viernes, 10 de septiembre de 2010

El cine en Iquitos, definitivamente no es el de antes

“Todo tiempo pasado fue mejor, aunque no lo fuera”



Suplemento cultural del diario El Peruano, década del 90, título del artículo de un autor cuyo nombre no recuerdo.



Esta semana de descanso en Iquitos, asistí junto a mi esposa al estreno de una película de esas romanticonas (y en este caso: aburridísima), con la actuación de la “sesuda” JLo; lo suyo aparentemente va más por el lado de la música y el baile, en actuación su aporte es muy pobre.

Lo interesante se dio en media proyección cinematográfica, ya que todos los espectadores fuimos testigos del instante en que una de las divas de este nuevo mundo globalizado y digital con sonido estéreo incluido (nos referimos a JLo), se quedaba sin voz, en repetidas ocasiones y por largos minutos. Los reclamos que se escucharon en la sala pidiendo la reposición del audio eran educados, en cierto sentido, diría que hasta tímidos. Algunos silbidos corteses adornaron las quejas a la tercera o cuarta vez de ocurrir el mismo problema, fue en esos momentos que evoqué la reacción del público en este mismo Iquitos, ante una circunstancia similar, 20 o 25 años atrás, cuando las películas se “estrenaban” seis meses o un año después de su estreno oficial en USA o Europa, en los cines Iquitos, Bolognesi, Belén, Atlántida o Excélsior.

La reacción inmediata en aquellos tiempos hubiera estado dominada por gritos, silbatinas generalizadas; insultos al proyector de turno; al administrador; al maldito dueño del cine ¿?; a la señora mala gracia que te vendía el ticket; al tipo que estaba dos filas delante tuyo con su flaca; al compañero de al lado, es decir, un verdadero chongo. Los adolecentes y no tan adolecentes de esos años, parecíamos esperar la llegada de una falla en la proyección, por más mínima que fuera, para iniciar el ruido. La idea era lanzar el insulto más soez, el grito más desatinado o el silbido más estridente, por otro lado, existían algunos riesgos: con un poco de mala suerte podías recibir un escupitajo de campeonato proveniente del balcón, si es que te habías sentado en la platea a una distancia que te hacía un blanco fácil para ello.

Pero eso no le ocurría a nuestra mancha, la razón: mi siempre precavida madre, cuando era un crío de cinco o seis años, me advertía: “hijito, nunca te sientes debajo del balcón, la gente de mierda que está arriba, siempre arroja fósforos encendidos, cigarros encendidos, palos de chupete y de vez en cuando un buen pollo (escupitajo), así que cuidado”, bueno, no lo decía exactamente así, pero entiendan que era un crío, no recuerdo con fidelidad sus palabras.

Eran otros tiempos, no digo que mejores, sólo que eran diferentes. Bastaba que la gente empezara a ingresar para que también empezara a fumar. Los chicles, cigarrillos, caramelos y chupetes se vendían dentro del mismo cine, y, otro dato: no te quitaban lo que te comprabas fuera, podías llevar hasta tu ¼ de pollo, y comerlo a vista y paciencia del respetable público. La iluminación era distinta, mejor dicho no había iluminación: durante la previa a la función, la luz era tenue, pero la oscuridad era total justo antes de la presentación de los comerciales de Inca Kola, 7up, o Ducal. Este era el momento indicado para aquellos que habían ido al cine solo bajo el pretexto de estar con la enamorada, lejos de la vista de los curiosos, para de este modo dar rienda suelta al chape y al toqueteo, importándoles un pepino si en la pantalla de tela se proyectaba Parchis, Locademia de Policía o Pesadilla en la Calle del Infierno. La película de turno no era con ellos, menos con sus afanes.

Un día de buen estreno para la época, presentando Cobra, Terminator o Tiburón, representaba el ingreso de más de 500 personas a la sala, además de la platea y mezzanine, la gente se acomodaba donde podía: en los pasadizos, justo detrás de la cortina de ingreso a las salas, frente al estrado del cine o unos sobre otros en los asientos, total, la cosa era ver la película y punto. Hoy en día, en las minisalas, uno siente que está viendo la película en su casa y a media luz, los tiempos cambian.

No es un recuerdo grato, pero es recuerdo al fin y al cabo. En esa época ir a una función de estreno era un riesgo para los olfatos más delicados, pues no faltaba uno que otro desadaptado que escogía justo la escena del beso romántico del joven (de la película) a su damisela, para advertir a toda la audiencia, el indecoro de sus flatulencias.

Uno se pregunta ¿Dónde quedaron esas personas con las cuales compartimos esa época?, ¿asisten al cine actualmente?, gente de 30 años para arriba, personas que sin conocerse compartían el mismo deseo de diversión que nos motivaba a ir al cine, juntos sonreímos, nos carcajeamos, lloramos y aplaudíamos, si, ¡aplaudíamos juntos el final de las películas más emotivas!, gritábamos arengando a Rocky cuando pelaba con Drago en el ocaso de la guerra fría; insultábamos a los malos; silbábamos a las bellas actrices, gritábamos sandeces ante una escena de sexo, si es que lograbas colarte a una película apta para mayores de 18 años, lo que, valgan verdades, no era muy complicado.




En fin, claro que estoy de acuerdo con que no se fume en los cines ni en otros ambientes públicos, lo de las flatulencias ni hablar, no es necesario insultar o gritar para reclamar, tienes que hacer tu cola para comprar tu canchita y tu bebida, pero aún así, no pude evitar remontarme al pasado aquella noche al contemplar esa mala película, y también el día de hoy cuando pase junto al cine Bolognesi y contemplé por unos segundos su demolición ¿uántas veces vi pelear a Jackie Chan en ese cine?, ¿no es el mismo cine donde con la patota veíamos la forma de colarnos a alguna función por falta de plata?, ¿y el cine Belén?, ¿acaso en aquellos años no veíamos la forma de ingresar a sus funciones para satisfacer nuestro onanista morbo? Me refiero a la época de decadencia de ese cine, pues también tuvo sus buenos tiempos, aún recuerdo a un Shicshi de finales de los años 80, haciendo una propaganda radial en la cual anunciaba dos grandes estrenos: “12 Evas para un Adán” y “La guerra de los huevos”, el pobre Shicshi distorsionaba su potente voz al hacer estos anuncios.

Sin duda alguna, la nostalgia nos trajo a la mente muchos pasajes particulares de cómo se vivía el cine en esa época, la atmósfera sui generis que se percibía en el ambiente, algunos aspectos de la vida en nuestra ciudad en aquel entonces. Un Iquitos y un periodo en el cual llegamos a disfrutar de hasta cinco salas cinematográficas, donde lo bueno, créanme, no necesariamente se veía en la pantalla de tela, lo bueno estaba en la reacción de la gente, ese era el verdadero disfrute, el clímax del cinéfilo loretano de la época.

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