miércoles, 18 de mayo de 2011

Pequeñas anécdotas y chistes referidos al culo

“…el día en que la mierda tenga algún valor, los pobres nacerán sin culo…”
Frase del general dictador, personaje de “El otoño del patriarca” de Gabriel García Márquez

Dentro de la literatura contemporánea citar al culo es relativamente frecuente, es mucho más común citarlo en anecdotarios, cuentos cortos, blogs, artículos periodísticos, entre otros. Mencionar esta parte de la anatomía es usual en distintos círculos sociales y en diferentes circunstancias, personalmente haré mención de algunos chistes y anécdotas propias y ajenas relacionadas con el tema, y que, nos guste o no, forma parte de nuestro criollo folklore.
El origen de esta nota la encontré en una entrevista brindada por Pedro Escribano al suplemento dominical del diario La República el domingo 13 de diciembre de 2009, a raíz de la publicación de su anecdotario “Rostros de memoria”. Acá va parte de la transcripción de la entrevista y de una anécdota en particular:
“…Arguedas, Martín Adán, Sebastián Salazar Bondy, y en el auto Juan Mejía Baca, repararon que una señora joven y hermosa llevaba puesto un vestido negro, de tubo, y caminaba cimbreándose por la plaza de Chiclayo. Era prima de Juan Mejía. El editor contó que su prima había enviudado por tres veces. La última vez de un aviador.

Seducidos por la figura de la dama, rijosos, le pidieron al amigo librero volver con el auto para observarla otra vez. José María, al verla de nuevo, no contuvo la emoción y comentó:

-¡Qué linda tu primita, Juan!- y luego le pide una vuelta más.

Y otra vez la exclamación…

-¡Linda la viudita, Juan!- repetía sin dejar de alabar el trasero de la joven de luto.

Y una vuelta más y otra más, ¡qué linda la viudita, Juan!

Martín Adán, cansado de escucharlo y cansado también de las vueltas, rompe su silencio y lo desafía:

-Si tanto te gusta la viudita, baja pues, y éntrale.

El escritor lo miró, hosco, casi con pánico.

-Estás cojudo… en ese culo penan”

Muchas anécdotas relacionadas con el tema derivaron en chistes anónimos, uno de los más celebrados en Amazonía peruana dice más o menos así:
Un avispado jovencito se acerca a una vendedora de aguajes para comprar un par de bolsas, y con ganas de joder le pregunta: “señora, ¿y será verdad que el aguaje te hace maricón?”, la señora mirando al joven de la cabeza a los pies  le responde: “mira jovencito, yo te estoy vendiendo este aguaje para que comas, no para que metas en tu culo”.
Hace unos meses llegué a una comunidad de la cuenca del río Napo, ordenando mis cosas me di con la sorpresa que había olvidado los rollos de papel higiénico de rigor, casi de inmediato me dispuse a adquirir el bendito papel cuanto antes, efectué un rápido recorrido por el pueblo y observé apesadumbrado que casi todas las bodegas se encontraban desabastecidas, hasta que llegué a la última bodega de la zona, me dirigí al dependiente y le pedí papel higiénico, el señor hizo una breve búsqueda y al ubicar un rollo me dijo: “amigo, acá hay, pero sólo tengo un rollo”, casi de inmediato le dije: “y yo sólo tengo un culo, véndeme el rollo amigazo”.
Entre el año 2003 y el 2006, junto con “el chino” Luciano, solíamos visitar diferentes puestos de comida ambulante para disfrutar de algunos potajes regionales, especialmente en el horario nocturno. Una noche, en uno de los puestos ambulantes de la intersección de la calle Manco Capac y la calle Yavarí, decidimos saborear un caldo de gallina regional, al terminar nuestra cena, el chino Luciano le pidió a la vendedora que le facilitara servilletas, ya que en la mesa no había ningún servilletero, ante el pedido, la señorita sacó de un rincón un flamante rollo de papel higiénico y lo colocó en la mesa, el chino cogió el rollo, sacó lo necesario para limpiarse la jeta y se dirigió a la señorita con estas palabras: “ hija, la próxima pon servilletas en tu mesa ¿ya?, el papel higiénico es para limpiarse el culo, no la boca”.

