lunes, 28 de noviembre de 2011

Reflexiones de un “cagaaceite” acerca de la discriminación generacional


"...exclusión es, en buena cuenta, el otro nombre del Perú"
Jorge Bruce

Hace unos meses durante un partido de “fulbito” en una canchita casi perdida de La Pradera en Iquitos, exasperé a uno de mis compañeros en pleno juego. Éste reaccionó con un grado de agresividad verbal, hasta cierto punto justificable.
De los muchos calificativos con los que mi compañero me catalogó en aquel momento, uno de ellos me llamó poderosamente la atención, no el más grosero o temerario, por el contrario, el que me sorprendió fue en apariencia el más inocente de ellos: “cagaaceite”. Posteriormente, esto permitió que meditara acerca de un tema relacionado a un tipo de intolerancia que suele pasar desapercibida pero que está muy vigente en nuestras expresiones y acciones.
En nuestra región (y en otras), se suele catalogar como cagaaceite, a la persona que “no llega a los talones de otra” en virtud a varios factores: solvencia económica, experiencia laboral, éxito amoroso, estilo de vida, nivel de educación, entre otros, pero que se caracterizan por poseer un mismo patrón: el “cagaaceite” es cronológicamente menor, dicho de otro modo y siguiendo la misma línea peyorativa: es un “muchacho”.
No podemos negar que desde hace varios años, se han dado varios pasos positivos en la lucha contra el tema de la discriminación y la intolerancia en nuestro medio. Nuestra constitución, numerosas leyes y el sentido común de las personas, amparan la condición de igualdad en relación a la raza, el género o la religión. Desde otorgar el derecho a voto a las mujeres, pasando por brindar igualdad de oportunidades laborales a personas discapacitadas, nuestro país ha dado muestras inequívocas de reconocimiento de un problema fuertemente enraizado, aunque - como sociedad - aún no hayamos encauzado la totalidad de esfuerzos que tiendan a debilitar una estructura invisible, pero más que nunca presente en nuestra cotidianidad.

