domingo, 22 de enero de 2012

De la víbora su comida – relato acerca de un sofisticado insumo gastronómico

La clásica imagen de un postre que se respete, no puede estar exenta de una cereza que lo corone. Tanto los helados de distintas variedades, así como los pasteles para toda ocasión, incluyendo algunos cocteles, poseen esta peculiar característica como un toque de distinción o sibaritismo que el chef, maestro pastelero o barman, confiere a su creación.
Una buena amiga – linda representante de la mujer de Yurimaguas – me comentó hace pocos días, que en uno de los últimos viajes que realizó a la ciudad de Lima por cuestiones laborales, tuvo la ocasión de disfrutar de la alta cocina de algunos restaurantes ubicados en  exclusivos hoteles de la capital. Grande fue su sorpresa cuando en uno de ellos, llegada la hora del postre, le sirvieron un refinadísimo pastel, cuyo nombre no recordaba pues era bastante complicado de pronunciar.
La causa de la sorpresa era que, en lugar de la excelentísima y rubicunda cereza coronando el manjar, se encontraban tres pequeñas bolitas de un tono anaranjado tenue con tonalidades iridiscentes, que semejaban canicas de vidrio finamente elaboradas. Mi amiga, no podía despegar los ojos del postre (que aún no había probado) ya que experimentaba cierta familiaridad al observar esos pequeños ¿frutos?, tardo varios segundos en descifrar el enigma.
-          Claro pues, ya decía yo – pensó mi amiga.
-          Si, estos “huayos” son “mullacas”, que ya vuelta hacen acá – seguía divagando ella, esbozando una radiante sonrisa que no pasó desapercibida entre sus acompañantes.
Posteriormente, las personas que la acompañaban escucharon con deleite una breve descripción sobre el origen y algunas de las características del fruto que coronaba el postre y que mi amiga conocía perfectamente como cualquier otro hijo o hija nacida en nuestra Amazonía.
Escuché el relato de mi amiga sumamente interesado, en verdad hasta ese momento no había caído tan en cuenta del rollo que en los últimos años los medios de comunicación han generado en relación a  los insumos que la región andina y amazónica ha venido aportando para el reciente boom de la gastronomía nacional.
Estos insumos, usualmente mal catalogados en nuestro propio país como “insumos exóticos”, no son más que insumos nativos - en el sentido amplio de la palabra, lo nativo en el Perú definitivamente no es muy reconocido, por tanto suele ser excluido o mal nombrado - han sido objeto de análisis y colecta con fines de investigación culinaria y uno de sus más fervientes promotores es el reconocido chef Pedro Miguel Schiaffino, dueño del restaurante Malabar.
Schiaffino, además de otros destacados chefs, han ido incorporando en la carta de sus restaurantes, platos elaborados en base a productos de la biodiversidad amazónica, valorando no solo las sensaciones que produce en los paladares, sino además su aporte nutricional, todo ello con una connotación ecológica y social, que aún está en pleno desarrollo e investigación. No será raro que en el futuro, la Amazonía aporte una amplia gama de insumos de la biodiversidad para el desarrollo de la gastronomía, insumos que hoy son ignorados o poco valorados en nuestra propia tierra.

Aunque muy probablemente el fruto observado por mi amiga era el aguaymanto, cuya especie más reconocida Physalis peruviana, es de origen andino, nuestra especie de origen amazónico, Physalis angulata, comunmente llamada bolsa mullaca o simplemente mullaca, tampoco está pasando desapercibida ante los ojos del Perú y el mundo. La mullaca es una planta silvestre pionera tipo herbácea que se desarrolla como parte de los procesos de sucesión natural en zonas sujetas a periodos de inundación de los grandes ríos amazónicos, y que además se dispersan con gran facilidad hacia las purmas o chacras ubicadas en el interior del bosque, llegando a desarrollarse en densidades difíciles de controlar, hasta el punto de ser considerada como “mala hierba” por muchos pobladores de la región.