lunes, 9 de mayo de 2011

¡Quiero un policía! – Crónicas del neo paraíso amazónico

En Iquitos circulan numerosas historias de índole sexual, muchas de ellas vienen ganando el estatus de leyendas urbanas contemporáneas, no obstante, existen algunos temas que merecen un poco más de atención y están relacionadas con esa peculiar condición de “paraíso sexual” que en las últimas décadas nos hemos ganado -  con razón o sin ella -  tanto en el resto del país como en el extranjero.
Dentro de este marco contextual, se dice que en nuestra ciudad existen siniestros personajes ocultos bajo pintorescas fachadas, poseedores de una red de contactos (con catálogo incluido) cuya principal función es la satisfacción plena de las angustias sexuales; se habla de jóvenes “galácticos” armados de ardides sutiles, que sólo buscan captar a bellas damiselas para luego ser vejadas sexualmente (con su autorización) y expuestas al escrutinio público a través de imágenes y filmaciones colgadasen el mundo virtual (sin su autorización); se cuenta que en ciertos hoteles donde ovejas descarriadas sucumben ante la lujuria, existen cámaras “sembradas” inmortalizando las ardientes escenas que luego serán digitalizadas en discos compactos y luego comercializados a tres soles la unidad, en las cuatro esquinas de la calle Próspero con Palcazu; se comentan muchas otras situaciones de similar o peor  índole, sólo limitadas por nuestra imaginación.

Un fin de semana de hace un par de años, un amigo estaba ocupado en sus asuntos cuando recibió una llamada de un número desconocido, como el código era de Pucallpa, de donde mi amigo es natural, no tuvo ningún reparo en contestar.
-          Aló
-          Hola hermano, ¿qué tal? Te saluda Ernesto…
-          Ernesto, ¿qué Ernesto?
-          Ernesto Puja pues, tu “promoción” de primaria…
-          Este, pucha amigo, la verdad no sé, de repente te equivocaste…
-          No viejo, ayer precisamente conversé con tu mamá acá en tu casa, precisamente ella me dio tu número, lo que pasa es que han pasado más de 25 años y la mente es frágil, pero escúchame un toque; te llamaba porque mañana estoy llegando a Iquitos vía aérea a las cuatro de tarde, voy por motivos laborales y no conozco a nadie, esperaba que tú me pudieras dar la mano…
-          Pucha "choche", no sé, ¿a las cuatro dices?, ya pues, te espero en el aeropuerto y salimos de dudas.
-          Listo hermano, entonces nos vemos mañana, chau.
Mi “pata”, más por curiosidad que por vocación de servicio, decidió sacrificar su tarde de sábado para recoger al susodicho, - “ojalá no más no sea una pendejada de esas” - pensaba. Al día siguiente,  grande fue su sorpresa cuando en la sala de desembarque ubicó a su promoción, - “¡pero si es el cojo Puja!” - se dijo, recordando que a pesar de su condición, Puja había sido uno de los más pendencieros del grupo de chiquillos con los que estudio la primaria.
-          ¡Cojito, hermano!, puta madre que no me acordaba ayer, pero ni bien te vi, se me abrió el baúl de los recuerdos…
-          Jajaja, al que casi no reconocí es a ti, si estás recontra gordo, en sexto grado eras una piltrafa, dabas pena hasta cuando caminabas.
Luego de los respectivos abrazos, mi amigo trasladó hasta un céntrico hotel a su viejo compañero, pero sólo para dejar sus cosas, ya que el cojo Puja moría por tomarse unos tragos en alguno de los míticos bares de nuestra  ciudad, y no quería perder el tiempo pues partía dos días más tarde.
Para no desentonar con el momento, el lugar escogido fue el archiconocido bar “El Refugio”. Las chelas circularon frenéticamente y la charla de fondo estaba centrada en los recuerdos de infancia, el colegio primario y los amigos comunes. Luego de unas horas de andar empinando el codo y con más de una docena de cervezas entre pecho y espalda, el cojo se acercó a mi amigo y le hizo la siguiente confesión:
-          Oye promoción, de verdad de verdad, tengo ganas de echarme un polvito, ¿tú crees que podamos conseguir algo por acá?
-          Puta promo, de poder se puede, pero mejor hay que seguir chupando…
-          Promoción, de verdad, estoy recontra arrecho, si no me das la mano, yo mismo voy a buscar.
-          Ni huevón, así como estás, si te dejo sólo, mañana te encuentro en la primera plana de algún periódico, espérame un toque…
Mi amigo se alejó unos metros e hizo unas llamadas por celular, luego se acercó al cojo y le dijo que la solución a su problema estaba en camino. Al cabo de unos minutos, un conocido estilista de la ciudad en aquellos años se acercó a la mesa de los amigos.
-          ¿Y flaco, qué se te ofrece?
-          A mi nada “flaca”, es para mi pata.
-          Ah, está bien, que se te ofrece amigo, te veo coloradito.
-          Oye promoción, chistoso eres, cómo me traes esto…
-          Promoción, no entiendes, la flaca tiene un arsenal a tu disposición, tú sólo pide, franco.
La flaca intervino rápidamente: “tengo de todo: enfermeras, maestras, anfitrionas, reinas de belleza, policías, de todo…”
-          ¡Quiero un policía! – se apresuró a decir el cojo.
-          No hay problema “antojerillo”, déjame hacer unas llamadas a ver si mis amigas están o no de turno.
-          No, no, dije un policía, ¡un policía!
-          Oye, ya te escuché, tengo en mi lista unas policías femeninas bien regias que…
-          ¡NO!, yo quiero un policía, ¡UN POLICÍA HOMBRE!
Los dos acompañantes se quedaron sorprendidos - “este huevón, tan borracho está que no sabe ni lo que dice”- pensaba mi amigo - “mejor lo llevo al hotel a que duerma”.
-          Cojito, mejor te llevo a tu hotel, y mañana charlamos…
-          Promoción, de acá no me muevo hasta que traigan mi pedido…
Dicho esto, el cojo pidió dos “chelas” más y se cruzó de brazos, la flaca anotó: “por mi parte no hay problema, yo soy de todo arreglo, hago una llamada y en 15 minutos máximo, el pedido llega por delivery, con uniforme y todo”, mi pata se encogió de hombros - “a ver qué pasa” - se dijo.
Transcurrido un buen rato y unas chelas de por medio, un flamante PeNePe hizo su aparición, la flaca lo llamó y éste se dirigió a la mesa con paso firme, en las demás mesas se notó cierta preocupación en la gente, pues imaginaban ser testigos de una pequeña batida, no se equivocaban.
Al cojo Puja se le salían los ojos y la baba ante la presencia del uniformado - “¿Qué mierda es esto?” - pensaba mi pata.
 - “Bueno, ¿a quién hay que intervenir?” - dijo risueño el PeNePe
- “¿Trajiste tus esposas?” - le preguntó sarcásticamente la flaca.
- “Claro, también el garrote, si es que hay resistencia”, respondió el PeNePe.  

