domingo, 20 de noviembre de 2011

Mi madre e Yván

“El político sentimental puede acordarse del día de la madre y aniquilar implacablemente a un rival…”
Vladimir Nabokov
A mi madre no le gusta Yván. No es una antipatía gratuita como muchos podrían pensar, no es la típica posición contraria que a menudo las personas asumimos frente a un personaje público. Ella tiene razones puntuales que explican – o pretenden explicar – su animadversión hacia él. Yván es un político loretano, que en pocos lustros ha logrado una posición envidiable a nivel regional.

El tema surgió hace unos días a raíz del nombramiento del río Amazonas como maravilla natural, cuando Yván no halló mejor forma de celebrar el acontecimiento que zambullirse en las aguas del río Nanay. Ese día mi madre me comento “imagínate hijo, ni siquiera se bañó en el Amazonas, pura finta el señor ese, solo le importa figurar”  – le respondí “mamá, todo político es así, no veo ningún problema en ello, buscan bonos a su favor”. Obviamente mi respuesta no la convenció, les contaré por qué.
Hace unos años, cuando a Yván no le iba tan bien como ahora, ya que acababa de perder dos elecciones seguidas, se encontró con mi madre y tuvieron una pequeña pero “intensa conversación”. Ella retornaba del trabajo o de alguna diligencia en particular y se encontraba en las inmediaciones de la plaza 28 de Julio, exactamente en el cruce de las calles San Martín y Huallaga, cuando una camioneta que se dirigía al centro de la ciudad, estuvo a punto de atropellarla, el iracundo conductor que no era ni más ni menos que Yván, asomo la brillante pelada por la ventanilla y lejos de preguntar a mi asustada madre cómo se encontraba, le grito: “OYEVIEJACONCHADETUMADREEEEE”, mi mamá – luego de identificarlo – le respondió con parsimonia: “por eso es que no ganas las elecciones, por ser así…”. Por supuesto que a Yván está respuesta – si es que la escuchó – no le interesó. Se alejo raudo a bordo de su potente vehículo.
Cuando me comentó este episodio, recuerdo haberle dicho que seguro el Sr. Yván tenía algún tipo de preocupación o emergencia, que situaciones así a todos nos pasa, perder el control, soltar una lisura, quién no lo ha hecho, incluso deslicé una probable imprudencia suya como transeúnte. “Tú no quieres a tu madre” - me dijo. Grande debe haber sido su desconcierto cuando al poco tiempo, Yván finalmente logró obtener el triunfo electoral, fruto de su perseverancia y maña política.
“Hijo, te cuento que pasó ahora” – me dijo la mañana de un mes pre electoral – “pues resulta que tu Yván mando talar los cuatro lindos ficus de la vereda de enfrente, para que su propaganda pueda ser vista por los motokarristas, pero esto no se queda así, lo voy a denunciar”, “mamá por favor, no estés haciendo tonterías” – le dije, y apuré un sorbo de café – “no hijito, hoy mismo lo denuncio por radio”.
Y tal como lo dijo lo hizo. La radio escogida para presentar su denuncia fue nada más y nada menos que la radio de la que Yván era dueño. “¿puedes creer que esa porquería de locutor lo ha defendido a Yván hijo? “ - me comentó esa noche - “no mamá, no puedo creerlo – me burlé – solo a ti se te ocurre denunciarlo en su propia radio, ¿qué dijo el locutor?” – le pregunté por curiosidad – “el bendito hombre dijo que: no podía entender como habían personas que podían estar en contra de que el Sr. Yván haga propaganda, que por qué lo odiaban tanto, si él lo único que quiere es trabajar por su pueblo, y luego me cortó la llamada el malcriado”. No me quedó más que lanzar un suspiro por lo escuchado.
A pesar de las malas vibras de mi madre hacia él, Yván nuevamente se alzó con el triunfo unos años más tarde. Como parte de la campaña de difusión de sus actividades oficiales, había un vídeo en el que se lo apreciaba cargando a un anciano y trasladándolo hasta un ómnibus. Mi madre, muy atenta al vídeo, no dejó de lanzar sus apreciaciones sobre este. “Hijo, mira pues este hipócrita, ¿tú crees que lo está cargando de buena gana?, mira bien la carita de asco de tu Yván”, me comentó una noche que veíamos  televisión en casa. “Madre, creo que esta vez estás exagerando, qué problema hay en su propaganda. Si su gesto resulta falso o no, es su problema” – le respondí – “pero hijo, yo quiero que te fijes bien, mira como tuerce su boca, seguro el viejito que está cargando se cagó y a Yván no le quedó otra que aguantar”. Recuerdo no haber podido contener la risa ante tamaña ocurrencia.
No creo que la percepción de mi madre hacia Yván cambie, y esto no involucra en absoluto los aciertos (o desaciertos) en temas relacionados al desempeño que él tenga como autoridad, es más bien una cuestión casi personal. A mi madre no le interesa que él sea un buen hombre, buen padre o buen esposo. Pareciera que ella solo lee e interpreta lo negativo de sus actos públicos, y debo entender que el origen de esta actitud fue el incidente de la plaza 28. A veces un solo gesto o palabra, marca de forma permanente nuestra futura opinión acerca de alguien, lo que cobra mayor importancia en el caso de aquellos que ostentan cargos públicos o se vislumbran como autoridades en el futuro mediato o inmediato. Por su parte, mi madre estará atenta al mínimo traspié de Yván para cuestionarlo, por supuesto que a él eso no le quita el sueño.  

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