En el caso de las culturas amazónicas, el respeto a la sabiduría y a la experiencia siempre ha sido una piedra angular en la vida de estas comunidades. Los apus, curacas o generales podían ser adultos en la plenitud de sus capacidades, o podían ser ancianos, quienes tenían como virtud adicional, la condición de sabios, logrando ejercer el poder político o militar de sus pueblos de forma satisfactoria, del mismo modo que los ancianos curanderos o brujos asumían el poder religioso o espiritual.
Los jóvenes ingresaban al mundo de los adultos a través de distintos ritos: someterse a castigos físicos como masticar ajíes picantes; demostrar sus cualidades como cazadores o guerreros; participar en rituales como la aplicación de tatuajes; o perforarse u ornamentarse la piel como en el caso de los “Orejones”, que se perforaban y extendían por primera vez los lóbulos de las orejas al llegar a la mayoría de edad  (inferior a nuestros 18 años). Una vez ocurrido esto, asumían de forma plena sus nuevos deberes y obligaciones y se ganaban el respeto de sus coterráneos de acuerdo a su nueva condición.
En el periodo republicano es fácilmente identificable una expresión que nació desde la perspectiva de Manuel González Prada como una reacción a la inercia y mediocridad de nuestros líderes políticos y militares después de la Guerra del Pacífico: “los viejos a la tumba, los jóvenes a la obra”, es evidente que la carga radicalmente discriminatoria de la frase, obedecía  a la amarga sensación dejada en la sociedad peruana, especialmente la limeña, a raíz del humillante episodio vivido a partir del accionar de las huestes chilenas en nuestro territorio. Sin embargo, la frase mantuvo vigencia, enmarcada en un contexto muy diferente - es un decir - al de la época en que fue concebida.
Diferentes culturas tienen disímiles miradas acerca de los mismos temas. El año pasado leí un interesante artículo en el cual se hablaba del vuelco generacional que nuestro Ministerio de Relaciones Exteriores había tenido en cuanto al reclutamiento de personal cada vez más joven como funcionarios de alto nivel (edad promedio inferior a los 30 años), y la preocupación de personas vinculadas al sector que temían, no tanto por la capacidad de los funcionarios, sino por la percepción de nuestros contrapartes, especialmente de países asiáticos como el Japón, quienes tradicionalmente designan como funcionarios a personas con gran experiencia y avanzada edad. Imagino que preocupaba el hecho de tener que lidiar con “viejos”, desde un punto de vista, o tener que lidiar con “críos”, desde el otro punto de vista.
En nuestro país, la conquista, el mestizaje, la evangelización y la modernidad, entre otros factores, han jugado un papel importante en estos cinco últimos siglos, contribuyendo a la pérdida de la identidad de ciertas culturas (como nación nunca la tuvimos) y también al respeto y consideración de los diferentes grupos generacionales, creando brechas evidentes que en muchos casos se manifiestan de forma “inocente” en nuestro diario transcurrir. Prueba de ello son los avisos que hasta hace poco ofertaban puestos de trabajo, donde era común leer como absurdos requisitos: “edad: de 25 a 35 años” o “experiencia mínima de 10 años”, finalizaban con un: “abstenerse quienes no cumplan con todos los requisitos”. El resultado: el puesto quedaba vacante, debido a que los que tenían la experiencia bordeaban los 40, y los que estaban dentro del rango de edad solicitado no tenían la experiencia.
Muchas sociedades modernas, aprovechan al máximo el potencial de los jóvenes que se insertan en “el mundo de los adultos”, cualidades como la innovación, creatividad y pro actividad, son bienvenidas en tiempos cada vez más competitivos. Esto, de ningún modo debería significar el desplazamiento y mucho menos la sustitución de otros grupos generacionales, siempre que estos tengan a la adaptabilidad y la resiliencia como características afines a sus capacidades profesionales. La experiencia y la capacidad para reaccionar ante situaciones inesperadas, así como las cualidades para asesorar y dirigir, son precisamente virtudes que no caracterizan (salvo excepciones) al grupo de los jóvenes.
El mundo no es sólo para los niños, los adultos o los ancianos, es para todos, lamentablemente, sea cual sea nuestra ubicación cronológica, siempre estamos expectantes ante la posibilidad de ser disminuidos o desplazados y ello genera reacciones que activan nuestros prejuicios. Emplear adjetivos y expresiones como: “muchacho/a”, “cagaaceite”, “estar en pañales”, “vejestorio”, “tío/a”, dependiendo de la connotación con la que se haga, muestra que discriminamos generacionalmente, y que, en algunos casos lo hacemos sin siquiera darnos cuenta de ello.
Insisto en la tesis de reconocer el problema en cada uno de nosotros antes de enfrentarlo para poder superarlo, la intolerancia a través de sus múltiples expresiones es casi un estigma que debilita las pretensiones de vivir en una sociedad más armónica y justa.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Mi madre e Yván

“El político sentimental puede acordarse del día de la madre y aniquilar implacablemente a un rival…”
Vladimir Nabokov
A mi madre no le gusta Yván. No es una antipatía gratuita como muchos podrían pensar, no es la típica posición contraria que a menudo las personas asumimos frente a un personaje público. Ella tiene razones puntuales que explican – o pretenden explicar – su animadversión hacia él. Yván es un político loretano, que en pocos lustros ha logrado una posición envidiable a nivel regional.

