Esta historia me la contaron mis amigos de la comunidad
campesina Santa Cruz, en la feliz época que laboré en el río Tahuayo.
En una comunidad cercana al caño Yanayacu, en la cuenca del
río Amazonas, los pobladores celebraban su aniversario con múltiples
actividades, dentro de estas no podía faltar el campeonato de futbol masculino
y femenino, el concurso de natación, el concurso de canotaje, y el concurso de
glotones que se había convertido en uno de los más esperados y celebrados por
los comuneros.
Durante varios años, este concurso había sido dominado por
un joven de 26 años con más de 100 kilos de peso, conocido como “el alcalde”. Todos
los glotones locales y foráneos que lo retaban, sucumbían ante su arrolladora
destreza para engullir de golpe y en tiempo record, los bizcochos, los guineos,
los huevos duros, las gaseosas y todo aquello que pusieran a su alcance durante
el desafío.
Aquel año se decidió cambiar el formato del concurso para
hacerlo más original, competitivo y divertido. En esa temporada, la pesca en la
zona había sido excepcionalmente fructífera, y una de las especies más
abundantes fue la carachama, en los rapisheos se contaban millares de estos
peces prehistóricos.
Teniendo en cuenta esto, la comisión de juegos decidió por
unanimidad, que el concurso de glotones tendría como plato principal (y único),
a la carachama. Las bases indicaban que el triunfador sería aquel concursante
que comiera un total de 30 carachamas cocinadas. Cuando se anunció por los
altavoces las nuevas modificaciones del concurso, la población se sorprendió,
pero aplaudieron el cambio. Los más jóvenes se preguntaban: ¿30 carachamas? Están locos, nunca van a
terminar de comer; los experimentados los refutaban: la carachama es puro cascarón, casi no tiene carne.
El entusiasmo se incrementó al máximo cuando la comisión
organizadora señaló que el premio para el ganador sería un imponente peque
peque de 13 HP, de la mejor marca del mercado.
Entre los participantes, destacaban “el flaco”, un atalayino
que poseía una panza que le llegaba a las rodillas; el “cuchara brava”, de soberbia
musculatura, perteneciente a la localidad de Tamshiyacu; “el illurro”, un peso
pesado de la comunidad de San Juan; Venancio, un anciano pescador que vivía en
una cocha anexa al caño Yanayacu; y por supuesto, el representante local y
favorito en las apuestas: “el alcalde”.
Casi todos los concursantes eran personajes colosales, de
amplias espaldas o increíblemente ventrudos, la excepción era el buen Venancio.
El septuagenario anciano apenas excedía los 50 kg de peso.
De andar pausado y buenas maneras, Venancio desencajaba totalmente del grupo de
mastodontes con los que se enfrentaba.
Las burlas del público no se hicieron esperar, el pobre
anciano recibió todo tipo de calificativos.
-
¿Qué pues hace ahí ese viejito?, cuidado le van
a comer así, pensando que es fideo.
-
¡Por culpa de Venancio ya están viniendo los
gallinazos!
-
¡Vejez, mejor anda cava tu tumba! – y otras
frases y adjetivos burlescos.
Mientras tanto, los organizadores colocaban en el suelo las
bandejas con las carachamas sancochadas. En las mesas unipersonales, solo
estaban los platos y una botella con agua para evitar atragantamientos. En
medio de una gran expectativa, se dio inicio al concurso.
Las barras de los favoritos eran un espectáculo aparte, cada
una tenía una arenga especial, los niños chillaban, las mujeres gritaban y los
hombres bramaban de forma incansable. Sin proponérselo, el círculo de gente que
rodeaba a los concursantes se fue achicando, lo que volvió más frenética la
competencia.
Los participantes, cada vez que mordían las carachamas
buscando la carne, incrustaban su boca con las espinas, fragmentos de placas,
las aletas puntiagudas y restos óseos que les causaban terribles escoriaciones,
rasguños y heridas de toda magnitud en la lengua, los labios, las encías, el
paladar, las mejillas e incluso el mentón. A ese ritmo, comer carachama dejaba
de ser un placer y se convertía en una tortura inimaginable.
En menos de cinco minutos, casi todos los rivales tenían la
boca con cortes profusos de los cuales manaba sangre, a excepción de uno de
ellos: Venancio. Hasta ese momento nadie se había percatado del viejo. Él no
tenía cortes en la boca, es más, en esos cinco minutos ni siquiera había probado
un bocado de carne de carachama. Entonces, ¿qué había hecho?
La respuesta era simple, Venancio se había dedicado a
“desarmar” más de una docena de carachamas. Con la habilidad de un cirujano les
quitaba todas las placas del cuerpo, dejando la cabeza intacta. Acto seguido,
separaba cuidadosamente la poca carne que tenía el pescado y la colocaba en
medio del plato, de este modo, se iba formando un cerrito de puro filete de
carachama. “El alcalde”, que iba a la delantera del concurso, apenas había
comido nueve carachamas, su cerebro no tenía tiempo para procesar otra
información que no fuera la de comer, aunque se desollara la boca en el
intento.
Transcurridos 10 minutos, la gente comenzó a darse cuenta
que la estrategia del anciano fue la más adecuada. Había desarmado un total de
28 carachamas y en su plato se lucía intacto alrededor de medio kilo de puro
filete. A esas alturas de la competencia, tanto el illurro como el flaco, ya se
habían retirado: ambos tenían la lengua en carne viva. Los demás concursantes,
en un último y desesperado intento de ganar la competencia, cambiaron
radicalmente su estrategia y se pusieron a desarmar sus pescados. Pero ya era
tarde.
Antes de un cuarto de hora Venancio tenía
frente a él, un suculento plato de pura carne de carachama, que se devoró en un
santiamén.
La población estalló en gritos de júbilo por el triunfo del
viejo. De la burla pasó a la gloria. Fue levantado en hombros por los mismos que
lo habían vapuleado, y recibió su premio en medio de la algarabía popular, pero
eso era lo menos importante. Lo trascendental fue que aquel día en aquel
pueblo, Venancio estampó su proeza en las mentes y corazones de todos los que
tuvieron la oportunidad de verlo competir y triunfar.
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