domingo, 5 de agosto de 2012

El venado con taquicardia

Ahora que me interné en uno de los bosques más alejados de nuestra Amazonía, tuve la oportunidad de apreciar in situ mucha de nuestra fauna terrestre. Soy biólogo, pero mí área de interés siempre ha estado ligada a ecosistemas acuáticos, por lo que pocas veces he tenido ocasión de participar en expediciones o caminatas para observar mamíferos menores o mayores. Por ello, me resultó muy gratificante observar en su hábitat a un venado colorado (Mazama americana), al que, a pesar de su obvia presencia en los mercados de Iquitos como carne del monte, siempre lo había ubicado espacialmente en bosques de otras latitudes, como infaltable personaje de la mayoría de cuentos o fabulas europeas.
El día que nos topamos con este hermoso ejemplar, nos llamó la atención su aparente pasividad, a pesar de que apenas nos separaban seis metros de distancia. Esto me recordó una anécdota vivida por un ingeniero forestal de nombre Ítalo, ocurrida hace unos años atrás y que tuvo como protagonista principal a un venado.
Ítalo es un profesional reconocido por sus labores en tareas de avanzada y levantamiento de campamentos en zonas prístinas de la Amazonía, es además un gran conocedor de nuestros bosques y a lo largo de sus años ha vivido y compartido experiencias en muchas cuencas y comunidades amazónicas.
En una ocasión – cuenta Ítalo - cuando se encontraba de cacería junto con unos amigos de una comunidad campesina, encontraron una colpa que al parecer no había sido visitada en mucho tiempo por los mitayeros de la zona, por encontrarse a varios días de caminata bosque adentro. De acuerdo a los rastros dejados por los animales en toda el área circundante a la colpa, los cazadores intuían que solo era cuestión de horas de paciente espera para conseguir sus trofeos de caza.
“Me contento con una sachavaquita, tengo un antojo de hígado frito” pensaba Ítalo.
Los cazadores decidieron separarse prudentemente y se apostaron en zonas estratégicas alrededor de la colpa. Ítalo se ubicó en una posición privilegiada y después de revisar su escopeta calibre 16 y sus cartuchos, se dispuso a observar y a esperar. Los minutos transcurrían lentos y el calor de la selva se tornaba insoportable, a pesar que faltaba poco para el ocaso.
“Puta madre” se dijo Italo “la aguajina que me tomé en la mañana me está haciendo efecto, mejor me doy un pequeño cague antes de que me embarre”
Mientras buscaba un sitio apropiado para su inoportuna faena, dejó el arma apoyada en cualquier lado y comenzó a deambular hasta encontrar el lugar adecuado para defecar, acto seguido se colocó en la clásica posición de cuclillas mientras vagos pensamientos cruzaban por su mente en esos cortos segundos. Tan abstraído estaba, que en un primer momento no se percató de la presencia de un hermoso venado macho, que olisqueaba el (soporífero) aire del ambiente, y no atinaba a desplazarse ni para adelante ni para atrás. Ítalo solo cayó en cuenta de la presencia del venado, al escuchar el crujir de la hojarasca seca bajo sus pezuñas.
“Diosiiiito” se dijo “y ahora, qué hago”
Instintivamente y sin apartar los ojos del animal, que estaba apenas a cinco metros de él, extendió ambos brazos simultáneamente hacia la izquierda y derecha desde su incómoda posición, buscando el arma que pensaba había dejado cerca suyo. La desesperación lo embargó al confirmar que no solo no había dejado el arma a su alrededor, sino que desde su ubicación le era imposible encontrar la escopeta sin espantar al venado.
Mientras tanto, el venado seguía amodorrado, olía el aire, mordisqueaba la hierba con desgano, apenas había avanzado unos pasos con timidez, intuyendo que algo ahí no estaba bien. Y vaya si tenía razón. Por su parte, en su desesperación, Ítalo hacía esfuerzos sobrehumanos para ordenar las ideas en su mente y tratar de salir con éxito de tan incómoda encrucijada.
“A la mierda, no tengo nada que perder” se dijo.
Extendió su brazo derecho y cogió una larga rama seca, ubicó a la rama entre sus brazos como si de una escopeta se tratará y apuntó con firmeza hacia el venado que, confundido por el repentino movimiento, dirigió su mirada frontalmente al tipo que a su vez; en cuclillas, con los pantalones (de camufle militar) en el suelo, y con una ruma de mierda entre sus nalgas y el piso, lo miraba fijamente.
El tiempo pareció congelarse. En el mismo instante en que Ítalo jalaba el imaginario gatillo de su imaginaria escopeta, soltó con todas las fuerzas que tenía, un atronador “BUUUUUUMMMM” que casi le desgarra la garganta.
El venado dio un salto increíble sobre su propio sitio; las pezuñas de sus patas delanteras parecieron alcanzar su pecho; emitió un gemido atroz, gutural, casi humano; puso los ojos en blanco cuando aún estaba en el aire; y cayó al suelo, muerto, como fulminado por un rayo.
Ítalo quedo desconcertado, contento pero desconcertado. Estaba seguro que nadie le creería, casi ni él creía lo que había ocurrido. Sus compañeros llegaron apenas unos segundos después, asustados por el grito. Vieron al venado muerto a los pies de Ítalo, y encontraron su arma junto a unos arbustos, con los cartuchos completos.
“Límpiate el culo y entierra tu cochinada” fue lo único que le dijo uno de sus acompañantes.
Desde entonces, él siempre relata esta historia, arrancando carcajadas y comentarios incrédulos entre su ocasional auditorio. Ante esto, Ítalo siempre responde lo mismo: “si no me creen, pregúntale a fulanito, él estaba ahí…”.
Yo no dudo de la veracidad de esta historia.

