martes, 1 de noviembre de 2011

Una triste despedida en el día de los muertos

No conocí mucho a mi abuela Chabela, apenas había cumplido cuatro años cuando el implacable cáncer se la llevó.
Supe que en su infancia y en sus años mozos vivió junto a sus padres en alguna localidad amazónica (posiblemente Panguana), en medio de las chacras y los bosques. Allí adquirió el conocimiento ancestral sobre el uso de las plantas medicinales amazónicas, lo que derivó posteriormente en una de sus tantas habilidades: la medicina natural.
Pero pudo más la curiosidad por conocer esa gran urbe que crecía arrogante en medio de la floresta amazónica y de la cual mi abuela solo conocía de oídas,  la que la motivó a la aventura de descubrir ese Iquitos de patrones caucheros en decadencia; del teatro Alhambra; de los barcos llegados de Europa con helados en lata; de un ferrocarril cuya carcasa ahora sucumbe a la intemperie en una céntrica plaza.
Y vivió en la ciudad que soñó, vio a sus hijos crecer, vio como, poco a poco el cemento fue ganando a la tierra, vio a sus nietos nacer, vio tantas cosas a lo largo de sus seis décadas. Hasta que un probable glaucoma fue nublando sus ojos, limitando su visión y su vida. Se tuvo que despedir de su venta de juanes, tamales y papas moradas en una esquina; del arreglo de altares y santos para las veladas religiosas tan típicas de su época; de la venta de plantas medicinales en un famoso pasaje de Belén; del cuidado de esas mismas plantas en su patio y huerta, donde predominaban la múcura, la lancetilla y la ajosacha, planta última que sobrevivió a mi tiempo, hasta un infausto día del año 2007 en que fue extraída de raíz por un anónimo personaje.
Mis propios recuerdos hacia ella me han jugado una mala pasada a lo largo de mi vida: me veo muy niño en complicidad con mi hermana mayor, corriendo, huyendo de nuestra enfurecida abuela después de insultarla de “vieja cheja”, me veo debajo de la cama, mientras ella, con ayuda de una escoba de "tamshi" trata en vano de hacer justicia con sus manos, manos arrugadas, cansadas de tantas faenas, de tantas mingas, de tantas tinas de ropa ajena. Manos que acariciaron mi cabeza y me dieron cobijo.
Son las 7:30 de la noche del día de todos los santos, estamos en 1980, mi hermana menor apenas tiene cuatro meses de nacida, y duerme ajena a la atmósfera fúnebre de nuestra casa. La noche es triste, sumamente oscura, apenas la tenue luz de un lamparín rompe ese fondo negro. Mis tíos apesadumbrados conversan entre ellos, todos están alrededor de la cama de mi abuela agonizante. Mi tía Isabel, la “winsha”, se acerca a mí, que observo la escena asustado desde un punto aislado. Me abraza y puedo ver su rostro compungido, me dice: “ven hijito, ven a despedirte de la abuelita Chabela”, y me carga hasta el borde de la cama, abre un lado del mosquitero e intenta hacerme sentar en la vieja cuja. No puedo hacerlo, lloriqueo, siento miedo. Otros tíos insisten en lo mismo, me niego otra vez, alguien dice: “déjenlo tranquilo, lo están asustando”, no reconozco la voz, no veo a mi madre, escucho un rezo, una plegaria acompañada de un apagado llanto. A lo lejos se escucha una propaganda radial que a mi entender vuelve todavía más triste la escena: “Cooooorporacióóóóóóóóóóóóóóóóón Saaaaaaan Franciiiiiiiscoooooo…”
Cada año, en esta fecha, viene a mí de forma implacable este penoso recuerdo, y recurro a un ejercicio de paramnesia para intentar cambiar la historia, y verme al fin, consumando una despedida que debió ocurrir hace 31 años.

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