El tema surgió hace unos días a raíz del nombramiento del río Amazonas como maravilla natural, cuando Yván no halló mejor forma de celebrar el acontecimiento que zambullirse en las aguas del río Nanay. Ese día mi madre me comento “imagínate hijo, ni siquiera se bañó en el Amazonas, pura finta el señor ese, solo le importa figurar”  – le respondí “mamá, todo político es así, no veo ningún problema en ello, buscan bonos a su favor”. Obviamente mi respuesta no la convenció, les contaré por qué.
Hace unos años, cuando a Yván no le iba tan bien como ahora, ya que acababa de perder dos elecciones seguidas, se encontró con mi madre y tuvieron una pequeña pero “intensa conversación”. Ella retornaba del trabajo o de alguna diligencia en particular y se encontraba en las inmediaciones de la plaza 28 de Julio, exactamente en el cruce de las calles San Martín y Huallaga, cuando una camioneta que se dirigía al centro de la ciudad, estuvo a punto de atropellarla, el iracundo conductor que no era ni más ni menos que Yván, asomo la brillante pelada por la ventanilla y lejos de preguntar a mi asustada madre cómo se encontraba, le grito: “OYEVIEJACONCHADETUMADREEEEE”, mi mamá – luego de identificarlo – le respondió con parsimonia: “por eso es que no ganas las elecciones, por ser así…”. Por supuesto que a Yván está respuesta – si es que la escuchó – no le interesó. Se alejo raudo a bordo de su potente vehículo.
Cuando me comentó este episodio, recuerdo haberle dicho que seguro el Sr. Yván tenía algún tipo de preocupación o emergencia, que situaciones así a todos nos pasa, perder el control, soltar una lisura, quién no lo ha hecho, incluso deslicé una probable imprudencia suya como transeúnte. “Tú no quieres a tu madre” - me dijo. Grande debe haber sido su desconcierto cuando al poco tiempo, Yván finalmente logró obtener el triunfo electoral, fruto de su perseverancia y maña política.
“Hijo, te cuento que pasó ahora” – me dijo la mañana de un mes pre electoral – “pues resulta que tu Yván mando talar los cuatro lindos ficus de la vereda de enfrente, para que su propaganda pueda ser vista por los motokarristas, pero esto no se queda así, lo voy a denunciar”, “mamá por favor, no estés haciendo tonterías” – le dije, y apuré un sorbo de café – “no hijito, hoy mismo lo denuncio por radio”.
Y tal como lo dijo lo hizo. La radio escogida para presentar su denuncia fue nada más y nada menos que la radio de la que Yván era dueño. “¿puedes creer que esa porquería de locutor lo ha defendido a Yván hijo? “ - me comentó esa noche - “no mamá, no puedo creerlo – me burlé – solo a ti se te ocurre denunciarlo en su propia radio, ¿qué dijo el locutor?” – le pregunté por curiosidad – “el bendito hombre dijo que: no podía entender como habían personas que podían estar en contra de que el Sr. Yván haga propaganda, que por qué lo odiaban tanto, si él lo único que quiere es trabajar por su pueblo, y luego me cortó la llamada el malcriado”. No me quedó más que lanzar un suspiro por lo escuchado.
A pesar de las malas vibras de mi madre hacia él, Yván nuevamente se alzó con el triunfo unos años más tarde. Como parte de la campaña de difusión de sus actividades oficiales, había un vídeo en el que se lo apreciaba cargando a un anciano y trasladándolo hasta un ómnibus. Mi madre, muy atenta al vídeo, no dejó de lanzar sus apreciaciones sobre este. “Hijo, mira pues este hipócrita, ¿tú crees que lo está cargando de buena gana?, mira bien la carita de asco de tu Yván”, me comentó una noche que veíamos  televisión en casa. “Madre, creo que esta vez estás exagerando, qué problema hay en su propaganda. Si su gesto resulta falso o no, es su problema” – le respondí – “pero hijo, yo quiero que te fijes bien, mira como tuerce su boca, seguro el viejito que está cargando se cagó y a Yván no le quedó otra que aguantar”. Recuerdo no haber podido contener la risa ante tamaña ocurrencia.
No creo que la percepción de mi madre hacia Yván cambie, y esto no involucra en absoluto los aciertos (o desaciertos) en temas relacionados al desempeño que él tenga como autoridad, es más bien una cuestión casi personal. A mi madre no le interesa que él sea un buen hombre, buen padre o buen esposo. Pareciera que ella solo lee e interpreta lo negativo de sus actos públicos, y debo entender que el origen de esta actitud fue el incidente de la plaza 28. A veces un solo gesto o palabra, marca de forma permanente nuestra futura opinión acerca de alguien, lo que cobra mayor importancia en el caso de aquellos que ostentan cargos públicos o se vislumbran como autoridades en el futuro mediato o inmediato. Por su parte, mi madre estará atenta al mínimo traspié de Yván para cuestionarlo, por supuesto que a él eso no le quita el sueño.  

