miércoles, 23 de abril de 2014

El Iquitos Fashion Day en la clase de anatomía


Uno de los cursos universitarios que los estudiantes de biología de la UNAP de los años 90 recordamos con beneplácito, fue sin duda el de anatomía humana. A diferencia del matador curso del mismo nombre que se dictaba para los estudiantes de la facultad de medicina, el nuestro era la oportunidad perfecta para mejorar el promedio ponderado al final del semestre.

Nuestro profesor, el Dr. Reyna, un connotado traumatólogo de la ciudad, desarrollaba su curso teórico sin mayores presiones, dictaba las clases amparado en las notas de un vetusto cuaderno; asignaba trabajos monográficos mensuales; establecía una agenda de exposiciones grupales; cumplía con el cronograma de exámenes parciales y finales según el calendario académico; en fin, no exigía de nosotros más que lo mínimo para aprobar el curso. Su frase favorita cuando se aproximaba un examen era: guerra avisada, solo mata a los tontos.

Cuando el semestre se encontraba ad portas de concluir y con el fin de alentarnos para realizar un último esfuerzo y redondear nuestro desempeño, nos hizo la siguiente propuesta:

-          Estimados estudiantes, a lo largo de este semestre ustedes han sido uno de los mejores grupos que he tenido en esta asignatura. Por ello, he decidido motivarlos para el cuarto examen parcial que rendirán la próxima semana. Ese día calificaremos no solo los conocimientos adquiridos, sino también la presentación personal (¿?).

-          Es decir, asignaré dos puntos adicionales en actas, a todas las damas y caballeros que asistan con sus mejores galas ese día.

Demás está decir que todos nos miramos las caras con sorpresa, duda y diversión. Un rumor fue creciendo en el aula y desde mi posición empecé a captar ciertos comentarios: huevadas quiere hacer el Dr; qué manera de burlarse de nosotros; se cree pendejo el Dr; entre otras frases de distinto tenor. De una cosa estábamos seguros la mayoría, la propuesta no podía ser más que una de las muchas bromas con las que el profesor amenizaba sus clases.

El Dr. Reyna esperó pacientemente que los rumores se disiparan y con una taimada sonrisa nos repitió la propuesta y dio por terminada la clase:

-          El día del examen los espero con sus mejores galas, pueden retirarse.

Demás está decir que la mayoría de los estudiantes nos cagamos en la noticia. Claro que le dedicamos al curso el tiempo suficiente para repasar nuestros apuntes y listo. En ningún momento cruzó por mi cabeza y tampoco por el de la mayor parte de mis compañeros tener que ataviarnos con alguna prenda en especial. Llegada la fecha esperada, fuimos vestidos con nuestros trapos de siempre.

Ya instalado en la parte central del aula, solo quedaba esperar la llegada del Dr. Reyna para rendir el último parcial. Andaba medio distraído en cualquier cosa, que apenas percibí algunas risas y comentarios del resto de la clase, volteé intrigado y me encontré con que dos de mis compañeros habían ingresado al salón ¡oh sorpresa! totalmente enjaezados, lucían ELEGANTÍSIMOS. Ellos, una pareja de enamorados, se asemejaban a unos escolares el día de su fiesta de promoción, estaban lindos y radiantes. Él, de zapatos acharolados, pantalón al filo, camisa blanca manga larga y corbata color concho de vino, y ella, con un vestido de tafetán perla y recién peinada en algún unisex de la zona.

-          Parecen testigos de Jehová – mencionó en voz alta uno de nuestros compañeros, causando la hilaridad general.

No acabamos de salir del susto, cuando hicieron su entrada triunfal dos de nuestras compañeras escoltadas por el Dr. Reyna, quien lleno de majestuosidad, no hacía más que alabar la incomparable belleza de sus acompañantes.

-          Buenas tardes jóvenes, permiso por favor, aprendan de estas dos preciosas damas que me acompañan, ellas si captaron la importancia de estar bien presentadas en este día tan importante.

Nuestras compañeras, dos de las estudiantes más aplicadas de toda la facultad, lucían vestidos ´primorosos que las asemejaban a dos de las princesitas Disney, además de estar perfectamente maquilladas y peinadas para la ocasión.

