Las dos últimas son mías
En la esquina de
las calles Fanning y 9 de diciembre, existió durante casi tres décadas un bar
bodega sin nombre, el dueño del lugar era “el aprista”, en ese lugar comenzó mi
romance con el trago de una forma inocente: comiendo lonjas de huito maceradas
en abundante aguardiente. Recuerdo las grandes borracheras que allí armaban los
adultos después de jugar futbol los fines de semana y los juegos de
cacho y naipes que todas las tardes se disputaban en ese
lugar.
Creo no exagerar
al afirmar que en aquellos años casi todas las calles tenían un bar o un bar
bodega, categoría última que podría considerarse en extinción, ya que apenas un puñado
de ellas han resistido el paso de los años de muy mala manera. He aquí una breve
descripción de diez de los bares a los
que tuve oportunidad de conocer desde dentro.
Bar bodega “Trabaja y no
envidies”
Un sobreviviente
a nuestra época, un bar bodega en el que no había prisa por cerrar la puerta,
ni de la congeladora, menos de la calle. Era el refugio perfecto de los cerveceros
incomprendidos, de aquellos que siempre chupaban al límite del bolsillo y de la
madrugada. En mi época post colegial, anclé en más de una ocasión en aquel
antro, y posteriormente, en la universitaria, hubo más de uno que me contó sus
penas (o a la inversa) en sus pétreas
mesas. La ventaja de ser mitad bar y mitad bodega, era que una vez sazonados,
el piqueo de atún en conserva con harta cebolla y ají charapita, no se hacía
esperar.
Bar “El Barquito”
Embarcarte en
este navío era toda una aventura, el diseño exterior e interior de este bar
recordaba parcialmente la cabina de mando de una nave de la época del caucho.
Sobresalían en su escaparate gigantescas botellas de vidrio, que en su interior
guardaban con celo, el vital elemento embriagador: la cachaza. Para los
amateurs destacaban los preparados “dulces” de camu – camu, cocona o huito;
para los experimentados estaba el ajengibre, el siete raíces o el chuchuhuasi;
y para los veteranos curtidos en mil embriagantes y oníricas batallas: el trago
blanco. La cerveza era casi un elemento indecoroso en las mesas de “El
Barquito”.
Bar “Quique”
Uno de los bares
más emblemáticos de Iquitos a finales del siglo pasado fue el bar “Quique”, sus
inicios datan de los años 70, y aunque estuvo a punto de desaparecer en los 90,
fue recuperado por sus dueños y reubicado por disposiciones municipales, ya que
estaba en el extremo de una esquina cortada en cuchilla que iba paralela a la
av. Quiñones, frente a la plaza Bolognesi, ubicación que era potencialmente
peligrosa debido al tráfico vehicular de la zona. Esta reubicación le resto algo
de personalidad al bar. Mi padre, en sus años mozos, fue sacado a
rastras de este bar en más de una ocasión. La alteración de su espacio hizo que
- por lo menos ante mis ojos – perdiera parte de su encanto.
Bar “La Rockola”
Este bar, ubicado
en pleno centro de la ciudad, exactamente frente a la plaza 28 de julio, estaba
en plena vigencia hasta hace un par de años, su sello particular era la
presencia de una rockola en funcionamiento, la misma que por la módica suma de
un nuevo sol, te permitía seleccionar un añejo tema de Iglesias, Sesto o
Perales. Fue en ese bar que seduje (sin éxito) a quien ahora es mi esposa. Hace
poco, la Rockola sucumbió a una buena oferta económica para transformarlo en un
moderno e impersonal snack.
Bar “La Frontera”
Un bar con el
sello distintivo de servir cerveza en enormes vasos de vidrio de medio litro,
al estilo chopp, era un bar para aquellos que buscaban distinguirse de los demás,
la música que emitían los parlantes era seleccionada, el DJ intercalaba con
singular maestría un tema de Niche, Andy Gibb o Bon Jovi. Este bar también se
especializaba en la preparación de ciertos tragos como “Singapur” o “Naranja
Mecánica”, pensando en las billeteras menos afortunadas o los paladares más
aventureros.
Bar “El Inti”
Fue quizá uno de
los bares más mediáticos de una década en especial, en “El Inti” era común
encontrar parroquianos de diferentes generaciones, sobresalía su horroroso
diseño de almacén y un enorme repertorio de casetes que incluía a los máximos
representantes del bolero, la balada, los pasillos y los vallenatos.
Su principal
virtud: ser un bar de “hamaca” o amanecida, siempre dispuesto a atender a todo aquel
insatisfecho parroquiano que era expectorado de las apoteósicas fiestas
sociales que se organizaban en el Agricobank, la Furia Charapa o el Complejo del
CNI en los dorados años 90. Puso el sello de “abierto las 24 horas del día”.
Bar “El Chupódromo”
La gracia de esta
cantina nunca obedeció a lo especial de su atmósfera, tampoco a la existencia
de un trato diferencial hacia los clientes, menos a lo innovador de su diseño,
su distintivo era la venta de cerveza a precio de mayorista.
Tal vez el plus adicional que brindó este bar, fue la posibilidad de libar en
la vereda e incluso en la calle, fea costumbre que el dueño del local incentivó,
al mandar construir pequeñas sillas especialmente diseñadas para tal acto.
Recordemos que al loretano solo hay una cosa que le gusta más que chupar: ver
que otros lo observen chupando.
Chucho’s Bar
Quizá fue el pionero
en bares de su tipo, pensada en una clientela joven, escolar, post escolar o
universitaria, Chucho’s fue en los pocos años que funcionó, a inicios de los
90, el bar de los colegiales, de los que nos emborrachábamos con la propina que
los papis nos entregaban los fines de semana, el bar de la sazonada previa para
iniciar la parranda obligada después de una semana de clases y reproches
estudiantiles en casa. Su existencia fue efímera pero intensa.
Bar “El Palo Alto”
La especialidad
de la casa: las bebidas espirituosas, célebre por contar en su carta con el
popular “balazo” que no era más que una buena copa de aguardiente o cachaza en
su estado original. Fue el refugio casi obligado de estudiantes universitarios de
la UNAP con la garganta áspera y el bolsillo endeble. Aquí también sucumbimos en
más de una ocasión a los encantos de una “camuchita” o un “coconachado”.
Bar “El Refugio”
Tal vez el más
reconocido de los bares de Iquitos, ha sido protagonista de numerosos artículos
para revistas, periódicos e incluso documentales, la razón es simple, el bar es
identificado como el lugar ideal para los infieles, para aquellos que buscan
mantener a sus amores prohibidos lejos de miradas escrutadoras. Ubicado
estratégicamente en la curva de Moronacocha, este bar posee un decorado
caracterizado por la abundancia de luces de neón, letreros y dibujos de colores
fosforescentes que saturan las paredes, lo que ayuda a distorsionar la realidad
y establece la atmósfera previa ideal, para el posterior desborde de pasión y
lujuria ausente en casa.
En este top ten, he incluido aquellos lugares que
marcaron una época en particular, paralela a mi propia historia. Seguro algunos
incluirían en su lista al “Polibrisas”, “Musmuqui”, “Tip Top”, “Arandú”,
“As de Copas”, “Nikoro”, al bar “Rosita” o a otra cantina,
basado en su experiencia personal. El tema es amplio y las preferencias son discutibles
por donde se mire, no obstante, los invito a extender la discusión en una mesa,
al fin y al cabo, dicen que recordar es
volver a vivir, y si es en un bar, cuanto mejor.