martes, 1 de noviembre de 2011

Una triste despedida en el día de los muertos

No conocí mucho a mi abuela Chabela, apenas había cumplido cuatro años cuando el implacable cáncer se la llevó.
Supe que en su infancia y en sus años mozos vivió junto a sus padres en alguna localidad amazónica (posiblemente Panguana), en medio de las chacras y los bosques. Allí adquirió el conocimiento ancestral sobre el uso de las plantas medicinales amazónicas, lo que derivó posteriormente en una de sus tantas habilidades: la medicina natural.
Pero pudo más la curiosidad por conocer esa gran urbe que crecía arrogante en medio de la floresta amazónica y de la cual mi abuela solo conocía de oídas,  la que la motivó a la aventura de descubrir ese Iquitos de patrones caucheros en decadencia; del teatro Alhambra; de los barcos llegados de Europa con helados en lata; de un ferrocarril cuya carcasa ahora sucumbe a la intemperie en una céntrica plaza.
Y vivió en la ciudad que soñó, vio a sus hijos crecer, vio como, poco a poco el cemento fue ganando a la tierra, vio a sus nietos nacer, vio tantas cosas a lo largo de sus seis décadas. Hasta que un probable glaucoma fue nublando sus ojos, limitando su visión y su vida. Se tuvo que despedir de su venta de juanes, tamales y papas moradas en una esquina; del arreglo de altares y santos para las veladas religiosas tan típicas de su época; de la venta de plantas medicinales en un famoso pasaje de Belén; del cuidado de esas mismas plantas en su patio y huerta, donde predominaban la múcura, la lancetilla y la ajosacha, planta última que sobrevivió a mi tiempo, hasta un infausto día del año 2007 en que fue extraída de raíz por un anónimo personaje.
Mis propios recuerdos hacia ella me han jugado una mala pasada a lo largo de mi vida: me veo muy niño en complicidad con mi hermana mayor, corriendo, huyendo de nuestra enfurecida abuela después de insultarla de “vieja cheja”, me veo debajo de la cama, mientras ella, con ayuda de una escoba de "tamshi" trata en vano de hacer justicia con sus manos, manos arrugadas, cansadas de tantas faenas, de tantas mingas, de tantas tinas de ropa ajena. Manos que acariciaron mi cabeza y me dieron cobijo.
Son las 7:30 de la noche del día de todos los santos, estamos en 1980, mi hermana menor apenas tiene cuatro meses de nacida, y duerme ajena a la atmósfera fúnebre de nuestra casa. La noche es triste, sumamente oscura, apenas la tenue luz de un lamparín rompe ese fondo negro. Mis tíos apesadumbrados conversan entre ellos, todos están alrededor de la cama de mi abuela agonizante. Mi tía Isabel, la “winsha”, se acerca a mí, que observo la escena asustado desde un punto aislado. Me abraza y puedo ver su rostro compungido, me dice: “ven hijito, ven a despedirte de la abuelita Chabela”, y me carga hasta el borde de la cama, abre un lado del mosquitero e intenta hacerme sentar en la vieja cuja. No puedo hacerlo, lloriqueo, siento miedo. Otros tíos insisten en lo mismo, me niego otra vez, alguien dice: “déjenlo tranquilo, lo están asustando”, no reconozco la voz, no veo a mi madre, escucho un rezo, una plegaria acompañada de un apagado llanto. A lo lejos se escucha una propaganda radial que a mi entender vuelve todavía más triste la escena: “Cooooorporacióóóóóóóóóóóóóóóóón Saaaaaaan Franciiiiiiiscoooooo…”
Cada año, en esta fecha, viene a mí de forma implacable este penoso recuerdo, y recurro a un ejercicio de paramnesia para intentar cambiar la historia, y verme al fin, consumando una despedida que debió ocurrir hace 31 años.