De este modo, el pasadizo principal del aula se convirtió en una pasarela improvisada para el Iquitos Fashion Day privado del Dr. Reyna; dos muñecas de torta y dos testigos de Jehová se constituyeron en la envidia de toda la clase de anatomía humana. No hubo aplausos ni fotos, si en cambio, risas y escarnio, pero esto solo obedecía a la maldita desazón que corroía el interior del resto de estudiantes (me incluyo), por ser poco previsores y haber perdido la oportunidad de inmortalizarnos participando en tal magno evento.

No recuerdo con exactitud cuál fue mi calificación asentada en el acta de anatomía, lo cual finalmente fue poco trascendente. Lo interesante fue comprobar la inutilidad de ciertos gestos universitarios, sobre todo aquellos ausentes de perversión. Lo perverso, en definitiva es mi linea de acción favorita.

jueves, 20 de febrero de 2014

La galleta soda más fea del mundo


El director general del proyecto para el cual trabajaba en el año 2006 tenía una gran característica: planificaba todo al milímetro. Para ello era indispensable reunir a los miembros de los diferentes programas casi todos los días, de tal suerte que cuando nos encontrábamos en Iquitos, pasábamos la mitad del tiempo reunidos.

En el preludio de una de las tantas reuniones de coordinación, el especialista de nuestro programa nos hablaba con su natural acento español sobre las galletas que en ese momento degustábamos.

-          De todas las galletas soda que he probado en mi vida, la peor, la más fea del Perú y el mundo, es esa galleta que estais comiendo – nos dijo con gran solemnidad.

No recuerdo que alguien haya refrendado o apoyado esta afirmación. Supongo que por pereza o porque nadie en ese momento quería hablar de la increíble gama de sabores de galletas soda que había probado en toda su vida.

Sin embargo, esa frase me causó casi la misma sensación de fastidió que me podría dejar una piedra en el zapato, debido a un suceso de mi infancia, que recuerdo vívidamente.

Cuando tenía seis años y cursaba el primer grado de primaria en el colegio San Agustín, eran muchas las veces que no llevaba lonchera. Pero me las arreglaba. Por ahí un compañero dadivoso siempre podía compartir algún pan o refresco conmigo a la hora del recreo, o lo que era más común, simplemente me quedaba en el salón y evitaba de este modo la angustia de ver a otros disfrutar de sus viandas, total ojos que no ven, corazón que no siente.

Pero una mañana de aquellas, en la que por la premura del tiempo no alcance a tomar mi habitual desayuno (que tampoco era gran cosa), la situación dio un giro inesperado. A la hora del recreo fui invadido por una terrible sensación de hambre que no fui capaz de disimular. Fiel a mi estilo no salí al recreo y me quedé compartiendo el salón junto con mi maestra.

No había transcurrido mucho tiempo, cuando mi profesora dejó de ojear los papeles en su escritorio para lanzarme una breve mirada por encima de sus lentes. Ese instante fue suficiente. Se levantó, estiró sutilmente su oscura falda larga con estampados de lunares blancos y caminando pausadamente se sentó junto a mí.

-          Abner, ¿tienes hambre? – me preguntó

-          Si profesora – susurré, entre medio avergonzado y confundido al descubrir las dotes adivinatorias de mi maestra. Aunque seguro que la hambrienta expresión de mi rostro me delataba.

-          Espera un ratito – me dijo

Se dirigió a su escritorio, cogió su bolso y cuando estuvo nuevamente a mi lado, de el extrajo un paquete de la más clásica de nuestras galletas tipo soda, me acarició la cabeza y me entregó el paquete acompañado de una angelical sonrisa. Agradecí, mientras mis ojos devoraban el envoltorio amarillo y azul, luego, con gran regocijo, me engullí casi sin respirar las ocho galletas que en ese entonces tenía el paquete.

Demás está decir que aquel día lo salvó mi maestra. Nunca olvidé el gesto que tuvo conmigo y tampoco olvidé lo bien que me supo en esa ocasión la galleta más fea del mundo. Si en ese momento, por un artilugio del espacio – tiempo, mi futuro especialista hubiera lanzado esa afirmación*, le hubiera respondido con la sinceridad de mis seis tiernos años, que para mí, esa era (demos por válida la expresión) la galleta más linda del mundo, o en todo caso la más sabrosa.

