…cuando me buscan nunca
estoy
cuando me encuentran yo no
soy…
Fragmento de Desaparecido - Manu Chao
En enero del año
1991 viajé a Pucallpa a pasar vacaciones junto a mi padre, en esa ciudad solo
estuve un par de semanas ya que luego enrumbamos a Lima donde transcurrió el
grueso de mi descanso escolar. Lo vivido en Lima en ese verano lo recuerdo
vagamente, sin embargo, en la tierra colorada hubo un suceso en particular que
aún en la actualidad me causa cierto sinsabor, es precisamente esa historia la
que detallaré a continuación.
En aquel entonces
Pucallpa aún estaba convulsionada por el terrorismo, eran frescas las historias
de asesinatos sistemáticos por parte de las hordas senderistas y en especial de
las emerretistas. Los cadáveres amanecían en cualquier zanja, desagüe o terreno
baldío de los pueblos jóvenes de la ciudad. La casa de mi padre se ubicaba en
el pueblo joven 9 de Octubre, exactamente frente al colegio agropecuario, en
cuyo frontis aún podían leerse arengas escarlatas apoyando la guerra popular.
En esa época
nació la leyenda urbana que hablaba del éxodo de homosexuales, delincuentes y
prostitutas, quienes desesperados ante la amenaza de ser “ajusticiados” por su
condición de lacra social - según la
ideología terrorista - atiborraban las motonaves fluviales con destino a
Iquitos.
El protagonista
de este relato era el cuñado de mi padre, tenía el mismo nombre de una de las
máximas estrellas de la lucha libre mexicana, famoso por usar una máscara de
plata en cada una de sus presentaciones. Por ello, lo nombraré como el
“enmascarado”.
El enmascarado
era un hombre de campo, la chacra y el monte eran su centro de trabajo, cada cuatro
o cinco días llegaba a la casa de mi padre con fardos de carne del monte e
inmensos racimos de plátano, una parte era destinada a la cocina y el resto lo
comercializaba en un mercadillo cercano. Era muy joven, todavía no cumplía los
treinta años; su piel quemada por el sol, dejaba atisbos para suponer que
alguna vez había sido trigueña; su cuerpo macizo y el porte militar hacían
presumir que había servido en las fuerzas armadas; su estatura superaba ampliamente
la talla promedio del hombre amazónico e invariablemente llevaba las botas de
jebe salpicadas de barro. Casi nunca estaba malhumorado, saludaba
afectuosamente a todos y siempre tenía muy buenas historias que narrar.
En una ocasión,
el enmascarado llegó a la casa con un puercoespín (localmente llamado
cashacuchillo) que había sido arrollado por un camión en la carretera Federico
Basadre, se lo dio a su madre, que era la “jefa” de la cocina y le pidió que le
preparara un platillo especial para el almuerzo. Sin embargo, ni él, ni mi padre
llegaron a tiempo para la comida, mi padre debido a un embotellamiento, y el
enmascarado por razones desconocidas. Mi progenitor llegó a eso de las cinco de
la tarde con un apetito atroz. A esa hora me encontraba en el comedor y fui
testigo del tremendo susto que se llevó, al retirar el plato que cubría el
potaje que no era el suyo.
-
¿Junior,
qué es esta cojudez?, ¿cómo van a darme de comer este animal? Es un mono mutante…
-
Primero,
ese plato no es tuyo, y segundo, no es mono, es un cashacuchillo – respondió la
madre del enmascarado.
Aquel día, en el crepúsculo,
mi padre me miró fijamente y pronunció de forma solemne una de las frases que
más recuerdo de él, “hijo, el almuerzo de hoy fue un completo fracaso”, después
de eso, se fue a dormir la mona.
El enmascarado
llegó a la hora de la cena. Después de escuchar el relato acerca de la
confusión de platos, solo sonrió y dijo “tu padre no sabe lo que se pierde”, luego me relató su vida en la selva; me habló sobre política; sobre los muertos
en las calles; sobre el terror que cubría la ciudad; sobre su esposa y sus dos
hijitas. Yo le conté algo acerca de mis exiguos 14 años, y reímos y charlamos
amigablemente junto a su madre hasta pasada la medianoche.
Al despedirnos, pues
yo viajaba a Lima al día siguiente, no imaginé que nunca más volvería a ver al
enmascarado. Simplemente desapareció, como si la tierra (o la selva) se lo
hubiera tragado. Primero pensaron que había huido con alguna mujer y mantuvieron
esta hipótesis por varias semanas. Posteriormente, los familiares visitaron los
lugares que había frecuentado y conversaron con las personas que lo habían visto
antes de desaparecer, así llegaron a la conclusión de que el enmascarado no huyó
por cuestiones pasionales. Aparentemente, una vez en su chacra, había
sacrificado uno de los chanchos que criaba, lo destazó con apoyo de unos
vecinos, llenó un cesto de fibra de aguaje con la carne del porcino, lo cubrió
con hojas de guineo y una vez sujeta convenientemente con una pretina, se
dispuso a visitar los poblados cercanos para vender la carne, finalmente solo se
quedó con la cabeza del animal. Es en este punto, donde las versiones se
contradicen enigmáticamente.
El enmascarado,
según diferentes testigos, había sido visto un martes en una localidad ubicada
a 15 minutos de su chacra, ofreciendo la cabeza de chancho; al siguiente domingo
la estaba ofertando en un pueblo ubicado a cinco horas de la chacra; al
siguiente mes lo habían visto cerca de Tingo María, siempre con la cabeza de
chancho de por medio. Era evidente que, tanto espacial como temporalmente, esto
no tenía ningún sentido, pero eran las versiones de los testigos que aseguraban
tales hechos.
Cuando regresamos
a Pucallpa a fines de marzo, el enmascarado seguía desaparecido y fue allí que
comenzó a circular la siguiente versión: el enmascarado era en realidad un
mando político o militar del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru – MRTA, por
lo tanto, era probable
que hubiera muerto en alguno de los muchos enfrentamientos que se daban
entre los terroristas y las fuerzas armadas. La cabeza de chancho era
interpretado por mi padre como una consigna que los propios mandos terroristas
implantaron para despistar a la familia o a la policía, quienes en su afán de obtener
información para localizar al enmascarado, podrían agenciarse de datos que
comprometieran las operaciones del MRTA en la zona.
Lo cierto es que
el cuerpo del enmascarado nunca fue encontrado y su familia tuvo que vivir con
el estigma del padre asesinado por terrorista, lo que, valgan verdades, nunca
fue probado. Varios años después, volví a preguntar sobre el tema,
y me contestaron que la historia nunca cambió, la gente que aseguraba haberlo
visto respondía cosas como: “en fiestas patrias vi al enmascarado por
Atalaya, cargando una cabeza de chancho” o “en la segunda quincena de diciembre estuvo
en Aguaytía, ofreciendo a buen precio una gran cabeza de chancho”.
En algún lugar de
Pucallpa, la tierra colorada, el cuerpo del enmascarado
aún espera ser encontrado.
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