viernes, 24 de mayo de 2013

Aquellos viejos bares


Las dos últimas son mías

En la esquina de las calles Fanning y 9 de diciembre, existió durante casi tres décadas un bar bodega sin nombre, el dueño del lugar era “el aprista”, en ese lugar comenzó mi romance con el trago de una forma inocente: comiendo lonjas de huito maceradas en abundante aguardiente. Recuerdo las grandes borracheras que allí armaban los adultos después de jugar futbol los fines de semana y los juegos de cacho y naipes que todas las tardes se disputaban en ese lugar.

Creo no exagerar al afirmar que en aquellos años casi todas las calles tenían un bar o un bar bodega, categoría última que podría considerarse en extinción, ya que apenas un puñado de ellas han resistido el paso de los años de muy mala manera. He aquí una breve descripción de diez de los bares a los que tuve oportunidad de conocer desde dentro.

Bar bodega “Trabaja y no envidies”

Un sobreviviente a nuestra época, un bar bodega en el que no había prisa por cerrar la puerta, ni de la congeladora, menos de la calle. Era el refugio perfecto de los cerveceros incomprendidos, de aquellos que siempre chupaban al límite del bolsillo y de la madrugada. En mi época post colegial, anclé en más de una ocasión en aquel antro, y posteriormente, en la universitaria, hubo más de uno que me contó sus penas  (o a la inversa) en sus pétreas mesas. La ventaja de ser mitad bar y mitad bodega, era que una vez sazonados, el piqueo de atún en conserva con harta cebolla y ají charapita, no se hacía esperar.

Bar “El Barquito”

Embarcarte en este navío era toda una aventura, el diseño exterior e interior de este bar recordaba parcialmente la cabina de mando de una nave de la época del caucho. Sobresalían en su escaparate gigantescas botellas de vidrio, que en su interior guardaban con celo, el vital elemento embriagador: la cachaza. Para los amateurs destacaban los preparados “dulces” de camu – camu, cocona o huito; para los experimentados estaba el ajengibre, el siete raíces o el chuchuhuasi; y para los veteranos curtidos en mil embriagantes y oníricas batallas: el trago blanco. La cerveza era casi un elemento indecoroso en las mesas de “El Barquito”.

Bar “Quique”

Uno de los bares más emblemáticos de Iquitos a finales del siglo pasado fue el bar “Quique”, sus inicios datan de los años 70, y aunque estuvo a punto de desaparecer en los 90, fue recuperado por sus dueños y reubicado por disposiciones municipales, ya que estaba en el extremo de una esquina cortada en cuchilla que iba paralela a la av. Quiñones, frente a la plaza Bolognesi, ubicación que era potencialmente peligrosa debido al tráfico vehicular de la zona. Esta reubicación le resto algo de personalidad al bar. Mi padre, en sus años mozos, fue sacado a rastras de este bar en más de una ocasión. La alteración de su espacio hizo que - por lo menos ante mis ojos – perdiera parte de su encanto.

Bar “La Rockola”

Este bar, ubicado en pleno centro de la ciudad, exactamente frente a la plaza 28 de julio, estaba en plena vigencia hasta hace un par de años, su sello particular era la presencia de una rockola en funcionamiento, la misma que por la módica suma de un nuevo sol, te permitía seleccionar un añejo tema de Iglesias, Sesto o Perales. Fue en ese bar que seduje (sin éxito) a quien ahora es mi esposa. Hace poco, la Rockola sucumbió a una buena oferta económica para transformarlo en un moderno e impersonal snack.

Bar “La Frontera”

Un bar con el sello distintivo de servir cerveza en enormes vasos de vidrio de medio litro, al estilo chopp, era un bar para aquellos que buscaban distinguirse de los demás, la música que emitían los parlantes era seleccionada, el DJ intercalaba con singular maestría un tema de Niche, Andy Gibb o Bon Jovi. Este bar también se especializaba en la preparación de ciertos tragos como “Singapur” o “Naranja Mecánica”, pensando en las billeteras menos afortunadas o los paladares más aventureros.