Han transcurrido más de tres décadas de este hecho, y en varias ocasiones he visto esa clásica galleta formando parte de las loncheras de mis hijos, cuando eso ocurre, por un instante recuerdo mi propia infancia y a mi bondadosa profesora asociada a una galleta de soda. Por este motivo, si bien no puedo decirles que llevan consigo la galleta más linda del mundo,  pues esto correspondería al contexto en el cual yo viví una experiencia en particular, menos me atrevería a decirles a mis pequeños que están llevando al recreo la galleta soda más fea del mundo, sería traicionarme.

*A favor de mi ex jefe debo decir que no podemos obviar el hecho de que a inicios de los 80, esa marca de galletas eran producidas por una empresa nacional cuya receta probablemente tenía ingredientes mucho más orgánicos que los que actualmente emplea la transnacional que la adquirió. Por lo tanto, siempre existe la posibilidad que los sabores de las galletas hayan cambiado con el correr de los años, pudiendo pasar de lo bonito a lo feo. ¿Cómo probar eso? Menudo lío.

martes, 3 de diciembre de 2013

Las carachamas y el concurso de glotones


Esta historia me la contaron mis amigos de la comunidad campesina Santa Cruz, en la feliz época que laboré en el río Tahuayo.

En una comunidad cercana al caño Yanayacu, en la cuenca del río Amazonas, los pobladores celebraban su aniversario con múltiples actividades, dentro de estas no podía faltar el campeonato de futbol masculino y femenino, el concurso de natación, el concurso de canotaje, y el concurso de glotones que se había convertido en uno de los más esperados y celebrados por los comuneros.

Durante varios años, este concurso había sido dominado por un joven de 26 años con más de 100 kilos de peso, conocido como “el alcalde”. Todos los glotones locales y foráneos que lo retaban, sucumbían ante su arrolladora destreza para engullir de golpe y en tiempo record, los bizcochos, los guineos, los huevos duros, las gaseosas y todo aquello que pusieran a su alcance durante el desafío.

Aquel año se decidió cambiar el formato del concurso para hacerlo más original, competitivo y divertido. En esa temporada, la pesca en la zona había sido excepcionalmente fructífera, y una de las especies más abundantes fue la carachama, en los rapisheos se contaban millares de estos peces prehistóricos.

Teniendo en cuenta esto, la comisión de juegos decidió por unanimidad, que el concurso de glotones tendría como plato principal (y único), a la carachama. Las bases indicaban que el triunfador sería aquel concursante que comiera un total de 30 carachamas cocinadas. Cuando se anunció por los altavoces las nuevas modificaciones del concurso, la población se sorprendió, pero aplaudieron el cambio. Los más jóvenes se preguntaban: ¿30 carachamas? Están locos, nunca van a terminar de comer; los experimentados los refutaban: la carachama es puro cascarón, casi no tiene carne.

El entusiasmo se incrementó al máximo cuando la comisión organizadora señaló que el premio para el ganador sería un imponente peque peque de 13 HP, de la mejor marca del mercado.

Entre los participantes, destacaban “el flaco”, un atalayino que poseía una panza que le llegaba a las rodillas; el “cuchara brava”, de soberbia musculatura, perteneciente a la localidad de Tamshiyacu; “el illurro”, un peso pesado de la comunidad de San Juan; Venancio, un anciano pescador que vivía en una cocha anexa al caño Yanayacu; y por supuesto, el representante local y favorito en las apuestas: “el alcalde”.

Casi todos los concursantes eran personajes colosales, de amplias espaldas o increíblemente ventrudos, la excepción era el buen Venancio. El septuagenario anciano apenas excedía los 50 kg de peso. De andar pausado y buenas maneras, Venancio desencajaba totalmente del grupo de mastodontes con los que se enfrentaba.

Las burlas del público no se hicieron esperar, el pobre anciano recibió todo tipo de calificativos.

-          ¿Qué pues hace ahí ese viejito?, cuidado le van a comer así, pensando que es fideo.

-          ¡Por culpa de Venancio ya están viniendo los gallinazos!

-          ¡Vejez, mejor anda cava tu tumba! – y otras frases y adjetivos burlescos.