No obstante ello, sus frutos tienen un agradable sabor, por lo que no dejan de ser comercializados en los mercados de los centros poblados y principales ciudades amazónicas. Sin embargo, al ser considerado un fruto de calidad inferior por su naturaleza silvestre, no alcanza precios altos, las bolsas de ¼ de Kg se venden a S/. 0.50 en el mercado Belén, y su venta es complementaria al comercio de otros productos agrícolas de mejor cotización.


Los ancianos, cuando nos veían comiendo los frutos de mullaca que de niños “cosechábamos” de los hierbales ubicados en los alrededores de nuestro barrio, solían decirnos lo siguiente: “¿qué pues hacen comiendo mullaca?, ese huayo es la comida de la víbora”. Seguro nuestros abuelos se sorprenderían si les contáramos que los grandes cocineros del Perú desde hace algún tiempo vienen incorporando a nuestra humilde mullaca en sus postres de $ 10 la porción, y al parecer, esto solo sería el principio.

jueves, 19 de enero de 2012

La selva de los excesos

“De esta manera los nuevos ricos loretanos utilizaron y despilfarraron sus recién adquiridas riquezas en exquisiteces tales como lavar sus vestimentas con agua importada de Europa, o mejor aún, enviar su ropa para ser lavadas en España, Portugal, o Inglaterra…”
La Región, Edición especial de colección. Fundación del Puerto Fluvial de Iquitos 148º Aniversario. Exquisitas curiosidades iquiteñas. Publicado el 5 de enero de 2012. (En Vílchez, P. Un momento de Iquitos [basado en el 9 de noviembre de 1926]. Publicado en la revista Proceso. Año XXXII. Nº 81. Enero-Febrero 1998. Página 8)

