A mediados del año 2006, un amigo muy querido retornaba a Iquitos de vacaciones luego de estar por espacio de dos años en España realizando estudios de doctorado. En aquella ocasión pudimos almorzar juntos y él se mostraba sumamente complacido por las ventajas que Europa ofrecía a las comunidades de inmigrantes, sobretodo en aspectos como el laboral, la salud o la educación. Dentro de esta misma charla y acaso como un colofón, procedió a dar un ejemplo sencillo para demostrar la prosperidad que le ofrecía el viejo mundo: “...viejo, mi refrigeradora siempre está llena, ahí están los embutidos, las carnes, las verduras, frutas, leches, y en galones está la Coca Cola, entonces nada que ver con mi refrigeradora en Iquitos”.
Esta frase quedo sonando en mi cabeza por mucho tiempo, y es que el ejemplo era, en cierta medida decididamente cierto. Recordé que mi amigo al igual que yo y muchos de mi generación (entre los 30 y 40 años) experimentamos en carne propia, lo que he llamado el “síndrome de la refrigeradora vacía”, consistente en abrirla compulsivamente cada vez que pasábamos cerca de ella, a pesar de saber que no íbamos a encontrar absolutamente nada, esto ocurría en promedio unas 50 veces al día. Una de las causas fueron las políticas económicas de los gobiernos, particularmente en la década de los ochenta.
La primera refrigeradora que tuvimos en casa fue de la marca Sanyo, era – desde mi perspectiva – preciosa: era un frigobar de una sola puerta; con capacidad de 60 litros; acabado tipo madera, diseño característico de la época; con manija de forma circular semejante al timón de un auto. Lo compró mi padre junto con un televisor de la misma marca, como un regalo a mi familia unos meses antes que sea trasladado por el Instituto Peruano de Seguridad Social – IPSS hasta Pucallpa (para siempre).
En aquella época podríamos decir que nuestra “refri” era un adorno de lujo, en realidad no era funcional, o para utilizar una mejor frase “no se empleaba en todo su potencial” la mayor parte de las refrigeradoras en Iquitos tenían solo tres o cuatro cosas en promedio, a saber: un poco de mantequilla (digo un poco porque en la mayoría de los casos se compraba a granel); una raja de limón o toronja a medio exprimir, o seca o medio seca; una bolsa de leche Enci en polvo (causante de tantas asfixias caseras y metidas del dedo en el paladar); hielo en abundancia y alrededor de veinte litros de agua en recipientes de todo tipo (mayoritariamente de vidrio).
Seguro que en algunos hogares esto variaba un poco, y en todos había pequeños periodos durante el mes donde se podía encontrar más diversidad, pero en general esa era la radiografía de una refrigeradora iquiteña y por qué no, peruana.
Mi refri, herencia de mi padre, sobrevivió hasta inicios de los años 90 (con cambio de motor incluido) y fue vendida por mi madre a un precio de regalo. Desde ese entonces tuvo que pasar una década antes de adquirir una refri nueva, en realidad en mi casa casi no la necesitábamos (lo mismo que decir no teníamos plata para comprarla). Solo éramos tres personas: dos universitarios y una empleada pública, cuando queríamos algo helado íbamos a la bodega más cercana.
Ahora las cosas han cambiado – mejoras macroeconómicas, chorreo, goteo o lo que fuere – abro la refrigeradora y veo de todo: verduras y frutas costeñas; yogures junto a la leche que mis hijos nunca toman en el desayuno; embutidos y quesos; tres frascos de vidrio con encurtidos caseros que casi nunca como; una docena de huevos; una botella a medio llenar de champagne San Francisco de las últimas fiestas navideñas; una botella de vino esperando una celebración que nunca llega; y brillando por su presencia: la mantequilla, la raja de limón medio seco y agua en cualquier envase de plástico.
No necesito abrir la refrigeradora de mis vecinos y amigos para saber que casi todos tienen más o menos lo mismo. Me pregunto si se trata solo de economía, claro está que esto ha influido bastante, pero tal vez antes comíamos más sano, más natural, consumíamos lo justo, no teníamos que estar acumulando cosas que no consumimos, cosas que además están llenas de conservantes que a la postre son la causa de tantas alergias. Supongo que también tiene un poco que ver eso. En todo caso, pienso que el contenido de una refrigeradora no necesariamente puede ser un indicador del bienestar integral de una persona o peor aún, de una familia.
Por ello, en medio de la crisis europea que golpea tan intensamente a España y a otros países, me pregunto si esto se reflejará en el contenido de la refrigeradora de las personas, y como me quedan algunas dudas sobre ello, esperaré la pronta respuesta de mi buen amigo.
Amigo mío, no tengas duda alguna de que una respuesta a la altura de tu pregunta, aunque nunca tan bien redactada, divertida, y con tanta carga de verdad como tus líneas, llegará pronto. No me lo había planteado hasta ahora, pero cierto o no, antes de revisar la teoría sobre la relación directa entre lo que almacenas en frío y tu situación económica, como buen investigador, que lo soy, voy a realizar una inspección "in situ" del contenido de las "refris" de algunos conocidos con situaciones económicas diversas. Obviamente que sobre lo que hay en la mía tambíen hablaré.
ResponderEliminarUn abrazo enorme y como no podría ser de otra manera, FELICITACIONES!!
Que agudeza para describir el “síndrome de la refrigeradora vacía”, una realidad palpable en el tiempo, muy cierta y tan válida como "el sindrome del baño", pues el lugar para desechar nuestras excretas define directamente la condición socioeconómica de una persona..........te felicito por yu intuición de la relidad peruana.
ResponderEliminarArquímedes
Iquitos-Perú
essalud