martes, 21 de mayo de 2013

El enmascarado y la cabeza de chancho


…cuando me buscan nunca estoy

cuando me encuentran yo no soy…

 

Fragmento de Desaparecido - Manu Chao

En enero del año 1991 viajé a Pucallpa a pasar vacaciones junto a mi padre, en esa ciudad solo estuve un par de semanas ya que luego enrumbamos a Lima donde transcurrió el grueso de mi descanso escolar. Lo vivido en Lima en ese verano lo recuerdo vagamente, sin embargo, en la tierra colorada hubo un suceso en particular que aún en la actualidad me causa cierto sinsabor, es precisamente esa historia la que detallaré a continuación.

En aquel entonces Pucallpa aún estaba convulsionada por el terrorismo, eran frescas las historias de asesinatos sistemáticos por parte de las hordas senderistas y en especial de las emerretistas. Los cadáveres amanecían en cualquier zanja, desagüe o terreno baldío de los pueblos jóvenes de la ciudad. La casa de mi padre se ubicaba en el pueblo joven 9 de Octubre, exactamente frente al colegio agropecuario, en cuyo frontis aún podían leerse arengas escarlatas apoyando la guerra popular.

En esa época nació la leyenda urbana que hablaba del éxodo de homosexuales, delincuentes y prostitutas, quienes desesperados ante la amenaza de ser “ajusticiados” por su condición de lacra social -  según la ideología terrorista - atiborraban las motonaves fluviales con destino a Iquitos.

El protagonista de este relato era el cuñado de mi padre, tenía el mismo nombre de una de las máximas estrellas de la lucha libre mexicana, famoso por usar una máscara de plata en cada una de sus presentaciones. Por ello, lo nombraré como el “enmascarado”.

El enmascarado era un hombre de campo, la chacra y el monte eran su centro de trabajo, cada cuatro o cinco días llegaba a la casa de mi padre con fardos de carne del monte e inmensos racimos de plátano, una parte era destinada a la cocina y el resto lo comercializaba en un mercadillo cercano. Era muy joven, todavía no cumplía los treinta años; su piel quemada por el sol, dejaba atisbos para suponer que alguna vez había sido trigueña; su cuerpo macizo y el porte militar hacían presumir que había servido en las fuerzas armadas; su estatura superaba ampliamente la talla promedio del hombre amazónico e invariablemente llevaba las botas de jebe salpicadas de barro. Casi nunca estaba malhumorado, saludaba afectuosamente a todos y siempre tenía muy buenas historias que narrar.

En una ocasión, el enmascarado llegó a la casa con un puercoespín (localmente llamado cashacuchillo) que había sido arrollado por un camión en la carretera Federico Basadre, se lo dio a su madre, que era la “jefa” de la cocina y le pidió que le preparara un platillo especial para el almuerzo. Sin embargo, ni él, ni mi padre llegaron a tiempo para la comida, mi padre debido a un embotellamiento, y el enmascarado por razones desconocidas. Mi progenitor llegó a eso de las cinco de la tarde con un apetito atroz. A esa hora me encontraba en el comedor y fui testigo del tremendo susto que se llevó, al retirar el plato que cubría el potaje que no era el suyo.

-          ¿Junior, qué es esta cojudez?, ¿cómo van a darme de comer este animal? Es un mono mutante…

-          Primero, ese plato no es tuyo, y segundo, no es mono, es un cashacuchillo – respondió la madre del enmascarado.

Aquel día, en el crepúsculo, mi padre me miró fijamente y pronunció de forma solemne una de las frases que más recuerdo de él, “hijo, el almuerzo de hoy fue un completo fracaso”, después de eso, se fue a dormir la mona.

El enmascarado llegó a la hora de la cena. Después de escuchar el relato acerca de la confusión de platos, solo sonrió y dijo “tu padre no sabe lo que se pierde”, luego me relató su vida en la selva; me habló sobre política; sobre los muertos en las calles; sobre el terror que cubría la ciudad; sobre su esposa y sus dos hijitas. Yo le conté algo acerca de mis exiguos 14 años, y reímos y charlamos amigablemente junto a su madre hasta pasada la medianoche.

Al despedirnos, pues yo viajaba a Lima al día siguiente, no imaginé que nunca más volvería a ver al enmascarado. Simplemente desapareció, como si la tierra (o la selva) se lo hubiera tragado. Primero pensaron que había huido con alguna mujer y mantuvieron esta hipótesis por varias semanas. Posteriormente, los familiares visitaron los lugares que había frecuentado y conversaron con las personas que lo habían visto antes de desaparecer, así llegaron a la conclusión de que el enmascarado no huyó por cuestiones pasionales. Aparentemente, una vez en su chacra, había sacrificado uno de los chanchos que criaba, lo destazó con apoyo de unos vecinos, llenó un cesto de fibra de aguaje con la carne del porcino, lo cubrió con hojas de guineo y una vez sujeta convenientemente con una pretina, se dispuso a visitar los poblados cercanos para vender la carne, finalmente solo se quedó con la cabeza del animal. Es en este punto, donde las versiones se contradicen enigmáticamente.

El enmascarado, según diferentes testigos, había sido visto un martes en una localidad ubicada a 15 minutos de su chacra, ofreciendo la cabeza de chancho; al siguiente domingo la estaba ofertando en un pueblo ubicado a cinco horas de la chacra; al siguiente mes lo habían visto cerca de Tingo María, siempre con la cabeza de chancho de por medio. Era evidente que, tanto espacial como temporalmente, esto no tenía ningún sentido, pero eran las versiones de los testigos que aseguraban tales hechos.

Cuando regresamos a Pucallpa a fines de marzo, el enmascarado seguía desaparecido y fue allí que comenzó a circular la siguiente versión: el enmascarado era en realidad un mando político o militar del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru – MRTA, por lo tanto, era probable que hubiera muerto en alguno de los muchos enfrentamientos que se daban entre los terroristas y las fuerzas armadas. La cabeza de chancho era interpretado por mi padre como una consigna que los propios mandos terroristas implantaron para despistar a la familia o a la policía, quienes en su afán de obtener información para localizar al enmascarado, podrían agenciarse de datos que comprometieran las operaciones del MRTA en la zona.

Lo cierto es que el cuerpo del enmascarado nunca fue encontrado y su familia tuvo que vivir con el estigma del padre asesinado por terrorista, lo que, valgan verdades, nunca fue probado. Varios años después, volví a preguntar sobre el tema, y me contestaron que la historia nunca cambió, la gente que aseguraba haberlo visto respondía cosas como: “en fiestas patrias vi al enmascarado por Atalaya, cargando una cabeza de chancho” o “en la segunda quincena de diciembre estuvo en Aguaytía, ofreciendo a buen precio una gran cabeza de chancho”.

En algún lugar de Pucallpa, la tierra colorada, el cuerpo del enmascarado aún espera ser encontrado.

 

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