Las carcajadas entre ambos no se hicieron esperar. El cojo no aguantó más - “¡por favor promoción, que me espose, que me espose!” - suplicaba. Mi amigo observaba  impávido la casi surrealista escena que tenía frente a él - “bueno cojo, tú lo pediste, ojalá esta sea una de tus pendejadas de antaño”- pensó.
De este modo, fue mudo testigo de la intervención policiaca, vio como engrillaban al cojo, como lo subían a un “motokar”, y lo vio perderse por la pista con destino incierto, con el PeNePe al lado. “Bueno flaco, misión cumplida, ¿se te ofrece algo más?” - preguntó el proxeneta con una sonrisa burlona. “Flaca, vete a la mierda, y desaparece antes que te saque la 'chucha', ojalá no más no le pase nada a mi pata” - respondió mi amigo, mientras se dirigía a una mesera pidiendo la cuenta.
Al día siguiente por la tarde, cuando los efectos del trago habían disminuido, mi amigo se apresuró a llamar al hotel para conversar con su promoción, para su sorpresa fue informado que el cojo había partido al aeropuerto temprano, pues viajaba en el primer vuelo. “Puta madre, que raro, mejor llamo a la flaca” - se dijo.
-          Hola flaquito, estaba esperando tu llamada.
-          Déjate de vainas flaca, ¿Qué pasó con mi pata?
-          ¿Cuál, el cojito “antojero”?
-          Si pendejo, no te hagas el cojudo.
-          Jajaja, por tu pata no te preocupes: ANOCHE LE HAN DADO UNA ZURRA PARA EL RECUERDO, si creo que hasta le han dejado cojo de la otra pierna, ahorita debe estar andando en silla de ruedas, jajaja…
-          No, en serio, deja de joder, ¿dónde está ahora?
-          Pero en serio pues, así fue, el PeNePe hasta lo dejó en su hotel y el cojo le dijo que hoy volaba a Pucallpa…
-          Ya, eso quería saber, chau.
A pesar de que se esforzó en localizarlo, le fue imposible hacerlo. Mi amigo quedo perturbado con todo el asunto, “entonces este pendejo si hablaba en serio, de viejo me hacen de alcahuete, y encima de un marica, y de yapa mi promoción del colegio”. Desde entonces no volvió a tener noticias de su pata el cojo Puja.
Seguro también has sido testigo (o protagonista) de historias similares, sueños prohibidos que esperan pacientemente ser cumplidos, existen para ello ángeles carnales que sólo aguardan una llamada telefónica, una dirección y una misión. Policías estrictos en el cumplimiento de la ley, bomberos expertos en calmar  fuegos interiores, pilotos capaces de volar a nuevos firmamentos, doctores que calmen dolores y aflicciones físicas, soldados aguerridos y curtidos en mil combates, hay de todo y para todos. Sólo es cosa de marcar los números correctos y de estar en el paraíso indicado.