Bar “El Inti”

Fue quizá uno de los bares más mediáticos de una década en especial, en “El Inti” era común encontrar parroquianos de diferentes generaciones, sobresalía su horroroso diseño de almacén y un enorme repertorio de casetes que incluía a los máximos representantes del bolero, la balada, los pasillos y los vallenatos.

Su principal virtud: ser un bar de “hamaca” o amanecida, siempre dispuesto a atender a todo aquel insatisfecho parroquiano que era expectorado de las apoteósicas fiestas sociales que se organizaban en el Agricobank, la Furia Charapa o el Complejo del CNI en los dorados años 90. Puso el sello de “abierto las 24 horas del día”.

Bar “El Chupódromo”

La gracia de esta cantina nunca obedeció a lo especial de su atmósfera, tampoco a la existencia de un trato diferencial hacia los clientes, menos a lo innovador de su diseño, su distintivo era la venta de cerveza a precio de mayorista. Tal vez el plus adicional que brindó este bar, fue la posibilidad de libar en la vereda e incluso en la calle, fea costumbre que el dueño del local incentivó, al mandar construir pequeñas sillas especialmente diseñadas para tal acto. Recordemos que al loretano solo hay una cosa que le gusta más que chupar: ver que otros lo observen chupando.

Chucho’s Bar

Quizá fue el pionero en bares de su tipo, pensada en una clientela joven, escolar, post escolar o universitaria, Chucho’s fue en los pocos años que funcionó, a inicios de los 90, el bar de los colegiales, de los que nos emborrachábamos con la propina que los papis nos entregaban los fines de semana, el bar de la sazonada previa para iniciar la parranda obligada después de una semana de clases y reproches estudiantiles en casa. Su existencia fue efímera pero intensa.

Bar “El Palo Alto”

La especialidad de la casa: las bebidas espirituosas, célebre por contar en su carta con el popular “balazo” que no era más que una buena copa de aguardiente o cachaza en su estado original. Fue el refugio casi obligado de estudiantes universitarios de la UNAP con la garganta áspera y el bolsillo endeble. Aquí también sucumbimos en más de una ocasión a los encantos de una “camuchita” o un “coconachado”.

Bar “El Refugio”

Tal vez el más reconocido de los bares de Iquitos, ha sido protagonista de numerosos artículos para revistas, periódicos e incluso documentales, la razón es simple, el bar es identificado como el lugar ideal para los infieles, para aquellos que buscan mantener a sus amores prohibidos lejos de miradas escrutadoras. Ubicado estratégicamente en la curva de Moronacocha, este bar posee un decorado caracterizado por la abundancia de luces de neón, letreros y dibujos de colores fosforescentes que saturan las paredes, lo que ayuda a distorsionar la realidad y establece la atmósfera previa ideal, para el posterior desborde de pasión y lujuria ausente en casa.

En este top ten, he incluido aquellos lugares que marcaron una época en particular, paralela a mi propia historia. Seguro algunos incluirían en su lista al “Polibrisas”, “Musmuqui”, “Tip Top”, “Arandú”, “As de Copas”, “Nikoro”, al bar “Rosita” o a otra cantina, basado en su experiencia personal. El tema es amplio y las preferencias son discutibles por donde se mire, no obstante, los invito a extender la discusión en una mesa, al fin y al cabo, dicen que recordar es volver a vivir, y si es en un bar, cuanto mejor.

martes, 21 de mayo de 2013

El enmascarado y la cabeza de chancho


…cuando me buscan nunca estoy

cuando me encuentran yo no soy…

 

Fragmento de Desaparecido - Manu Chao

En enero del año 1991 viajé a Pucallpa a pasar vacaciones junto a mi padre, en esa ciudad solo estuve un par de semanas ya que luego enrumbamos a Lima donde transcurrió el grueso de mi descanso escolar. Lo vivido en Lima en ese verano lo recuerdo vagamente, sin embargo, en la tierra colorada hubo un suceso en particular que aún en la actualidad me causa cierto sinsabor, es precisamente esa historia la que detallaré a continuación.

