“Compartir con un niño lo que alguna vez nos deleitó; ver que el deleite del niño se suma al nuestro, ¡eso es felicidad! “
Jason B. Priestley
Durante la última permanencia en Iquitos, tuve la ocasión de acompañar a mis hijos a sus respectivos centros educativos, a Renzo a la cuna jardín “Mi Universo Infantil”, y a Micaela al colegio “San Agustín”, mi primera sensación fue de temor ante las posibles reacciones negativas que pudieran tener al incorporarse a un nuevo mundo para ellos. Tarde poco en darme cuenta de lo infundado de mis temores. Micaela exigió desde el primer día un poco más de libertad, más espacio, pidiéndonos que no estuviéramos tan cerca de ella, todo esto en el mismo patio, donde el año 1982, yo también me ubiqué, temeroso de no observar a mi madre entre el tumulto nervioso de padres de familia que flanqueaba a los niños en plena formación.
Esa mañana, rememoré uno de mis primeros días en el primer grado de primaria. La profesora nos había advertido que cuando escucháramos el timbre, podríamos salir al patio del colegio para gozar del recreo, o en todo caso a quedarnos en nuestro salón (en esa época salir al patio no era obligatorio) a disfrutar de nuestra lonchera, en ese entonces habían loncheras fabricadas de lata y de vistosos colores, casi todas de manufactura norteamericana e importadas por “Miami Import”.
Mi lonchera, al igual que la de otros compañeros era bastante modesta pero amigable con el ambiente: una bolsa de papel “despacho”, mi madre me ponía algún refresco casero y un sándwich de huevo o una galleta, algunas veces, para mi sorpresa, encontraba un néctar comprado en un supermercado que en ese entonces funcionaba en la calle Sargento Lores primera cuadra, pero esto no era muy frecuente, como tampoco lo era el hecho de llevar lonchera al colegio.
Un buen día, cuando apenas estaba conociendo a mis compañeros, decidí quedarme en el salón a deleitarme con mi latita de néctar de piña y un paquete de galletas soda, cuando fui sorprendido por “el gordo” Morón, un niño que en teoría tenía seis años, aunque su apariencia distaba mucho de ello. Era inmenso, por lo menos pesaba tres veces más que yo, y desde mi perspectiva media metro y medio, un coloso total, se me acercó con toda la seguridad y arrogancia del mundo, me arrebató de un tirón la lata de néctar, y ante mis aterrados ojos, se la bebió de golpe.
Eso fue demasiado, la impotencia de no poder reclamar lo que legítimamente me pertenecía (pues me podía ir peor), generó un callado pero persistente llanto, que sin embargo no pasó desapercibido. Tres de mis compañeros observaron la escena y acudieron en mi apoyo como si de mosqueteros se tratase. Recuerdo a los primos Espinoza y Tuesta, dos de los más grandes del grupo, reclamando airadamente al gordo por quitarle el jugo al “chiquito”, pero lo que más recuerdo, y no me avergüenza decirlo, es a “Pepe” Gonzales (otro gigante), acercarse al gordo Morón, arrebatarle su lonchera de lata, abrirla, coger y beber hasta la última gota y sin remordimiento alguno, el néctar de durazno que éste tenía destinado para el recreo. Pepe, con la mirada le decía al gordo “¿cómo se siente, gordo pendejo?”.
Dicen que los pequeños no guardamos rencor y no nos satisface el dolor ajeno, déjenme decirles que bajo algunas circunstancias, eso no es tan cierto. Claro que sentí una inmensa satisfacción, que me la tuve que guardar para más tarde, pues en ese momento me distrajo el hecho de saber, que hasta un ser como el gordo Morón, podía llorar, y de qué forma. Los alaridos que lanzaba eran espantosos, berreaba como un eral al que su madre le niega la leche. Finalmente, hubo un llamado de atención al gordo y a Pepe, este último - si la memoria no me falla - también terminó llorando. Lo cierto es que Morón nunca más se acercó ni a mi lonchera ni a mí, al siguiente año no lo volvimos a ver.
En el caso de Renzo, no puedo dejar de pensar que era bastante pequeño para llevarlo a la cuna, pues aún no cumplía 18 meses, sin embargo, resultaba muy complicado no hacerlo debido a circunstancias laborales propias de nuestra época, esas fueron las mismas razones que obligaron a mis padres a llevarme a la cuna de la calle Sargento Lores séptima cuadra (Junta de la infancia), allá por el año 1978.
Decir que tengo recuerdos exactos de esa época podría sonar muy ambicioso, pero los tengo, y varios. Recuerdo el inmenso patio interior que tenía la cuna y que estaba rodeado de árboles de mango, de los que nos hartábamos en los meses de julio y agosto, recuerdo los ruidosos desayunos en largas mesas, donde lo más vistoso eran las coloridas tazas de plástico de dos niveles en las que nos servían el “mingado” de arroz o las mazamorras.
Recuerdo un almuerzo en particular, en el que nos sirvieron arroz aderezado con tomate regional, cuyas cáscaras enrolladas, aparentaban pequeñas agujas rojas en todo el plato. Recuerdo a un amigo comensal, decirme despacito al oído, “no comas eso, ponlo a un costado del plato, si lo comes, tu mamá se va a morir”. Cuando eres un crío y te dicen que tu mamá se va a morir si haces o no haces algo, créeme que lo cumples, ya que la sensación de culpabilidad que tienes es inmensa, no me comí la cáscara enrollada del tomate, y me parece que esta práctica duro un par de años más, cuando finalmente descubrí que me habían timado.
Recuerdo que junto con este amigo, nos parábamos en el frontis de la cuna después del desayuno o a la hora de la salida, y aprovechando un descuido del personal de limpieza, de los auxiliares o de los profesores, huíamos despavoridos hacia nuestras casas, escapándonos de la cuna como si esta representara una extraña prisión para nosotros y acaso lo era. La complicidad nacida de estas aventuras era muy grande, apenas si teníamos más de dos años y sencillamente transitábamos en sentido contrario, la ruta recorrida junto a nuestros padres por las mañanas.
Esta práctica se repitió al menos un par de veces, supongo que creíamos que al llegar a la esquina de la calle Fanning estaríamos salvados, no nos perseguirían si se daban cuenta. Corríamos hombro a hombro con los cabellos alborotados y los rostros llenos de júbilo por la hazaña lograda.
Recuerdo la mañana en la que se percataron de nuestra huida, me parece oír los gritos de las profesoras diciéndole a un auxiliar que nos atrapase. Recuerdo las manos grandes y fuertes sujetándome de la cintura, levantándome en vilo y regresándome a la cuna, recuerdo ver a mi compañero doblar la esquina mientras yo era capturado, recuerdo mi llanto cubriendo los reclamos, las quejas, los consuelos.
Años más tarde, cuando era un adolescente, supe que mi amigo de cuna había partido de forma definitiva, ahora lo evoco corriendo jubiloso hacia la libertad absoluta.
Durante la infancia, en la cuna, el jardín o el colegio, los niños vivimos por una serie de situaciones que van forjando nuestro carácter, nuestra personalidad, las anécdotas vividas por nosotros muy difícilmente serán vividas por nuestros hijos, pero ellos, sin lugar a dudas, vivirán sus propias aventuras, tanto o más intensas que las nuestras. Verlos pasar por la experiencia de la cuna y el colegio reviven nostalgias y recuerdos personales en primera instancia y en un segundo momento, generan la posibilidad de volverlas a vivir a través de ellos.
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