martes, 3 de diciembre de 2013

Las carachamas y el concurso de glotones


Esta historia me la contaron mis amigos de la comunidad campesina Santa Cruz, en la feliz época que laboré en el río Tahuayo.

En una comunidad cercana al caño Yanayacu, en la cuenca del río Amazonas, los pobladores celebraban su aniversario con múltiples actividades, dentro de estas no podía faltar el campeonato de futbol masculino y femenino, el concurso de natación, el concurso de canotaje, y el concurso de glotones que se había convertido en uno de los más esperados y celebrados por los comuneros.

Durante varios años, este concurso había sido dominado por un joven de 26 años con más de 100 kilos de peso, conocido como “el alcalde”. Todos los glotones locales y foráneos que lo retaban, sucumbían ante su arrolladora destreza para engullir de golpe y en tiempo record, los bizcochos, los guineos, los huevos duros, las gaseosas y todo aquello que pusieran a su alcance durante el desafío.

Aquel año se decidió cambiar el formato del concurso para hacerlo más original, competitivo y divertido. En esa temporada, la pesca en la zona había sido excepcionalmente fructífera, y una de las especies más abundantes fue la carachama, en los rapisheos se contaban millares de estos peces prehistóricos.

Teniendo en cuenta esto, la comisión de juegos decidió por unanimidad, que el concurso de glotones tendría como plato principal (y único), a la carachama. Las bases indicaban que el triunfador sería aquel concursante que comiera un total de 30 carachamas cocinadas. Cuando se anunció por los altavoces las nuevas modificaciones del concurso, la población se sorprendió, pero aplaudieron el cambio. Los más jóvenes se preguntaban: ¿30 carachamas? Están locos, nunca van a terminar de comer; los experimentados los refutaban: la carachama es puro cascarón, casi no tiene carne.

El entusiasmo se incrementó al máximo cuando la comisión organizadora señaló que el premio para el ganador sería un imponente peque peque de 13 HP, de la mejor marca del mercado.

Entre los participantes, destacaban “el flaco”, un atalayino que poseía una panza que le llegaba a las rodillas; el “cuchara brava”, de soberbia musculatura, perteneciente a la localidad de Tamshiyacu; “el illurro”, un peso pesado de la comunidad de San Juan; Venancio, un anciano pescador que vivía en una cocha anexa al caño Yanayacu; y por supuesto, el representante local y favorito en las apuestas: “el alcalde”.

Casi todos los concursantes eran personajes colosales, de amplias espaldas o increíblemente ventrudos, la excepción era el buen Venancio. El septuagenario anciano apenas excedía los 50 kg de peso. De andar pausado y buenas maneras, Venancio desencajaba totalmente del grupo de mastodontes con los que se enfrentaba.

Las burlas del público no se hicieron esperar, el pobre anciano recibió todo tipo de calificativos.

-          ¿Qué pues hace ahí ese viejito?, cuidado le van a comer así, pensando que es fideo.

-          ¡Por culpa de Venancio ya están viniendo los gallinazos!

-          ¡Vejez, mejor anda cava tu tumba! – y otras frases y adjetivos burlescos.

Mientras tanto, los organizadores colocaban en el suelo las bandejas con las carachamas sancochadas. En las mesas unipersonales, solo estaban los platos y una botella con agua para evitar atragantamientos. En medio de una gran expectativa, se dio inicio al concurso.

Las barras de los favoritos eran un espectáculo aparte, cada una tenía una arenga especial, los niños chillaban, las mujeres gritaban y los hombres bramaban de forma incansable. Sin proponérselo, el círculo de gente que rodeaba a los concursantes se fue achicando, lo que volvió más frenética la competencia.

Los participantes, cada vez que mordían las carachamas buscando la carne, incrustaban su boca con las espinas, fragmentos de placas, las aletas puntiagudas y restos óseos que les causaban terribles escoriaciones, rasguños y heridas de toda magnitud en la lengua, los labios, las encías, el paladar, las mejillas e incluso el mentón. A ese ritmo, comer carachama dejaba de ser un placer y se convertía en una tortura inimaginable.

En menos de cinco minutos, casi todos los rivales tenían la boca con cortes profusos de los cuales manaba sangre, a excepción de uno de ellos: Venancio. Hasta ese momento nadie se había percatado del viejo. Él no tenía cortes en la boca, es más, en esos cinco minutos ni siquiera había probado un bocado de carne de carachama. Entonces, ¿qué había hecho?

