El día que leí que el alcohol era malo para la salud…dejé de leer
Jim Morrison
Una vez concluido
los estudios secundarios, me tuve que enfrentar a la encrucijada de la
educación superior, en ese entonces no había pensado en la universidad de forma
seria, pues mis intereses me empujaban hacia otras direcciones. En búsqueda de
un brillante porvenir me inscribí en el Instituto “Reyna de Latinoamérica”,
escogí la carrera de computación e informática en el horario nocturno y armado
de un disquete de 3 ½ “ inicié lo que fue una de mis
experiencias académicas más frustrantes.
A lo largo de los
siguientes cuatro meses, acepté casi con beneplácito que el director/dueño del
instituto, me timara junto a más de una centena de jóvenes que esperábamos una
educación de calidad a un precio justo, cosa que nunca ocurrió.
Pero este fracaso
no fue competencia única del instituto, yo tenía mi cuota de responsabilidad
ya que para esta aventura escogí a mi compinche de barrio, el “gringo” Roy,
como compañero de aulas. Pretender estudiar junto con él fue un craso error.
Con el gringo podía hacer de todo, menos estudiar. Apenas se dio inicio a la primera
semana de clases, formamos un grupo de amigos cuyo denominador común era tener una
gran disposición para el jolgorio.
Cualquier
pretexto era bueno para encaminarnos hasta un bar ubicado en la esquina de las
calles Brasil y Huallaga. Todos los que compartíamos la mesa proveníamos de
familias humildes, la cerveza era solo el preludio del posterior consumo de
licores baratos y finalmente, de trago corto.
Siempre andábamos
en busca de nuevos huequitos. La ausencia de un docente o una clase aburrida
era la justificación perfecta para perdernos un par de horas y asistir
desvergonzadamente borrachos a la última clase de la noche, solo para incomodar
al profesor y a nuestros aplicados compañeros.
En una ocasión en
la que llegué tarde a una clase, me encontré con la cuadrilla de vagos esperándome
para ir a un nuevo antro que había descubierto un bizarro compañero, de apelativo
Barnes. El sitio se ubicaba “antes” de la primera cuadra de la calle Brasil, descendiendo
el barranco. El lugar era una zona paupérrima que se extendía como un apéndice
del barrio de Belén, frecuentada por ladronzuelos y adictos, muchos de ellos deambulaban
sin camisetas, mostrando las numerosas cicatrices y tatuajes que revelaban un
pasado carcelario.
A pesar de este tenebroso entorno,
igual nos adentramos en ese barrio en búsqueda del bar, el mismo que era una tragoteca de mala muerte, cuya
estructura de madera y triplay parecía a punto de sucumbir al menor respiro.
Además del olor a trago impregnado en el ambiente, sobresalía un desvencijado
estante donde se lucían dos tarros de leche y tres latas de grated de atún. De
un clavo colgaba una bolsa de pan a medio llenar.
-
¡Bienvenidos
al “Arco Iris”! – exclamó Barnes.
-
¡Una
menta! – volvió a rugir nuestro compañero, y una octogenaria mesera apareció tras
una cortina hecha de escamas de paiche, trasladando en una botella de vidrio transparente,
750 ml de cachaza color verde esperanza, haciendo competencia al absenta europeo.
-
Vamos
a pintar nuestras tripas – comento el gringo, y acto seguido brindó con un vaso
a medio llenar. La botella se vació en menos de 15 minutos.
-
¡Una
naranja! – resonó en el ambiente.
-
¡Una
fresa! – se escuchó media hora después.
Y así, de a
pocos, fuimos consumiendo litros de cachaza mezcladas con una amplia gama de colorantes artificiales para
jarabes, gelatinas, tortas, helados, chupetes, y quién sabe, para telas. Estaba
de más preguntar por qué el lugar se llamaba “Arco Iris”.
Dos horas
después, la mesa era un hervidero de ideas y conclusiones contundentes sobre el
destino de la región, el país y el mundo.
-
¡Una pálida!
– gritó Barnes, y casi de inmediato surgió ante mis ojos una botella con trago
color amarillo fosforescente, que se acabó en tiempo récord.
-
¡Una
leche! – confundidos, pensamos que en un arranque de estupidez, Barnes se había
propuesto desafiar a su estómago consumiendo el lácteo producto, pero nos
equivocamos, se trataba de una botella de leche de monja, pero en su versión
más light, ya que el 99% era aguardiente.
Pasada la media
noche todos estábamos borrachos, hablando al unísono de fútbol, política y
religión, por un lado; de mujeres y desengaños, por el otro. En medio de este
clímax, fuimos testigos de la última presentación de la jornada, y quien mejor
que Barnes para hacer los honores.
-
¡Un
cielo! – escupió ambas palabras, tal era su grado de embriaguez
La anciana
apareció con aire majestuoso, trasladando una botella con el aguardiente teñido
de un increíble color turquesa. En el límite cercano a la pérdida total de la conciencia,
Barnes se puso en pie a duras penas, tambaleante cogió un vaso, lo llenó del
alienígeno trago y dirigiéndose a la anciana le dijo:
-
Vejez,
un pan…tráeme un pan, el más grande…
La obediente
mujer le trajo lo solicitado y acto seguido, de la misma forma en la que Jesús
partió el pan y se los dio a sus discípulos, Barnes partió el pan, lo sumergió
en el pequeño mar caribe de su vaso y sin mediar explicación alguna, se lo
tragó.
Maravillado ante
tal espectáculo, cerré los ojos y de inmediato caí en un espiral de recuerdos
difusos.
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