos centavos, podían gozar de ciertos privilegios: compraban dos o tres yuquitas y prácticamente se regodeaban con todo el tazón de salsa. La paciente vendedora nunca se quejaba de ello, cogía el tazón casi vacío, ingresaba a su cocina y al retornar, el tazón volvía colmado del agradable picante.
No fueron pocas las veces que los niños aprovechábamos breves descuidos de doña Margarita, para apoderarnos de algún bocadillo. Ella siempre perdonaba nuestras picardías. En lugar de reclamar a nuestros padres solía aconsejarnos en nombre del Señor y en más de una ocasión nos decía: “si quieren, solamente pidan”, nosotros le tomábamos la palabra en el acto. Al menos tres generaciones de niños desfilamos por ese puesto, pero no fuimos los únicos, cualquier peatón sucumbía ante las yuquitas o los maduritos fritos, previo pago, por supuesto.
Fueron pasando los años y doña Margarita persistía en su puesto con tenacidad, a pesar de que la edad iba jugando en su contra y a pesar de que cada vez era más difícil vender en la vereda debido al intenso tráfico de la zona. Hacia el año 2006, al retornar de mi centro de trabajo de aquella época, solía visitar - motivado más por la nostalgia que por el apetito - la venta de mi añeja vecina. 
En una de estas ocasiones, mientras disfrutaba de una charla con mi vendedora, al mismo tiempo que engullía un pijuayo wira wira, observé que varios niños de seis o siete años se apiñaban junto a la mesa sin mostrar muchas intenciones de comprar algo. Al cabo de un rato, la anciana extendió uno de los platos con yuquitas, los niños las cogieron y comieron sin discreción, irradiando total felicidad.
Pasados unos minutos y estando a solas con mi vecina - olvidando completamente mi pasado vergonzante - le increpé amigablemente el hecho de que estuviera regalando sus productos en lugar de venderlos, argumentando cosas como: “mañana te va a faltar platita para que compres tus ingredientes”, recuerdo con absoluta nitidez la serena expresión en los ojos de la anciana y sus tranquilas pero contundentes palabras: “joven Junior, vendiendo o regalando, igual se gana”. Sentí una estocada dentro mío, muy dentro, no pude decir nada. No pronunció esta frase para darme una lección (pero si lo fue), era simplemente el raciocinio de una persona bondadosa, alguien que había descubierto hace mucho tiempo, que la felicidad no está al final del camino, y que esta no se basa en aspectos económicos o materiales.
Doña Margarita dejó de vender sus pequeñas delicias un tiempo después de este episodio, actualmente debe estar por cumplir los 80 años. Cuando visito a mi madre en el barrio donde pase mi infancia, siempre miro la casa de enfrente buscando a mi vecina, a veces la contemplo sentada en una de sus pequeñas bancas de madera, otras veces su vereda luce desierta, no está ella, no está su venta, tampoco hay niños merodeando.
Me sentiría bien si un día de estos encontrara el puesto en su máximo esplendor, que la mesa esté llena de viandas y rodeada de muchachos majaderos, pero sobretodo, me gustaría ver a doña Margarita dueña de toda la situación, esperando recibir unos centavos por una venta, con la misma prestancia con la que extendía su mano para regalarnos la comida. Me reconforta pensar que pase lo que pase, sé dónde estará mi anciana vecina el día que ya no la encuentre en el barrio.

4 comentarios:

  1. Buena Abner, te felicito, una gran lección. Realmente me conmoviste con esta historia. Un abrazo a la distancia.
    Emerson

    ResponderEliminar
  2. Chuspi...una buena leccion que muchos deberíamos aplicarlo en nuestras vidas...

    PPlucho

    ResponderEliminar
  3. tremendos recuerdos amigo Junior la vecina Margarita era lo maximo me encantaba sus juanes con su yukita y si me recuerdo que jalabas un pijuayo al bolsillo jajajajaja saludos amigo

    ResponderEliminar
  4. La Sra. Margarita nos dejó físicamente este 2022, QEPD.

    ResponderEliminar