La respuesta era simple, Venancio se había dedicado a “desarmar” más de una docena de carachamas. Con la habilidad de un cirujano les quitaba todas las placas del cuerpo, dejando la cabeza intacta. Acto seguido, separaba cuidadosamente la poca carne que tenía el pescado y la colocaba en medio del plato, de este modo, se iba formando un cerrito de puro filete de carachama. “El alcalde”, que iba a la delantera del concurso, apenas había comido nueve carachamas, su cerebro no tenía tiempo para procesar otra información que no fuera la de comer, aunque se desollara la boca en el intento.

Transcurridos 10 minutos, la gente comenzó a darse cuenta que la estrategia del anciano fue la más adecuada. Había desarmado un total de 28 carachamas y en su plato se lucía intacto alrededor de medio kilo de puro filete. A esas alturas de la competencia, tanto el illurro como el flaco, ya se habían retirado: ambos tenían la lengua en carne viva. Los demás concursantes, en un último y desesperado intento de ganar la competencia, cambiaron radicalmente su estrategia y se pusieron a desarmar sus pescados. Pero ya era tarde.

Antes de un cuarto de hora Venancio tenía frente a él, un suculento plato de pura carne de carachama, que se devoró en un santiamén.

La población estalló en gritos de júbilo por el triunfo del viejo. De la burla pasó a la gloria. Fue levantado en hombros por los mismos que lo habían vapuleado, y recibió su premio en medio de la algarabía popular, pero eso era lo menos importante. Lo trascendental fue que aquel día en aquel pueblo, Venancio estampó su proeza en las mentes y corazones de todos los que tuvieron la oportunidad de verlo competir y triunfar.

Diario mañanero de un petrolero

Miércoles 25 de setiembre de 2013
2:20 am: Despierto con cierto sobresalto, desde el segundo piso del camarote observo algo diferente en el ambiente, debido a mi somnolencia, tardo en percibir que el cuarto está inusualmente iluminado. Las luces de emergencia se activaron. La causa: el generador del campamento se apagó. Siento el cuello de mi camiseta ligeramente húmedo, "¿sudor o baba?" me pregunto. Mejor no me respondo. Tardo en dormir.

4:05 am: Vuelvo a despertar, tengo la extraña sensación de joder a todo el mundo con los grotescos ronquidos que estoy seguro emito mientras duermo. Me calma el hecho de descubrir a otro compañero de cuarto roncando, y aunque sus ronquidos no le lleguen a los talones a los míos, me siento reconfortado. Levanto la muñeca mecánicamente para cerciorarme de la hora, es inútil: no uso reloj de pulsera desde hace seis meses. Busco el celular en el bolsillo derecho del pantalón, veo la hora, se que aún dispongo de un buen rato para ahogarme con mis propios ronquidos.

5:00 am: El despertador suena. Cumple una función secundaria, solo me informa la hora que es, porque despierto estoy desde las cuatro. Tengo que levantarme. Me da pereza el hecho de moverme, no por haraganería, sino por no joder a mi compañero que duerme en el piso inferior del camarote. Arrastro el cuerpo sobre el ergonómico colchón Paraiso y no puedo evitar el balanceo del catre y el horroroso crujir del metal del cual está hecho. ¡QUE PUTA! ya es hora de levantarse pendejos dormilones.

5:05 am: Me visto en penumbras, cojo el cepillo, la pasta de dientes y el jaboncillo, remango los botapies del pantalón, para no mojarlos con las dudosas aguas del piso de los baños comunes. Una vez allí, meo tranquilamente. No puedo decir lo mismo de la cepillada, la gente hace ruidos espantosos al cepillarse los dientes; algunos se cepillan 10 minutos, como si tuvieran 250 dientes; otros botan las amigdalas en el lavabo; yo aplico el sistema que me recomendó la odontóloga en el chequeo anual 2011: "de arriba a abajo, de abajo a arriba, no de lado a lado, así te gastas los dientes". El espejo devuelve mi imagen, "cada día más pelado" me digo a  mí mismo.

5:15 am: De vuelta al cuarto, mis compañeros siguen durmiendo, ¿Cómo hacen?. Me termino de vestir, echo en falta un par de medias que llevaron a la lavandería y no trajeron de vuelta, ¿o alguno de mis compañeros las cogió?.


5:20 am: Me voy al comedor, ¡yo que en mi casa me quejo del desayuno a las 6:30 de la mañana! Conozco de memoria el menú mañanero: huevos duros, huevos fritos, huevos revueltos, ¿qué se sirve señor? me pregunta el expatriado que sirve la comida, ¿huevo? le respondo. Algo de jugo, un pan (quiero dos pero estoy muy gordo), aceitunas y listo. Me apena pensar en lo que habrá sufrido el nutricionista seleccionando este desayuno, seguro se quemó el cerebro de tanto meditarlo. Termino de comer a duras penas. La mañana apenas comienza.