Caso I
-  Teddy, por favor sepárame tres paquetes de agua San Luis sin gas, tamaño familiar – solicita una robusta mujer, representante de una poderosa trasnacional, al dueño de una bodega ubicada en un remoto pueblo amazónico.
-  Claro ingeniera, al toque – le responde el dueño del local. Unos segundos después el hombre separa los tres paquetes, verifica las 18 botellas, cada una de 2.5 litros y las traslada hasta un ambiente ubicado en la parte posterior de su negocio.
El técnico de la posta observa la escena con aburrimiento, unos minutos antes conversaba con Teddy sobre algún banal tema.
-       Teddy, ¿A dónde llevas esas botellas?, la ingeniera está en el puerto y parece que ya va a partir – le advierte.
-       No técnico, esa agua no es para su viaje, esa agua es para que se bañe.
-       ¡No jodas!, ¿para qué se bañe?, me cagaste. Bueno, en realidad tú no me cagaste, me cagó ella. El que debería bañarse con San Luis soy yo, a ver si así me limpio de toda la mierda con la que me acaba de ensuciar la ingeniera.
-       Ja, si pues, pero ella siempre se baña así cuando llega acá y mientras me pague por el agua yo no me hago problema, al contrario.
-       Si pues – le responde el técnico – ni que fueras cojudo, tú solo estás vendiendo.
Caso II
Llevo la vida de un triste payaso que ríe por fuera y llora por dentro, mis amigos me ven sonreír pero no saben que estoy destrozado de amor…
El coro del tema “Triste payaso” de la orquesta Papillon, se repite incesantemente en el equipo de sonido de la familia Alegría, dueños del único bar bodega del pueblo. Esa mañana recibieron la visita del joven Segundo o “Shego”, poblador de una comunidad vecina. El personaje en cuestión – admirador de la hija única de esta familia – acaba de retornar a la zona luego de estar trabajando por espacio de tres meses en “la compañía”.
Son más de las tres de la tarde y Shego – no mayor de 23 años de edad – anda bastante borracho, el disco de cumbia que escucha tiene otras canciones de diferentes agrupaciones musicales, pero a él solo le interesa “Triste payaso”.
Reproduce de modo persistente el mismo tema desde hace varias horas. A los vecinos de los Alegría ya los tiene cojudos. Pero se aguantan. Algunos se acercan a conocer el motivo de tal frenético y repetitivo devaneo, y terminan sentados, libando las cervezas que les convida Shego.
-  Suegrita, ¡tres más! – vocifera el joven, confiado en su abultada billetera, amo y señor del lugar.
-  Sheguito, te aviso que solo me queda una cajita de Pilsen, pero tengo bastante Iquiteña…
-  Suegra, para que veas que te consumo, aparte de las tres Pilsen, también dame tres Iquiteñas de mierda.
Shego se carcajea, y los acompañantes lo imitan.
No hay licor que me ayude a saciar mi dolor, no hay mujer, que me ayude a olvidar este amor…
-  Toma Sheguito, tres Pilsen y tres Iquiteñas – la mujer le entrega las cervezas al joven y le dirige una sonrisa cómplice a su hija.
-  Ya suegra, para que veas que yo te consumo está porquería aunque no me guste.
El tipo pide los vasos a la media docena de gorreros, los pone en fila. Coge una botella de Iquiteña y sirve la cerveza en cada vaso hasta la mitad, seguidamente coge uno por uno los vasos, mete los dedos, revuelve el contenido. Los “lava”, luego arroja al piso la cerveza de cada vaso, se “lava” las manos con otro tanto de Iquiteña, y finalmente sirve Pilsen.
Los idiotas que lo rodean celebran la ocurrencia. Palmas en la espalda, carcajadas, bravos. Shego se siente el rey, lo máximo.
Esa es mi vida, así vivo yoooooooooooo, así muero yooooooooooooooooooo…
Leyendas amazónicas de exceso
Cuentan que a finales de la década de los 70 e inicios de los 80, años en los que el narcotráfico era una actividad que se realizaba de manera más que solapada en Iquitos, los excesos eran el pan de cada día, en especial en pueblos y ciudades cercanas a la frontera tripartita conformada por Perú, Colombia y Brasil.
Uno de los hechos cotidianos más pintorescos (o cinematográficos) era la legendaria encendida de cigarros con billetes de cualquier denominación de la época: soles, cruzeiros o pesos. Y aunque en esos años la moneda más valorada era el dólar americano, las denominaciones bajas (de $1 ó $5) tampoco escapaban a esta combustible práctica. Obviamente, muy pocos podían “presumir” de ello.
Algo que nació en esa época y que en cierta forma se mantuvo hasta ahora (por lo menos en el imaginario popular) es la “cerrada de bares”, también íntimamente ligada a actividades ilícitas. Iquitos parece no haber sido la excepción a este tipo de actos. Sin embargo, parece que esto fue más común en zonas rojas como Tocache, Uchiza o Saposoa, en estas localidades el terrorismo unido al narcotráfico generó un movimiento económico paralelo, hablamos de pequeñas economías aisladas de la política económica peruana, que tenían al dólar como moneda oficial. En ese contexto cerrar un bar era casi un chiste. Terroristas, narcos y militares lo hacían rutinariamente.
Los narcos colombianos tuvieron una fama muy bien ganada debido a las millonarias contrataciones de actores, cantantes o agrupaciones musicales para realizar shows privados. Con el correr de los años muchas de estas estrellas tuvieron que expresar disculpas públicas por haber asistido a tales eventos, escudándose en que no sabían quién los contrataba. Sin embargo, me parece que los pioneros en esta línea fuimos los iquiteños. La diferencia estriba en que, mientras los colombianos hacían shows privados, nosotros organizábamos festivales musicales masivos. En esos colosales años no era de extrañar la presencia de Bosé, Manzanero, Carrá o el grupo Parchís en nuestra ciudad. Quizá me equivoque y esto no fue de ninguna manera un exceso, fue más bien una “justificación”.