viernes, 6 de julio de 2012

Un coqueteo universitario con la farmacodependencia

A mediados de los años 90, la cátedra de Bioquímica de la Facultad de Ciencias Biológicas de la UNAP, pretendía ser  la asignatura “cuco” o “tunchi” del plan curricular de aquellos que optábamos por estudiar esa carrera. En el imaginario colectivo universitario, persistía (o persiste) la manía institucional de pensar que, en toda carrera debería existir una materia cuyo requisito principal de aprobación sea: “llevar la asignatura dos veces”. Por citar otros casos, en la Facultad de Medicina Humana la materia cuco era Anatomía y en la Facultad de Ingeniería Forestal, ese honor le correspondía a Inventario Forestal.
Lo enigmático del asunto, es que los docentes, de modo consciente o inconsciente insistían en mantener la condición de invulnerabilidad mítica de la asignatura en cuestión, como si se tratase del cumplimiento de un código secreto, al mejor estilo de las legendarias sectas del mundo antiguo, dignos de un best seller de Benítez, Coelho o Brown, historias en las que los misteriosos personajes matan a su madre o se tatúan las nalgas de modo sistemático, como símbolo de respeto o adhesión a una loca causa o conspiración mundial.
Lo cierto es, que los estudiantes del tercer ciclo de biología del año 1996, nos enfrentamos a nuestra “bestia negra” en desigualdad de condiciones. Debido a los nefastos antecedentes ya nos sentíamos medio jalados sin haber asistido a clase alguna. El primer día de clases fue el preludio de lo que nos esperaba, el aula estaba atiborrada con alrededor de 65 estudiantes, más del 50% de los mismos pertenecían a niveles superiores que llevaban el curso por segunda vez y en algunos casos por tercera ocasión.
Y se iniciaron las charlas magistrales, las primeras tareas y los primeros exámenes. Y el terror comenzó a materializarse, a cobrar vida. El primer examen parcial arrojó el terrible saldo de más de 50 alumnos desaprobados. Era obvio que ninguna estrategia para aprobar había rendido buenos frutos: ni los grupos de estudio, ni los resúmenes, ni la lectura de libros de 10 Kg de peso, ni los diversos métodos de plagio, nada.
Por aquellos días llegó a mis manos un ejemplar de la revista sabatina “Somos” del periódico El Comercio, en el que ¡oh casualidad!, había un pequeño artículo en el cual se detallaba la insana costumbre de los alumnos universitarios limeños, de recurrir a ciertos fármacos para doparse o “pepearse” con fines netamente académicos. La idea era consumir “pepas” para no dormir y poder estudiar sin descanso durante largas jornadas. Entre las pastillas de mayor uso en Lima, destacaba el Tenuate Dospan (empleado médicamente para suprimir el apetito), que desde ese momento se convirtió en el adalid de nuestra nueva estrategia para estudiar bioquímica.
Como Tenuate Dospan sonaba muy complejo, lo rebautizamos como “tolueno”. En un primer momento su éxito entre los estudiantes de bioquímica de mi promoción fue rotundo, en poco tiempo su consumo se expandió a toda la clase, y sin proponérselo, antes de la culminación de aquel semestre, se convirtió en el producto de uso cuasi obligado de gran parte de los alumnos de nuestra facultad.