En aquel entonces Pucallpa aún estaba convulsionada por el terrorismo, eran frescas las historias de asesinatos sistemáticos por parte de las hordas senderistas y en especial de las emerretistas. Los cadáveres amanecían en cualquier zanja, desagüe o terreno baldío de los pueblos jóvenes de la ciudad. La casa de mi padre se ubicaba en el pueblo joven 9 de Octubre, exactamente frente al colegio agropecuario, en cuyo frontis aún podían leerse arengas escarlatas apoyando la guerra popular.

En esa época nació la leyenda urbana que hablaba del éxodo de homosexuales, delincuentes y prostitutas, quienes desesperados ante la amenaza de ser “ajusticiados” por su condición de lacra social -  según la ideología terrorista - atiborraban las motonaves fluviales con destino a Iquitos.

El protagonista de este relato era el cuñado de mi padre, tenía el mismo nombre de una de las máximas estrellas de la lucha libre mexicana, famoso por usar una máscara de plata en cada una de sus presentaciones. Por ello, lo nombraré como el “enmascarado”.

El enmascarado era un hombre de campo, la chacra y el monte eran su centro de trabajo, cada cuatro o cinco días llegaba a la casa de mi padre con fardos de carne del monte e inmensos racimos de plátano, una parte era destinada a la cocina y el resto lo comercializaba en un mercadillo cercano. Era muy joven, todavía no cumplía los treinta años; su piel quemada por el sol, dejaba atisbos para suponer que alguna vez había sido trigueña; su cuerpo macizo y el porte militar hacían presumir que había servido en las fuerzas armadas; su estatura superaba ampliamente la talla promedio del hombre amazónico e invariablemente llevaba las botas de jebe salpicadas de barro. Casi nunca estaba malhumorado, saludaba afectuosamente a todos y siempre tenía muy buenas historias que narrar.

En una ocasión, el enmascarado llegó a la casa con un puercoespín (localmente llamado cashacuchillo) que había sido arrollado por un camión en la carretera Federico Basadre, se lo dio a su madre, que era la “jefa” de la cocina y le pidió que le preparara un platillo especial para el almuerzo. Sin embargo, ni él, ni mi padre llegaron a tiempo para la comida, mi padre debido a un embotellamiento, y el enmascarado por razones desconocidas. Mi progenitor llegó a eso de las cinco de la tarde con un apetito atroz. A esa hora me encontraba en el comedor y fui testigo del tremendo susto que se llevó, al retirar el plato que cubría el potaje que no era el suyo.

-          ¿Junior, qué es esta cojudez?, ¿cómo van a darme de comer este animal? Es un mono mutante…

-          Primero, ese plato no es tuyo, y segundo, no es mono, es un cashacuchillo – respondió la madre del enmascarado.

Aquel día, en el crepúsculo, mi padre me miró fijamente y pronunció de forma solemne una de las frases que más recuerdo de él, “hijo, el almuerzo de hoy fue un completo fracaso”, después de eso, se fue a dormir la mona.

El enmascarado llegó a la hora de la cena. Después de escuchar el relato acerca de la confusión de platos, solo sonrió y dijo “tu padre no sabe lo que se pierde”, luego me relató su vida en la selva; me habló sobre política; sobre los muertos en las calles; sobre el terror que cubría la ciudad; sobre su esposa y sus dos hijitas. Yo le conté algo acerca de mis exiguos 14 años, y reímos y charlamos amigablemente junto a su madre hasta pasada la medianoche.

