“Disneyworld, Disneyland, por el culo te la dan”
Fragmento de "Enola gay" de Andrés Calamaro
Ayer ojeaba el resumen noticioso a través de la red, de pronto una noticia aparentemente light me llamó la atención: “Fue acusada de vender a su bebé por $ 15.000 para viajar a Disney”. Al margen de lo aberrante que resulta saber que una madre es capaz de vender a su hijo, medito acerca del agente causal de tal acto y se me vinieron a la mente dos historias menos siniestras relacionadas a Disneyworld.
Cuando tenía ocho o nueve años, y llegaba la hora de recreo en el colegio, compartía alguna que otra charla con mis compañeros, recuerdo una en la que un anónimo amiguito comparaba el rendimiento de los mejores estudiantes de nuestro salón:
- ¿Se han dado cuenta que todos los años fulanito es el más estudioso del salón?, todos los bimestres sus notas en los cursos son de 20 ó 18, por eso a fin de año siempre está en el cuadro de honor, pero lo que nadie se ha dado cuenta es que cuando estábamos en segundo grado, menganito le quito el primer puesto a fulanito y sus papás como premio por ser estudioso se lo llevaron a Disneylandia en esas vacaciones.
- ¡¡¡Menganito se fue a Disney!!! – exclamamos al unísono los presentes
- Si, a Disney. Por eso una vez que conoció a Mickey y a Pluto en persona y luego regresó a Iquitos, ya no le importó pelear por el primer puesto.
- ¡¡¡Añaaaa!!!
No puedo negar que la novedad me interesó mucho, puesto que en aquel entonces yo hubiera dado mi vida por ir a Disneylandia. Todo niño nacido a finales de los años 70 había crecido bajo la influencia de personajes como Donald o Pinocho, ayudó a esto la existencia de un pionero sistema de TV por cable nacido a inicios de los 80: TVS o “circuito cerrado” como popularmente lo llamábamos, esto, unido al hecho de que contábamos con vuelos directos a Miami, hacía totalmente posible el sueño de conocer ese mundo de magia y color, Disney estaba casi al alcance de la mano.
Varias familias que en ese entonces poseían los recursos suficientes, viajaban con cierta frecuencia por esos lares. Iquitos vivía en esos años una bonanza engañosa que permitía ciertos lujos: usar ropa importada; organizar festivales internacionales de música; comprar artefactos made in USA; y claro, viajar a Miami, Orlando y visitar Disneyworld.
Unos años después las cosas se pusieron duras con el primer gobierno de Alan García, en Iquitos los vuelos a Miami se hicieron humo, y la posibilidad de viajar a la tierra del tío Sam, para conocer a Pepito Grillo pasó a un segundo o tercer plano.
A inicios de este 2011, Maki Miró Quesada, columnista del diario El Comercio, escribió un artículo en el que narraba la “odisea” por la que había pasado al acompañar a una hermana y a sus sobrinos a Orlando y a Disneyworld. En seis o siete párrafos vilipendió todo lo relacionado con “el mundo mágico de Disney”: la administración del hotel, la parafernalia, los muñecos para la foto, la TV por cable (que solo capta Disney Channel y todas sus variantes), en fin, metió palo sin asco a Mickey, Miley Cyrus, Demi Lovato y compañía. Se notó que Maki Miró Quesada estaba harta de Disney, harta de haber viajado por enésima vez a un mundo que ahora le resulta aburrido, un mundo pre y pro capitalista extremo, un mundo que ella, junto a otros millones de individuos (queriendo o sin querer), ayudó a construir a lo largo de décadas.
Por otro lado, Maki escribe un artículo para una burbuja social, una burbuja elitista a la que pocos tienen pase libre. Relata su travesía como si de la toma de una horrible purga se tratase, obviando sin pena alguna al resto de mortales, a aquellos a los que si les gustaría “sufrir” un viaje de ese tipo, pero que escapa de sus posibilidades por el poco fondo de sus bolsillos. Como se sufre a ambos lados de las clase sociales, Ud. sufre en su mansión, yo sufro en los arrabales, cantaría Arjona.
Como fuere, viajar a Disneyworld siempre será un objeto de deseo o el premio por un logro obtenido, como en el caso de mi ex compañero de estudios (al que nunca le pregunté si esa historia fue cierta), un viaje de penitencia como en el caso de la columnista del diario El Comercio, o el espeluznante pretexto para vender a un hijo.

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