Decir que aquella pepa nos solucionó los problemas relacionados con la aprobación de nuestras asignaturas, en especial de nuestra bestia negra, sería mentir. Con sinceridad, pienso que nos complicó aún más la vida. Una causa de esto fue el no haber leído las letras pequeñas del artículo de Somos, donde sin querer (es un decir) se explicaba la forma “correcta” de usar la droga en cuestión: administrar una dosis de media pastilla por persona, no una ni dos en una sola noche/madrugada, como muchos compañeros empleaban; no empezar a estudiar de forma inmediata luego de pepearse, es decir, descansar (no dormir) al menos una hora antes de revisar los apuntes y libros; y sobre todo, no consumir el producto sin prescripción médica. ¿Se imaginan pidiéndole al galeno que nos recete Tenuate Dospan para estudiar bioquímica?
Los resultados de tal consumo se evidenciaron al poco tiempo: en muchos de mis compañeros el efecto del fármaco fue contrario a lo esperado, lejos de mantenerse despiertos, caían en los brazos de Morfeo de forma casi inmediata, tal fue el caso de Tony, Manuel y Nelson; en otros amigos como Christian, el efecto se duplicaba, pues eran capaces de estar sin dormir por periodos superiores a las 18 horas, con sus respectivas secuelas (pupilas dilatadas, irritabilidad, palidez e inapetencia); pero el caso más extremo fue el de Sandra, quien terminaba con los nervios destrozados 12 horas después de ingerir la pepa (con desmayos y convulsiones incluidas). En síntesis, luego de un semestre de uso continuo de la famosa droga, estábamos seguros de que los resultados finales podrían ser peores a los imaginados, pues además de no levantar significativamente nuestras calificaciones, estábamos poniendo en serio riesgo el cogote.
Finalmente, como era de esperarse, solo un puñado de compañeros aprobamos el curso. En mí caso, no creo que haya sido por mi dedicación académica ligada al consumo de tolueno, sino más bien por simple compasión de la cátedra. Al fin y al cabo, mantener el statu quo de la asignatura, incluía que, al menos algunos estudiantes aprobaran. Yo estaba dentro de ese algunos, seguro gracias a la curva de Gauss o a cualquier otro sortilegio estadístico (o golpe del destino).
En cuanto al popular tolueno, su uso se descontinuó. Con el pasar de los meses, unos pocos lo siguieron utilizando de modo regular para otras asignaturas menos dramáticas, y uno que otro irresponsable, lo empleó hasta culminar la carrera ¿?.
Sobre mis pocos conocimientos relacionados con bioquímica no me quejo: sé que los sillares estructurales de las proteínas y los lípidos son los aminoácidos y los ácidos grasos, respectivamente; que no es oportuno consumir polisacáridos en horas nocturnas pues nuestro organismo es lento para metabolizarlos en ese horario; entre otras curiosidades. Sin embargo, me parece que la mejor lección que me dejó la cátedra (léase catedráticos) fue: cómo transformar una materia tan interesante y fundamental, en un mero escollo que había que franquear a como dé lugar, para terminar el semestre con el promedio en azul. Con o sin fármaco de por medio.

