jueves, 19 de enero de 2012

La selva de los excesos

“De esta manera los nuevos ricos loretanos utilizaron y despilfarraron sus recién adquiridas riquezas en exquisiteces tales como lavar sus vestimentas con agua importada de Europa, o mejor aún, enviar su ropa para ser lavadas en España, Portugal, o Inglaterra…”
La Región, Edición especial de colección. Fundación del Puerto Fluvial de Iquitos 148º Aniversario. Exquisitas curiosidades iquiteñas. Publicado el 5 de enero de 2012. (En Vílchez, P. Un momento de Iquitos [basado en el 9 de noviembre de 1926]. Publicado en la revista Proceso. Año XXXII. Nº 81. Enero-Febrero 1998. Página 8)

Caso I
-  Teddy, por favor sepárame tres paquetes de agua San Luis sin gas, tamaño familiar – solicita una robusta mujer, representante de una poderosa trasnacional, al dueño de una bodega ubicada en un remoto pueblo amazónico.
-  Claro ingeniera, al toque – le responde el dueño del local. Unos segundos después el hombre separa los tres paquetes, verifica las 18 botellas, cada una de 2.5 litros y las traslada hasta un ambiente ubicado en la parte posterior de su negocio.
El técnico de la posta observa la escena con aburrimiento, unos minutos antes conversaba con Teddy sobre algún banal tema.
-       Teddy, ¿A dónde llevas esas botellas?, la ingeniera está en el puerto y parece que ya va a partir – le advierte.
-       No técnico, esa agua no es para su viaje, esa agua es para que se bañe.
-       ¡No jodas!, ¿para qué se bañe?, me cagaste. Bueno, en realidad tú no me cagaste, me cagó ella. El que debería bañarse con San Luis soy yo, a ver si así me limpio de toda la mierda con la que me acaba de ensuciar la ingeniera.
-       Ja, si pues, pero ella siempre se baña así cuando llega acá y mientras me pague por el agua yo no me hago problema, al contrario.
-       Si pues – le responde el técnico – ni que fueras cojudo, tú solo estás vendiendo.
Caso II
Llevo la vida de un triste payaso que ríe por fuera y llora por dentro, mis amigos me ven sonreír pero no saben que estoy destrozado de amor…
El coro del tema “Triste payaso” de la orquesta Papillon, se repite incesantemente en el equipo de sonido de la familia Alegría, dueños del único bar bodega del pueblo. Esa mañana recibieron la visita del joven Segundo o “Shego”, poblador de una comunidad vecina. El personaje en cuestión – admirador de la hija única de esta familia – acaba de retornar a la zona luego de estar trabajando por espacio de tres meses en “la compañía”.
Son más de las tres de la tarde y Shego – no mayor de 23 años de edad – anda bastante borracho, el disco de cumbia que escucha tiene otras canciones de diferentes agrupaciones musicales, pero a él solo le interesa “Triste payaso”.
Reproduce de modo persistente el mismo tema desde hace varias horas. A los vecinos de los Alegría ya los tiene cojudos. Pero se aguantan. Algunos se acercan a conocer el motivo de tal frenético y repetitivo devaneo, y terminan sentados, libando las cervezas que les convida Shego.
-  Suegrita, ¡tres más! – vocifera el joven, confiado en su abultada billetera, amo y señor del lugar.
-  Sheguito, te aviso que solo me queda una cajita de Pilsen, pero tengo bastante Iquiteña…
-  Suegra, para que veas que te consumo, aparte de las tres Pilsen, también dame tres Iquiteñas de mierda.
Shego se carcajea, y los acompañantes lo imitan.
No hay licor que me ayude a saciar mi dolor, no hay mujer, que me ayude a olvidar este amor…
-  Toma Sheguito, tres Pilsen y tres Iquiteñas – la mujer le entrega las cervezas al joven y le dirige una sonrisa cómplice a su hija.
-  Ya suegra, para que veas que yo te consumo está porquería aunque no me guste.
El tipo pide los vasos a la media docena de gorreros, los pone en fila. Coge una botella de Iquiteña y sirve la cerveza en cada vaso hasta la mitad, seguidamente coge uno por uno los vasos, mete los dedos, revuelve el contenido. Los “lava”, luego arroja al piso la cerveza de cada vaso, se “lava” las manos con otro tanto de Iquiteña, y finalmente sirve Pilsen.
Los idiotas que lo rodean celebran la ocurrencia. Palmas en la espalda, carcajadas, bravos. Shego se siente el rey, lo máximo.
Esa es mi vida, así vivo yoooooooooooo, así muero yooooooooooooooooooo…
Leyendas amazónicas de exceso
Cuentan que a finales de la década de los 70 e inicios de los 80, años en los que el narcotráfico era una actividad que se realizaba de manera más que solapada en Iquitos, los excesos eran el pan de cada día, en especial en pueblos y ciudades cercanas a la frontera tripartita conformada por Perú, Colombia y Brasil.
Uno de los hechos cotidianos más pintorescos (o cinematográficos) era la legendaria encendida de cigarros con billetes de cualquier denominación de la época: soles, cruzeiros o pesos. Y aunque en esos años la moneda más valorada era el dólar americano, las denominaciones bajas (de $1 ó $5) tampoco escapaban a esta combustible práctica. Obviamente, muy pocos podían “presumir” de ello.
Algo que nació en esa época y que en cierta forma se mantuvo hasta ahora (por lo menos en el imaginario popular) es la “cerrada de bares”, también íntimamente ligada a actividades ilícitas. Iquitos parece no haber sido la excepción a este tipo de actos. Sin embargo, parece que esto fue más común en zonas rojas como Tocache, Uchiza o Saposoa, en estas localidades el terrorismo unido al narcotráfico generó un movimiento económico paralelo, hablamos de pequeñas economías aisladas de la política económica peruana, que tenían al dólar como moneda oficial. En ese contexto cerrar un bar era casi un chiste. Terroristas, narcos y militares lo hacían rutinariamente.
Los narcos colombianos tuvieron una fama muy bien ganada debido a las millonarias contrataciones de actores, cantantes o agrupaciones musicales para realizar shows privados. Con el correr de los años muchas de estas estrellas tuvieron que expresar disculpas públicas por haber asistido a tales eventos, escudándose en que no sabían quién los contrataba. Sin embargo, me parece que los pioneros en esta línea fuimos los iquiteños. La diferencia estriba en que, mientras los colombianos hacían shows privados, nosotros organizábamos festivales musicales masivos. En esos colosales años no era de extrañar la presencia de Bosé, Manzanero, Carrá o el grupo Parchís en nuestra ciudad. Quizá me equivoque y esto no fue de ninguna manera un exceso, fue más bien una “justificación”.

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