domingo, 8 de mayo de 2011

Recuerdos de cuna – evocando el futuro

“Compartir con un niño lo que alguna vez nos deleitó; ver que el deleite del niño se suma al nuestro, ¡eso es felicidad! “

Jason B. Priestley

Durante la última permanencia en Iquitos, tuve la ocasión de acompañar a mis hijos a sus respectivos centros educativos, a Renzo a la cuna jardín “Mi Universo Infantil”, y a Micaela al colegio “San Agustín”, mi primera sensación fue de temor ante las posibles reacciones negativas que pudieran tener al incorporarse a un nuevo mundo para ellos. Tarde poco en darme cuenta de lo infundado de mis temores. Micaela exigió desde el primer día un poco más de libertad, más espacio, pidiéndonos que no estuviéramos tan cerca de ella, todo esto en el mismo patio, donde el año 1982, yo también me ubiqué, temeroso de no observar a mi madre entre el tumulto nervioso de padres de familia que flanqueaba a los niños en plena formación.
Esa mañana, rememoré uno de mis primeros días en el primer grado de primaria. La profesora nos había advertido que cuando escucháramos el timbre, podríamos salir al patio del colegio para gozar del recreo, o en todo caso a quedarnos en nuestro salón (en esa época salir al patio no era obligatorio) a disfrutar de nuestra lonchera, en ese entonces habían loncheras fabricadas de lata y de vistosos colores, casi todas de manufactura norteamericana e importadas por “Miami Import”.
Mi lonchera, al igual que la de otros compañeros era bastante modesta pero amigable con el ambiente: una bolsa de papel “despacho”, mi madre me ponía algún refresco casero y un sándwich de huevo o una galleta, algunas veces, para mi sorpresa, encontraba un néctar comprado en un supermercado que en ese entonces funcionaba en la calle Sargento Lores primera cuadra, pero esto no era muy frecuente, como tampoco lo era el hecho de llevar lonchera al colegio.
Un buen día, cuando apenas estaba conociendo a mis compañeros, decidí quedarme en el salón a deleitarme con mi latita de néctar de piña y un paquete de galletas soda, cuando fui sorprendido por “el gordo” Morón, un niño que en teoría tenía seis años, aunque su apariencia distaba mucho de ello. Era inmenso, por lo menos pesaba tres veces más que yo, y desde mi perspectiva media metro y medio, un coloso total, se me acercó con toda la seguridad y arrogancia del mundo, me arrebató de un tirón la lata de néctar, y ante mis aterrados ojos, se la bebió de golpe.
Eso fue demasiado, la impotencia de no poder reclamar lo que legítimamente me pertenecía (pues me podía ir peor), generó un callado pero persistente llanto, que sin embargo no pasó desapercibido. Tres de mis compañeros observaron la escena y acudieron en mi apoyo como si de mosqueteros se tratase. Recuerdo a los primos Espinoza y Tuesta, dos de los más grandes del grupo, reclamando airadamente al gordo por quitarle el jugo al “chiquito”, pero lo que más recuerdo, y no me avergüenza decirlo, es a “Pepe” Gonzales (otro gigante), acercarse al gordo Morón, arrebatarle su lonchera de lata, abrirla, coger y beber hasta la última gota y sin remordimiento alguno, el néctar de durazno que éste tenía destinado para el recreo. Pepe, con la mirada le decía al gordo “¿cómo se siente, gordo pendejo?”.
Dicen que los pequeños no guardamos rencor y no nos satisface el dolor ajeno, déjenme decirles que bajo algunas circunstancias, eso no es tan cierto. Claro que sentí una inmensa satisfacción, que me la tuve que guardar para más tarde, pues en ese momento me distrajo el hecho de saber, que hasta un ser como el gordo Morón, podía llorar, y de qué forma. Los alaridos que lanzaba eran espantosos, berreaba como un eral al que su madre le niega la leche. Finalmente, hubo un llamado de atención al gordo y a Pepe, este último - si la memoria no me falla - también terminó llorando. Lo cierto es que Morón nunca más se acercó ni a mi lonchera ni a mí, al siguiente año no lo volvimos a ver.