jueves, 7 de junio de 2012

¿Éramos unos niños? La promoción 92 y el culto a la verga

En aquellos años las hormonas alborotaban nuestras mentes y cuerpos. Mientras nuestros padres asumían que en las aulas sus hijitos estaban súper bien controlados por profesores, auxiliares y jefes, la realidad era otra. Nosotros, adolescentes de 12 a 13 años no escatimábamos en demostrar el morbo que se manifestaba como una explosión entre nuestras piernas. La exposición a pornografía en el colegio era casi tan regular como el matinal desayuno y hacer notar al compañero nuestras potentes erecciones, elevaban nuestro ego de macho cuasi acomplejado hasta el infinito.
En esos años se me quedaron grabadas tres escenas elementales relacionadas con nuestro culto a la verga.
La primera escena se remonta hacia 1990, uno de los incorregibles pendencieros del 3ro “A”, el “chejo Mejía*” no encontró mejor forma de desfogar sus inquietudes que “pajearse” públicamente cada vez que un profesor lo castigaba por bullanguero o impertinente. ¿Cómo lo hacía? Sencillo, casi siempre el castigo consistía en obligarlo a mantenerse parado tras de un ancho armario, de este modo quedaba totalmente expuesto a la clase y plenamente escondido de la mirada inquisidora del profe.
Desde esa “privilegiada” posición, el chejo no encontraba mejor manera de burlarse del castigo, que sacarse el falo y acto seguido correrse una paja de campeonato, poniendo para ello la expresión más degenerada que un rostro de 13 años pueda tener. Lo más extraño de esto fue que al chejo nunca lo descubrieron, nadie lo delató, ni siquiera nuestras risas escondidas en plena clase.
La segunda escena se dio ese mismo año, pero esta vez el protagonista fue el “loco Arellano*”. El modus operandi fue similar al del chejo. Solo que al loco lo pillaron in fraganti, es decir: con la mano en el mazo. La víctima en esa ocasión fue la profesora de química, la misma que cada vez que escribía en la pizarra sus famosas fórmulas llenas de enlaces de carbono o hidrógeno, no imaginaba que despertaba en el loco sus pasiones onanistas. Un buen día, sin proponérselo, la profesora giró de modo intempestivo y “mierda, me cagué” habrá pensado el loco en un microsegundo, pues inmediatamente se escuchó el grito (apagado) de la maestra, “¡¡ARELLANO…!!”, e inmediatamente le señalo la puerta del aula. El loco se apresuró en cerrar la cremallera de su pantalón bajo el inminente riesgo de molerse el pellejo de las bolas, y tuvo éxito.
A pesar de la gravedad del asunto, me atrevo a pensar que el hecho casi pasó desapercibido por los demás compañeros en el aula. Lo bueno para el loco es que no lo botaron del colegio, ni siquiera le clavaron una de las famosas fichas de incidencia. Pasó piola.
La tercera escena se me hace la más entretenida de todas, casi surrealista. Creo que fue en 1991. Nuestra sección, me parece, siempre albergó a los mejores dibujantes de esos años. El “pelacho” Yuri A., era  uno de ellos. Aquel día era la clase inaugural de OBE a cargo de la profesora Leandra L., quien también se inauguraba como profesora en el San Agustín. Después de darnos una charla introductoria aburridísima sobre el comportamiento de los jóvenes adolescentes de los colegios particulares y su comparación con los estatales, procedió a darnos el primer encargo como maestra: cada alumno debía elaborar una especie de proyección conductual futura basándose en nuestra situación actual, en otras palabras, debíamos escribir sobre las cagadas que éramos y que íbamos a hacer para mejorar esto. En una sola cara sin necesidad de poner el nombre.
A todos nos jodió esta tarea (como siempre), y mucho más al pelacho. “Yuri, ¿ya terminaste?” le pregunté al cabo de unos minutos, me llamó la atención lo desordenada que estaba su carpeta aquel día. “Nada chuspi…estoy dibujando” me respondió el pendejo. Me puse de medio lado y vi que mi compañerito estaba sombreando una hermosa verga circuncidada, con todas las venas y nervios en su sitio, digno de un apunte de Miguel Ángel o Da Vinci. “Oye rosquete, ¿qué puta haces?” le pregunte aguantándome la risa. “Nada chuspi, dibujar esta huevada es mejor que hacer esa tarea de mierda”.
Di por terminada la charla y me dispuse a terminar  la asignación pendiente. Al cabo de unos minutos noté que mi compañero también se había decidido a cumplir con la tarea, total, no se trataba de decepcionar a la maestra en su primer día. Faltando 10 minutos para el término de la clase, la profesora Leandra nos pidió entregar la respectiva hojita. Luego de unos minutos en los que la maestra revisaba los escritos, noté que Yuri revisaba de forma casi desesperada su carpeta. “¿Qué buscas?” le pregunté, “¡mi pinga chuspi, mi pinga…no la encuentro!”.
Tuve una revelación: el despistado de Yuri había desarrollado la asignación en la cara en blanco de la hoja donde había inmortalizado la monumental verga. Y no me equivoqué. Lo noté en la expresión desencajada de la maestra cuando tuvo entre sus manos esa joya de dibujo. Sin dirigirnos la palabra hizo llamar al jefe de normas y una vez en el aula, Gamboa, con su típica postura detectivesca ubicó en pocos minutos al autor intelectual/material de semejante obra.
A Yuri tampoco le fue mal. Apenas una ficha de incidencia. Hicieron llamar a su padre, llevaron a ambos al psicólogo del colegio. Me inclino a pensar que el dibujo llegó hasta las manos del buen “tufo” nuestro maestro de arte y seguro recibió las felicitaciones del caso. Quién sabe, tal vez el dibujo está enmarcado y colgado en alguna alcoba de jubilada del magisterio. Sería una pena que haya encontrado su fin en una papelera del colegio.
En ese entonces, si que éramos unos niños…
*Se usaron apellidos falsos para proteger la verdadera identidad de los protagonistas de estas historias. :D