Al despedirnos, pues yo viajaba a Lima al día siguiente, no imaginé que nunca más volvería a ver al enmascarado. Simplemente desapareció, como si la tierra (o la selva) se lo hubiera tragado. Primero pensaron que había huido con alguna mujer y mantuvieron esta hipótesis por varias semanas. Posteriormente, los familiares visitaron los lugares que había frecuentado y conversaron con las personas que lo habían visto antes de desaparecer, así llegaron a la conclusión de que el enmascarado no huyó por cuestiones pasionales. Aparentemente, una vez en su chacra, había sacrificado uno de los chanchos que criaba, lo destazó con apoyo de unos vecinos, llenó un cesto de fibra de aguaje con la carne del porcino, lo cubrió con hojas de guineo y una vez sujeta convenientemente con una pretina, se dispuso a visitar los poblados cercanos para vender la carne, finalmente solo se quedó con la cabeza del animal. Es en este punto, donde las versiones se contradicen enigmáticamente.

El enmascarado, según diferentes testigos, había sido visto un martes en una localidad ubicada a 15 minutos de su chacra, ofreciendo la cabeza de chancho; al siguiente domingo la estaba ofertando en un pueblo ubicado a cinco horas de la chacra; al siguiente mes lo habían visto cerca de Tingo María, siempre con la cabeza de chancho de por medio. Era evidente que, tanto espacial como temporalmente, esto no tenía ningún sentido, pero eran las versiones de los testigos que aseguraban tales hechos.

Cuando regresamos a Pucallpa a fines de marzo, el enmascarado seguía desaparecido y fue allí que comenzó a circular la siguiente versión: el enmascarado era en realidad un mando político o militar del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru – MRTA, por lo tanto, era probable que hubiera muerto en alguno de los muchos enfrentamientos que se daban entre los terroristas y las fuerzas armadas. La cabeza de chancho era interpretado por mi padre como una consigna que los propios mandos terroristas implantaron para despistar a la familia o a la policía, quienes en su afán de obtener información para localizar al enmascarado, podrían agenciarse de datos que comprometieran las operaciones del MRTA en la zona.

Lo cierto es que el cuerpo del enmascarado nunca fue encontrado y su familia tuvo que vivir con el estigma del padre asesinado por terrorista, lo que, valgan verdades, nunca fue probado. Varios años después, volví a preguntar sobre el tema, y me contestaron que la historia nunca cambió, la gente que aseguraba haberlo visto respondía cosas como: “en fiestas patrias vi al enmascarado por Atalaya, cargando una cabeza de chancho” o “en la segunda quincena de diciembre estuvo en Aguaytía, ofreciendo a buen precio una gran cabeza de chancho”.

En algún lugar de Pucallpa, la tierra colorada, el cuerpo del enmascarado aún espera ser encontrado.

 

jueves, 16 de mayo de 2013

Una noche en el Arco Iris


El día que leí que el alcohol era malo para la salud…dejé de leer

Jim Morrison

Una vez concluido los estudios secundarios, me tuve que enfrentar a la encrucijada de la educación superior, en ese entonces no había pensado en la universidad de forma seria, pues mis intereses me empujaban hacia otras direcciones. En búsqueda de un brillante porvenir me inscribí en el Instituto “Reyna de Latinoamérica”, escogí la carrera de computación e informática en el horario nocturno y armado de un disquete de 3 ½ “ inicié lo que fue una de mis experiencias académicas más frustrantes.

A lo largo de los siguientes cuatro meses, acepté casi con beneplácito que el director/dueño del instituto, me timara junto a más de una centena de jóvenes que esperábamos una educación de calidad a un precio justo, cosa que nunca ocurrió.

Pero este fracaso no fue competencia única del instituto, yo tenía mi cuota de responsabilidad ya que para esta aventura escogí a mi compinche de barrio, el “gringo” Roy, como compañero de aulas. Pretender estudiar junto con él fue un craso error. Con el gringo podía hacer de todo, menos estudiar. Apenas se dio inicio a la primera semana de clases, formamos un grupo de amigos cuyo denominador común era tener una gran disposición para el jolgorio.

Cualquier pretexto era bueno para encaminarnos hasta un bar ubicado en la esquina de las calles Brasil y Huallaga. Todos los que compartíamos la mesa proveníamos de familias humildes, la cerveza era solo el preludio del posterior consumo de licores baratos y finalmente, de trago corto.