En el caso de Renzo, no puedo dejar de pensar que era bastante pequeño para llevarlo a la cuna, pues aún no cumplía 18 meses, sin embargo, resultaba muy complicado no hacerlo debido a circunstancias laborales propias de nuestra época, esas fueron las mismas razones que obligaron a mis padres a llevarme a la cuna de la calle Sargento Lores séptima cuadra (Junta de la infancia), allá por el año 1978.
Decir que tengo recuerdos exactos de esa época podría sonar muy ambicioso, pero los tengo, y varios. Recuerdo el inmenso patio interior que tenía la cuna y que estaba rodeado de árboles de mango, de los que nos hartábamos en los meses de julio y agosto, recuerdo los ruidosos desayunos en largas mesas, donde lo más vistoso eran las coloridas tazas de plástico de dos niveles en las que nos servían el “mingado” de arroz o las mazamorras.
Recuerdo un almuerzo en particular, en el que nos sirvieron arroz aderezado con tomate regional, cuyas cáscaras enrolladas, aparentaban pequeñas agujas rojas en todo el plato. Recuerdo a un amigo comensal, decirme despacito al oído, “no comas eso, ponlo a un costado del plato, si lo comes, tu mamá se va a morir”. Cuando eres un crío y te dicen que tu mamá se va a morir si haces o no haces algo, créeme que lo cumples, ya que la sensación de culpabilidad que tienes es inmensa, no me comí la cáscara enrollada del tomate, y me parece que esta práctica duro un par de años más, cuando finalmente descubrí que me habían timado.
Recuerdo que junto con este amigo, nos parábamos en el frontis de la cuna después del desayuno o a la hora de la salida, y aprovechando un descuido del personal de limpieza, de los auxiliares o de los profesores, huíamos despavoridos hacia nuestras casas, escapándonos de la cuna como si esta representara una extraña prisión para nosotros y acaso lo era. La complicidad nacida de estas aventuras era muy grande, apenas si teníamos más de dos años y sencillamente transitábamos en sentido contrario, la ruta recorrida junto a nuestros padres por las mañanas.
Esta práctica se repitió al menos un par de veces, supongo que creíamos que al llegar a la esquina de la calle Fanning estaríamos salvados, no nos perseguirían si se daban cuenta. Corríamos hombro a hombro con los cabellos alborotados y los rostros llenos de júbilo por la hazaña lograda.
Recuerdo la mañana en la que se percataron de nuestra huida, me parece oír los gritos de las profesoras diciéndole a un auxiliar que nos atrapase. Recuerdo las manos grandes y fuertes sujetándome de la cintura, levantándome en vilo y regresándome a la cuna, recuerdo ver a mi compañero doblar la esquina mientras yo era capturado, recuerdo mi llanto cubriendo los reclamos, las quejas, los consuelos.
Años más tarde, cuando era un adolescente,  supe que mi  amigo de cuna había partido de forma definitiva, ahora lo evoco corriendo jubiloso hacia la libertad absoluta.
Durante la infancia, en la cuna, el jardín o el colegio, los niños vivimos por una serie de situaciones que van forjando nuestro carácter, nuestra personalidad, las anécdotas vividas por nosotros muy difícilmente serán vividas por nuestros hijos, pero ellos, sin lugar a dudas, vivirán sus propias aventuras, tanto o más intensas que las nuestras. Verlos pasar por la experiencia de la cuna y el colegio reviven nostalgias y recuerdos personales en primera instancia y en un segundo momento, generan la posibilidad de volverlas a vivir a través de ellos.