jueves, 29 de marzo de 2012

Historia de una refrigeradora iquiteña

A mediados del año 2006, un amigo muy querido retornaba a Iquitos de vacaciones luego de estar por espacio de dos años en España realizando estudios de doctorado. En aquella ocasión pudimos almorzar juntos y él se mostraba sumamente complacido por las ventajas que Europa ofrecía a las comunidades de inmigrantes, sobretodo en aspectos como el laboral, la salud o la educación. Dentro de esta misma charla y acaso como un colofón, procedió a dar un ejemplo sencillo para demostrar la prosperidad que le ofrecía el viejo mundo: “...viejo, mi refrigeradora siempre está llena, ahí están los embutidos, las carnes, las verduras, frutas, leches, y en galones está la Coca Cola, entonces nada que ver con mi refrigeradora en Iquitos”.
Esta frase quedo sonando en mi cabeza por mucho tiempo, y es que el ejemplo era, en cierta medida decididamente cierto. Recordé que mi amigo al igual que yo y muchos de mi generación  (entre los 30 y 40 años) experimentamos en carne propia, lo que he llamado el “síndrome de la refrigeradora vacía”, consistente en abrirla compulsivamente cada vez que pasábamos cerca de ella, a pesar de saber que no íbamos a encontrar absolutamente nada, esto ocurría en promedio unas 50 veces al día. Una de las causas fueron las políticas económicas de los gobiernos, particularmente en la década de los ochenta.
La primera refrigeradora que tuvimos en casa fue de la marca Sanyo, era – desde mi perspectiva – preciosa: era un frigobar de una sola puerta; con capacidad de 60 litros; acabado tipo madera, diseño característico de la época; con manija de forma circular semejante al timón de un auto. Lo compró mi padre junto con un televisor de la misma marca, como un regalo a mi familia unos meses antes que sea trasladado por el Instituto Peruano de Seguridad Social – IPSS hasta Pucallpa (para siempre).
En aquella época podríamos decir que nuestra “refri” era un adorno de lujo, en realidad no era funcional, o para utilizar una mejor frase “no se empleaba en todo su potencial” la mayor parte de las refrigeradoras en Iquitos tenían solo tres o cuatro cosas en promedio, a saber: un poco de mantequilla (digo un poco porque en la mayoría de los casos se compraba a granel); una raja de limón o toronja a medio exprimir, o seca o medio seca; una bolsa de leche Enci en polvo (causante de tantas asfixias caseras y metidas del dedo en el paladar); hielo en abundancia y alrededor de veinte litros de agua en recipientes de todo tipo (mayoritariamente de vidrio).
Seguro que en algunos hogares esto variaba un poco, y en todos había pequeños periodos durante el mes donde se podía encontrar más diversidad, pero en general esa era la radiografía de una refrigeradora iquiteña y por qué no, peruana.
Mi refri, herencia de mi padre, sobrevivió hasta inicios de los años 90 (con cambio de motor incluido) y fue vendida por mi madre a un precio de regalo. Desde ese entonces tuvo que pasar una década antes de adquirir una refri nueva, en realidad en mi casa casi no la necesitábamos (lo mismo que decir no teníamos plata para comprarla). Solo éramos tres personas: dos universitarios y una empleada pública, cuando queríamos algo helado íbamos a la bodega más cercana.
Ahora las cosas han cambiado – mejoras macroeconómicas, chorreo, goteo o lo que fuere – abro la refrigeradora y veo de todo: verduras y frutas costeñas; yogures junto a la leche que mis hijos nunca toman en el desayuno; embutidos y quesos; tres frascos de vidrio con encurtidos caseros que casi nunca como; una docena de huevos; una botella a medio llenar de champagne San Francisco de las últimas fiestas navideñas; una botella de vino esperando una celebración que nunca llega; y brillando por su presencia: la mantequilla, la raja de limón medio seco y agua en cualquier envase de plástico.
No necesito abrir la refrigeradora de mis vecinos y amigos para saber que casi todos tienen más o menos lo mismo. Me pregunto si se trata solo de economía, claro está que esto ha influido bastante, pero tal vez antes comíamos más sano, más natural, consumíamos lo justo, no teníamos que estar acumulando cosas que no consumimos, cosas que además están llenas de conservantes que a la postre son la causa de tantas alergias. Supongo que también tiene un poco que ver eso. En todo caso, pienso que el contenido de una refrigeradora no necesariamente puede ser un indicador del bienestar integral de una persona o peor aún, de una familia.
Por ello, en medio de la crisis europea que golpea tan intensamente a España y a otros países, me pregunto si esto se reflejará en el contenido de la refrigeradora de las personas, y como me quedan algunas dudas sobre ello, esperaré la pronta respuesta de mi buen amigo.