Siempre andábamos en busca de nuevos huequitos. La ausencia de un docente o una clase aburrida era la justificación perfecta para perdernos un par de horas y asistir desvergonzadamente borrachos a la última clase de la noche, solo para incomodar al profesor y a nuestros aplicados compañeros.

En una ocasión en la que llegué tarde a una clase, me encontré con la cuadrilla de vagos esperándome para ir a un nuevo antro que había descubierto un bizarro compañero, de apelativo Barnes. El sitio se ubicaba “antes” de la primera cuadra de la calle Brasil, descendiendo el barranco. El lugar era una zona paupérrima que se extendía como un apéndice del barrio de Belén, frecuentada por ladronzuelos y adictos, muchos de ellos deambulaban sin camisetas, mostrando las numerosas cicatrices y tatuajes que revelaban un pasado carcelario.

A pesar de este tenebroso entorno, igual nos adentramos en ese barrio en búsqueda del bar, el mismo que era una tragoteca de mala muerte, cuya estructura de madera y triplay parecía a punto de sucumbir al menor respiro. Además del olor a trago impregnado en el ambiente, sobresalía un desvencijado estante donde se lucían dos tarros de leche y tres latas de grated de atún. De un clavo colgaba una bolsa de pan a medio llenar.

-          ¡Bienvenidos al “Arco Iris”! – exclamó Barnes.

-          ¡Una menta! – volvió a rugir nuestro compañero, y una octogenaria mesera apareció tras una cortina hecha de escamas de paiche, trasladando en una botella de vidrio transparente, 750 ml de cachaza color verde esperanza, haciendo competencia al absenta europeo.

-          Vamos a pintar nuestras tripas – comento el gringo, y acto seguido brindó con un vaso a medio llenar. La botella se vació en menos de 15 minutos.

-          ¡Una naranja! – resonó en el ambiente.

-          ¡Una fresa! – se escuchó media hora después.

Y así, de a pocos, fuimos consumiendo litros de cachaza mezcladas con una amplia gama de colorantes artificiales para jarabes, gelatinas, tortas, helados, chupetes, y quién sabe, para telas. Estaba de más preguntar por qué el lugar se llamaba “Arco Iris”.
Dos horas después, la mesa era un hervidero de ideas y conclusiones contundentes sobre el destino de la región, el país y el mundo.

-          ¡Una pálida! – gritó Barnes, y casi de inmediato surgió ante mis ojos una botella con trago color amarillo fosforescente, que se acabó en tiempo récord.

-          ¡Una leche! – confundidos, pensamos que en un arranque de estupidez, Barnes se había propuesto desafiar a su estómago consumiendo el lácteo producto, pero nos equivocamos, se trataba de una botella de leche de monja, pero en su versión más light, ya que el 99% era aguardiente.

Pasada la media noche todos estábamos borrachos, hablando al unísono de fútbol, política y religión, por un lado; de mujeres y desengaños, por el otro. En medio de este clímax, fuimos testigos de la última presentación de la jornada, y quien mejor que Barnes para hacer los honores.

-          ¡Un cielo! – escupió ambas palabras, tal era su grado de embriaguez

La anciana apareció con aire majestuoso, trasladando una botella con el aguardiente teñido de un increíble color turquesa. En el límite cercano a la pérdida total de la conciencia, Barnes se puso en pie a duras penas, tambaleante cogió un vaso, lo llenó del alienígeno trago y dirigiéndose a la anciana le dijo:

-          Vejez, un pan…tráeme un pan, el más grande…

La obediente mujer le trajo lo solicitado y acto seguido, de la misma forma en la que Jesús partió el pan y se los dio a sus discípulos, Barnes partió el pan, lo sumergió en el pequeño mar caribe de su vaso y sin mediar explicación alguna, se lo tragó.

Maravillado ante tal espectáculo, cerré los ojos y de inmediato caí en un espiral de recuerdos difusos.