"...exclusión es, en buena cuenta, el otro nombre del Perú"
Jorge Bruce
Hace unos meses durante un partido de “fulbito” en una canchita casi perdida de La Pradera en Iquitos, exasperé a uno de mis compañeros en pleno juego. Éste reaccionó con un grado de agresividad verbal, hasta cierto punto justificable.
De los muchos calificativos con los que mi compañero me catalogó en aquel momento, uno de ellos me llamó poderosamente la atención, no el más grosero o temerario, por el contrario, el que me sorprendió fue en apariencia el más inocente de ellos: “cagaaceite”. Posteriormente, esto permitió que meditara acerca de un tema relacionado a un tipo de intolerancia que suele pasar desapercibida pero que está muy vigente en nuestras expresiones y acciones.En nuestra región (y en otras), se suele catalogar como cagaaceite, a la persona que “no llega a los talones de otra” en virtud a varios factores: solvencia económica, experiencia laboral, éxito amoroso, estilo de vida, nivel de educación, entre otros, pero que se caracterizan por poseer un mismo patrón: el “cagaaceite” es cronológicamente menor, dicho de otro modo y siguiendo la misma línea peyorativa: es un “muchacho”.
No podemos negar que desde hace varios años, se han dado varios pasos positivos en la lucha contra el tema de la discriminación y la intolerancia en nuestro medio. Nuestra constitución, numerosas leyes y el sentido común de las personas, amparan la condición de igualdad en relación a la raza, el género o la religión. Desde otorgar el derecho a voto a las mujeres, pasando por brindar igualdad de oportunidades laborales a personas discapacitadas, nuestro país ha dado muestras inequívocas de reconocimiento de un problema fuertemente enraizado, aunque - como sociedad - aún no hayamos encauzado la totalidad de esfuerzos que tiendan a debilitar una estructura invisible, pero más que nunca presente en nuestra cotidianidad.
En el caso de las culturas amazónicas, el respeto a la sabiduría y a la experiencia siempre ha sido una piedra angular en la vida de estas comunidades. Los apus, curacas o generales podían ser adultos en la plenitud de sus capacidades, o podían ser ancianos, quienes tenían como virtud adicional, la condición de sabios, logrando ejercer el poder político o militar de sus pueblos de forma satisfactoria, del mismo modo que los ancianos curanderos o brujos asumían el poder religioso o espiritual.
Los jóvenes ingresaban al mundo de los adultos a través de distintos ritos: someterse a castigos físicos como masticar ajíes picantes; demostrar sus cualidades como cazadores o guerreros; participar en rituales como la aplicación de tatuajes; o perforarse u ornamentarse la piel como en el caso de los “Orejones”, que se perforaban y extendían por primera vez los lóbulos de las orejas al llegar a la mayoría de edad (inferior a nuestros 18 años). Una vez ocurrido esto, asumían de forma plena sus nuevos deberes y obligaciones y se ganaban el respeto de sus coterráneos de acuerdo a su nueva condición.
En el periodo republicano es fácilmente identificable una expresión que nació desde la perspectiva de Manuel González Prada como una reacción a la inercia y mediocridad de nuestros líderes políticos y militares después de la Guerra del Pacífico: “los viejos a la tumba, los jóvenes a la obra”, es evidente que la carga radicalmente discriminatoria de la frase, obedecía a la amarga sensación dejada en la sociedad peruana, especialmente la limeña, a raíz del humillante episodio vivido a partir del accionar de las huestes chilenas en nuestro territorio. Sin embargo, la frase mantuvo vigencia, enmarcada en un contexto muy diferente - es un decir - al de la época en que fue concebida.
Diferentes culturas tienen disímiles miradas acerca de los mismos temas. El año pasado leí un interesante artículo en el cual se hablaba del vuelco generacional que nuestro Ministerio de Relaciones Exteriores había tenido en cuanto al reclutamiento de personal cada vez más joven como funcionarios de alto nivel (edad promedio inferior a los 30 años), y la preocupación de personas vinculadas al sector que temían, no tanto por la capacidad de los funcionarios, sino por la percepción de nuestros contrapartes, especialmente de países asiáticos como el Japón, quienes tradicionalmente designan como funcionarios a personas con gran experiencia y avanzada edad. Imagino que preocupaba el hecho de tener que lidiar con “viejos”, desde un punto de vista, o tener que lidiar con “críos”, desde el otro punto de vista.
En nuestro país, la conquista, el mestizaje, la evangelización y la modernidad, entre otros factores, han jugado un papel importante en estos cinco últimos siglos, contribuyendo a la pérdida de la identidad de ciertas culturas (como nación nunca la tuvimos) y también al respeto y consideración de los diferentes grupos generacionales, creando brechas evidentes que en muchos casos se manifiestan de forma “inocente” en nuestro diario transcurrir. Prueba de ello son los avisos que hasta hace poco ofertaban puestos de trabajo, donde era común leer como absurdos requisitos: “edad: de 25 a 35 años” o “experiencia mínima de 10 años”, finalizaban con un: “abstenerse quienes no cumplan con todos los requisitos”. El resultado: el puesto quedaba vacante, debido a que los que tenían la experiencia bordeaban los 40, y los que estaban dentro del rango de edad solicitado no tenían la experiencia.
Muchas sociedades modernas, aprovechan al máximo el potencial de los jóvenes que se insertan en “el mundo de los adultos”, cualidades como la innovación, creatividad y pro actividad, son bienvenidas en tiempos cada vez más competitivos. Esto, de ningún modo debería significar el desplazamiento y mucho menos la sustitución de otros grupos generacionales, siempre que estos tengan a la adaptabilidad y la resiliencia como características afines a sus capacidades profesionales. La experiencia y la capacidad para reaccionar ante situaciones inesperadas, así como las cualidades para asesorar y dirigir, son precisamente virtudes que no caracterizan (salvo excepciones) al grupo de los jóvenes.
El mundo no es sólo para los niños, los adultos o los ancianos, es para todos, lamentablemente, sea cual sea nuestra ubicación cronológica, siempre estamos expectantes ante la posibilidad de ser disminuidos o desplazados y ello genera reacciones que activan nuestros prejuicios. Emplear adjetivos y expresiones como: “muchacho/a”, “cagaaceite”, “estar en pañales”, “vejestorio”, “tío/a”, dependiendo de la connotación con la que se haga, muestra que discriminamos generacionalmente, y que, en algunos casos lo hacemos sin siquiera darnos cuenta de ello.
Insisto en la tesis de reconocer el problema en cada uno de nosotros antes de enfrentarlo para poder superarlo, la intolerancia a través de sus múltiples expresiones es casi un estigma que debilita las pretensiones de vivir en una sociedad más armónica y justa.

Amigo mío, siempre será mejor, según por donde se mire, "cagar aceite" que "perder aceite" no lo crees?....Excelente publicación!
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