domingo, 22 de enero de 2012

De la víbora su comida – relato acerca de un sofisticado insumo gastronómico

La clásica imagen de un postre que se respete, no puede estar exenta de una cereza que lo corone. Tanto los helados de distintas variedades, así como los pasteles para toda ocasión, incluyendo algunos cocteles, poseen esta peculiar característica como un toque de distinción o sibaritismo que el chef, maestro pastelero o barman, confiere a su creación.
Una buena amiga – linda representante de la mujer de Yurimaguas – me comentó hace pocos días, que en uno de los últimos viajes que realizó a la ciudad de Lima por cuestiones laborales, tuvo la ocasión de disfrutar de la alta cocina de algunos restaurantes ubicados en  exclusivos hoteles de la capital. Grande fue su sorpresa cuando en uno de ellos, llegada la hora del postre, le sirvieron un refinadísimo pastel, cuyo nombre no recordaba pues era bastante complicado de pronunciar.
La causa de la sorpresa era que, en lugar de la excelentísima y rubicunda cereza coronando el manjar, se encontraban tres pequeñas bolitas de un tono anaranjado tenue con tonalidades iridiscentes, que semejaban canicas de vidrio finamente elaboradas. Mi amiga, no podía despegar los ojos del postre (que aún no había probado) ya que experimentaba cierta familiaridad al observar esos pequeños ¿frutos?, tardo varios segundos en descifrar el enigma.
-          Claro pues, ya decía yo – pensó mi amiga.
-          Si, estos “huayos” son “mullacas”, que ya vuelta hacen acá – seguía divagando ella, esbozando una radiante sonrisa que no pasó desapercibida entre sus acompañantes.
Posteriormente, las personas que la acompañaban escucharon con deleite una breve descripción sobre el origen y algunas de las características del fruto que coronaba el postre y que mi amiga conocía perfectamente como cualquier otro hijo o hija nacida en nuestra Amazonía.
Escuché el relato de mi amiga sumamente interesado, en verdad hasta ese momento no había caído tan en cuenta del rollo que en los últimos años los medios de comunicación han generado en relación a  los insumos que la región andina y amazónica ha venido aportando para el reciente boom de la gastronomía nacional.
Estos insumos, usualmente mal catalogados en nuestro propio país como “insumos exóticos”, no son más que insumos nativos - en el sentido amplio de la palabra, lo nativo en el Perú definitivamente no es muy reconocido, por tanto suele ser excluido o mal nombrado - han sido objeto de análisis y colecta con fines de investigación culinaria y uno de sus más fervientes promotores es el reconocido chef Pedro Miguel Schiaffino, dueño del restaurante Malabar.
Schiaffino, además de otros destacados chefs, han ido incorporando en la carta de sus restaurantes, platos elaborados en base a productos de la biodiversidad amazónica, valorando no solo las sensaciones que produce en los paladares, sino además su aporte nutricional, todo ello con una connotación ecológica y social, que aún está en pleno desarrollo e investigación. No será raro que en el futuro, la Amazonía aporte una amplia gama de insumos de la biodiversidad para el desarrollo de la gastronomía, insumos que hoy son ignorados o poco valorados en nuestra propia tierra.

