Uno de los cursos universitarios que los estudiantes de
biología de la UNAP de los años 90 recordamos con beneplácito, fue sin duda el
de anatomía humana. A diferencia del matador curso del mismo nombre que se
dictaba para los estudiantes de la facultad de medicina, el nuestro era la
oportunidad perfecta para mejorar el promedio ponderado al final del semestre.
Nuestro profesor, el Dr. Reyna, un connotado traumatólogo de
la ciudad, desarrollaba su curso teórico sin mayores presiones, dictaba las
clases amparado en las notas de un vetusto cuaderno; asignaba trabajos
monográficos mensuales; establecía una agenda de exposiciones grupales; cumplía
con el cronograma de exámenes parciales y finales según el calendario
académico; en fin, no exigía de nosotros más que lo mínimo para aprobar el
curso. Su frase favorita cuando se aproximaba un examen era: guerra avisada, solo mata a los tontos.
Cuando el semestre se encontraba ad portas de concluir y con el fin de alentarnos para realizar un
último esfuerzo y redondear nuestro desempeño, nos hizo la siguiente propuesta:
-
Estimados estudiantes, a lo largo de este
semestre ustedes han sido uno de los mejores grupos que he tenido en esta
asignatura. Por ello, he decidido motivarlos para el cuarto examen parcial que
rendirán la próxima semana. Ese día calificaremos no solo los conocimientos
adquiridos, sino también la presentación personal (¿?).
-
Es decir, asignaré dos puntos adicionales en actas,
a todas las damas y caballeros que asistan con sus mejores galas ese día.
Demás está decir que todos nos miramos las caras con
sorpresa, duda y diversión. Un rumor fue creciendo en el aula y desde mi
posición empecé a captar ciertos comentarios:
huevadas quiere hacer el Dr; qué
manera de burlarse de nosotros; se
cree pendejo el Dr; entre otras frases de distinto tenor. De una cosa
estábamos seguros la mayoría, la propuesta no podía ser más que una de las
muchas bromas con las que el profesor amenizaba sus clases.
El Dr. Reyna esperó pacientemente que los rumores se
disiparan y con una taimada sonrisa nos repitió la propuesta y dio por
terminada la clase:
-
El día del examen los espero con sus mejores
galas, pueden retirarse.
Demás está decir que la mayoría de los estudiantes nos
cagamos en la noticia. Claro que le dedicamos al curso el tiempo suficiente
para repasar nuestros apuntes y listo. En ningún momento cruzó por mi cabeza y
tampoco por el de la mayor parte de mis compañeros tener que ataviarnos con
alguna prenda en especial. Llegada la fecha esperada, fuimos vestidos con
nuestros trapos de siempre.
Ya instalado en la parte central del aula, solo quedaba
esperar la llegada del Dr. Reyna para rendir el último parcial. Andaba medio
distraído en cualquier cosa, que apenas percibí algunas risas y comentarios del
resto de la clase, volteé intrigado y me encontré con que dos de mis compañeros
habían ingresado al salón ¡oh sorpresa! totalmente enjaezados, lucían
ELEGANTÍSIMOS. Ellos, una pareja de enamorados, se asemejaban a unos escolares
el día de su fiesta de promoción, estaban lindos y radiantes. Él, de zapatos
acharolados, pantalón al filo, camisa blanca manga larga y corbata color concho
de vino, y ella, con un vestido de tafetán perla y recién peinada en algún
unisex de la zona.
-
Parecen testigos de Jehová – mencionó en voz
alta uno de nuestros compañeros, causando la hilaridad general.
No acabamos de salir del susto, cuando hicieron su entrada
triunfal dos de nuestras compañeras escoltadas por el Dr. Reyna, quien lleno de
majestuosidad, no hacía más que alabar la incomparable belleza de sus
acompañantes.
-
Buenas tardes jóvenes, permiso por favor,
aprendan de estas dos preciosas damas que me acompañan, ellas si captaron la
importancia de estar bien presentadas en este día tan importante.
Nuestras compañeras, dos de las estudiantes más aplicadas de
toda la facultad, lucían vestidos ´primorosos que las asemejaban a dos de las
princesitas Disney, además de estar perfectamente maquilladas y peinadas para
la ocasión.
De este modo, el pasadizo principal del aula se convirtió en
una pasarela improvisada para el Iquitos Fashion Day privado del Dr. Reyna; dos
muñecas de torta y dos testigos de Jehová se constituyeron en la envidia de
toda la clase de anatomía humana. No hubo aplausos ni fotos, si en cambio,
risas y escarnio, pero esto solo obedecía a la maldita desazón que corroía el
interior del resto de estudiantes (me incluyo), por ser poco previsores y haber
perdido la oportunidad de inmortalizarnos participando en tal magno evento.
No recuerdo con exactitud cuál fue mi calificación asentada
en el acta de anatomía, lo cual finalmente fue poco trascendente. Lo interesante fue comprobar la inutilidad de ciertos gestos universitarios, sobre todo aquellos ausentes
de perversión. Lo perverso, en definitiva es mi linea de acción favorita.