Aunque muy probablemente el fruto observado por mi amiga era el aguaymanto, cuya especie más reconocida Physalis peruviana, es de origen andino, nuestra especie de origen amazónico, Physalis angulata, comunmente llamada bolsa mullaca o simplemente mullaca, tampoco está pasando desapercibida ante los ojos del Perú y el mundo. La mullaca es una planta silvestre pionera tipo herbácea que se desarrolla como parte de los procesos de sucesión natural en zonas sujetas a periodos de inundación de los grandes ríos amazónicos, y que además se dispersan con gran facilidad hacia las purmas o chacras ubicadas en el interior del bosque, llegando a desarrollarse en densidades difíciles de controlar, hasta el punto de ser considerada como “mala hierba” por muchos pobladores de la región.

No obstante ello, sus frutos tienen un agradable sabor, por lo que no dejan de ser comercializados en los mercados de los centros poblados y principales ciudades amazónicas. Sin embargo, al ser considerado un fruto de calidad inferior por su naturaleza silvestre, no alcanza precios altos, las bolsas de ¼ de Kg se venden a S/. 0.50 en el mercado Belén, y su venta es complementaria al comercio de otros productos agrícolas de mejor cotización.


Los ancianos, cuando nos veían comiendo los frutos de mullaca que de niños “cosechábamos” de los hierbales ubicados en los alrededores de nuestro barrio, solían decirnos lo siguiente: “¿qué pues hacen comiendo mullaca?, ese huayo es la comida de la víbora”. Seguro nuestros abuelos se sorprenderían si les contáramos que los grandes cocineros del Perú desde hace algún tiempo vienen incorporando a nuestra humilde mullaca en sus postres de $ 10 la porción, y al parecer, esto solo sería el principio.

jueves, 19 de enero de 2012

La selva de los excesos

“De esta manera los nuevos ricos loretanos utilizaron y despilfarraron sus recién adquiridas riquezas en exquisiteces tales como lavar sus vestimentas con agua importada de Europa, o mejor aún, enviar su ropa para ser lavadas en España, Portugal, o Inglaterra…”
La Región, Edición especial de colección. Fundación del Puerto Fluvial de Iquitos 148º Aniversario. Exquisitas curiosidades iquiteñas. Publicado el 5 de enero de 2012. (En Vílchez, P. Un momento de Iquitos [basado en el 9 de noviembre de 1926]. Publicado en la revista Proceso. Año XXXII. Nº 81. Enero-Febrero 1998. Página 8)

Caso I
-  Teddy, por favor sepárame tres paquetes de agua San Luis sin gas, tamaño familiar – solicita una robusta mujer, representante de una poderosa trasnacional, al dueño de una bodega ubicada en un remoto pueblo amazónico.
-  Claro ingeniera, al toque – le responde el dueño del local. Unos segundos después el hombre separa los tres paquetes, verifica las 18 botellas, cada una de 2.5 litros y las traslada hasta un ambiente ubicado en la parte posterior de su negocio.
El técnico de la posta observa la escena con aburrimiento, unos minutos antes conversaba con Teddy sobre algún banal tema.
-       Teddy, ¿A dónde llevas esas botellas?, la ingeniera está en el puerto y parece que ya va a partir – le advierte.
-       No técnico, esa agua no es para su viaje, esa agua es para que se bañe.
-       ¡No jodas!, ¿para qué se bañe?, me cagaste. Bueno, en realidad tú no me cagaste, me cagó ella. El que debería bañarse con San Luis soy yo, a ver si así me limpio de toda la mierda con la que me acaba de ensuciar la ingeniera.
-       Ja, si pues, pero ella siempre se baña así cuando llega acá y mientras me pague por el agua yo no me hago problema, al contrario.
-       Si pues – le responde el técnico – ni que fueras cojudo, tú solo estás vendiendo.
Caso II
Llevo la vida de un triste payaso que ríe por fuera y llora por dentro, mis amigos me ven sonreír pero no saben que estoy destrozado de amor…
El coro del tema “Triste payaso” de la orquesta Papillon, se repite incesantemente en el equipo de sonido de la familia Alegría, dueños del único bar bodega del pueblo. Esa mañana recibieron la visita del joven Segundo o “Shego”, poblador de una comunidad vecina. El personaje en cuestión – admirador de la hija única de esta familia – acaba de retornar a la zona luego de estar trabajando por espacio de tres meses en “la compañía”.
Son más de las tres de la tarde y Shego – no mayor de 23 años de edad – anda bastante borracho, el disco de cumbia que escucha tiene otras canciones de diferentes agrupaciones musicales, pero a él solo le interesa “Triste payaso”.
Reproduce de modo persistente el mismo tema desde hace varias horas. A los vecinos de los Alegría ya los tiene cojudos. Pero se aguantan. Algunos se acercan a conocer el motivo de tal frenético y repetitivo devaneo, y terminan sentados, libando las cervezas que les convida Shego.
-  Suegrita, ¡tres más! – vocifera el joven, confiado en su abultada billetera, amo y señor del lugar.
-  Sheguito, te aviso que solo me queda una cajita de Pilsen, pero tengo bastante Iquiteña…
-  Suegra, para que veas que te consumo, aparte de las tres Pilsen, también dame tres Iquiteñas de mierda.
Shego se carcajea, y los acompañantes lo imitan.
No hay licor que me ayude a saciar mi dolor, no hay mujer, que me ayude a olvidar este amor…
-  Toma Sheguito, tres Pilsen y tres Iquiteñas – la mujer le entrega las cervezas al joven y le dirige una sonrisa cómplice a su hija.
-  Ya suegra, para que veas que yo te consumo está porquería aunque no me guste.
El tipo pide los vasos a la media docena de gorreros, los pone en fila. Coge una botella de Iquiteña y sirve la cerveza en cada vaso hasta la mitad, seguidamente coge uno por uno los vasos, mete los dedos, revuelve el contenido. Los “lava”, luego arroja al piso la cerveza de cada vaso, se “lava” las manos con otro tanto de Iquiteña, y finalmente sirve Pilsen.
Los idiotas que lo rodean celebran la ocurrencia. Palmas en la espalda, carcajadas, bravos. Shego se siente el rey, lo máximo.
Esa es mi vida, así vivo yoooooooooooo, así muero yooooooooooooooooooo…
Leyendas amazónicas de exceso
Cuentan que a finales de la década de los 70 e inicios de los 80, años en los que el narcotráfico era una actividad que se realizaba de manera más que solapada en Iquitos, los excesos eran el pan de cada día, en especial en pueblos y ciudades cercanas a la frontera tripartita conformada por Perú, Colombia y Brasil.
Uno de los hechos cotidianos más pintorescos (o cinematográficos) era la legendaria encendida de cigarros con billetes de cualquier denominación de la época: soles, cruzeiros o pesos. Y aunque en esos años la moneda más valorada era el dólar americano, las denominaciones bajas (de $1 ó $5) tampoco escapaban a esta combustible práctica. Obviamente, muy pocos podían “presumir” de ello.
Algo que nació en esa época y que en cierta forma se mantuvo hasta ahora (por lo menos en el imaginario popular) es la “cerrada de bares”, también íntimamente ligada a actividades ilícitas. Iquitos parece no haber sido la excepción a este tipo de actos. Sin embargo, parece que esto fue más común en zonas rojas como Tocache, Uchiza o Saposoa, en estas localidades el terrorismo unido al narcotráfico generó un movimiento económico paralelo, hablamos de pequeñas economías aisladas de la política económica peruana, que tenían al dólar como moneda oficial. En ese contexto cerrar un bar era casi un chiste. Terroristas, narcos y militares lo hacían rutinariamente.
Los narcos colombianos tuvieron una fama muy bien ganada debido a las millonarias contrataciones de actores, cantantes o agrupaciones musicales para realizar shows privados. Con el correr de los años muchas de estas estrellas tuvieron que expresar disculpas públicas por haber asistido a tales eventos, escudándose en que no sabían quién los contrataba. Sin embargo, me parece que los pioneros en esta línea fuimos los iquiteños. La diferencia estriba en que, mientras los colombianos hacían shows privados, nosotros organizábamos festivales musicales masivos. En esos colosales años no era de extrañar la presencia de Bosé, Manzanero, Carrá o el grupo Parchís en nuestra ciudad. Quizá me equivoque y esto no fue de ninguna manera un exceso, fue más bien una “justificación”.