Mientras tanto, los organizadores colocaban en el suelo las bandejas con las carachamas sancochadas. En las mesas unipersonales, solo estaban los platos y una botella con agua para evitar atragantamientos. En medio de una gran expectativa, se dio inicio al concurso.

Las barras de los favoritos eran un espectáculo aparte, cada una tenía una arenga especial, los niños chillaban, las mujeres gritaban y los hombres bramaban de forma incansable. Sin proponérselo, el círculo de gente que rodeaba a los concursantes se fue achicando, lo que volvió más frenética la competencia.

Los participantes, cada vez que mordían las carachamas buscando la carne, incrustaban su boca con las espinas, fragmentos de placas, las aletas puntiagudas y restos óseos que les causaban terribles escoriaciones, rasguños y heridas de toda magnitud en la lengua, los labios, las encías, el paladar, las mejillas e incluso el mentón. A ese ritmo, comer carachama dejaba de ser un placer y se convertía en una tortura inimaginable.

En menos de cinco minutos, casi todos los rivales tenían la boca con cortes profusos de los cuales manaba sangre, a excepción de uno de ellos: Venancio. Hasta ese momento nadie se había percatado del viejo. Él no tenía cortes en la boca, es más, en esos cinco minutos ni siquiera había probado un bocado de carne de carachama. Entonces, ¿qué había hecho?

La respuesta era simple, Venancio se había dedicado a “desarmar” más de una docena de carachamas. Con la habilidad de un cirujano les quitaba todas las placas del cuerpo, dejando la cabeza intacta. Acto seguido, separaba cuidadosamente la poca carne que tenía el pescado y la colocaba en medio del plato, de este modo, se iba formando un cerrito de puro filete de carachama. “El alcalde”, que iba a la delantera del concurso, apenas había comido nueve carachamas, su cerebro no tenía tiempo para procesar otra información que no fuera la de comer, aunque se desollara la boca en el intento.

Transcurridos 10 minutos, la gente comenzó a darse cuenta que la estrategia del anciano fue la más adecuada. Había desarmado un total de 28 carachamas y en su plato se lucía intacto alrededor de medio kilo de puro filete. A esas alturas de la competencia, tanto el illurro como el flaco, ya se habían retirado: ambos tenían la lengua en carne viva. Los demás concursantes, en un último y desesperado intento de ganar la competencia, cambiaron radicalmente su estrategia y se pusieron a desarmar sus pescados. Pero ya era tarde.

Antes de un cuarto de hora Venancio tenía frente a él, un suculento plato de pura carne de carachama, que se devoró en un santiamén.

La población estalló en gritos de júbilo por el triunfo del viejo. De la burla pasó a la gloria. Fue levantado en hombros por los mismos que lo habían vapuleado, y recibió su premio en medio de la algarabía popular, pero eso era lo menos importante. Lo trascendental fue que aquel día en aquel pueblo, Venancio estampó su proeza en las mentes y corazones de todos los que tuvieron la oportunidad de verlo competir y triunfar.

Diario mañanero de un petrolero

Miércoles 25 de setiembre de 2013
2:20 am: Despierto con cierto sobresalto, desde el segundo piso del camarote observo algo diferente en el ambiente, debido a mi somnolencia, tardo en percibir que el cuarto está inusualmente iluminado. Las luces de emergencia se activaron. La causa: el generador del campamento se apagó. Siento el cuello de mi camiseta ligeramente húmedo, "¿sudor o baba?" me pregunto. Mejor no me respondo. Tardo en dormir.

4:05 am: Vuelvo a despertar, tengo la extraña sensación de joder a todo el mundo con los grotescos ronquidos que estoy seguro emito mientras duermo. Me calma el hecho de descubrir a otro compañero de cuarto roncando, y aunque sus ronquidos no le lleguen a los talones a los míos, me siento reconfortado. Levanto la muñeca mecánicamente para cerciorarme de la hora, es inútil: no uso reloj de pulsera desde hace seis meses. Busco el celular en el bolsillo derecho del pantalón, veo la hora, se que aún dispongo de un buen rato para ahogarme con mis propios ronquidos.

5:00 am: El despertador suena. Cumple una función secundaria, solo me informa la hora que es, porque despierto estoy desde las cuatro. Tengo que levantarme. Me da pereza el hecho de moverme, no por haraganería, sino por no joder a mi compañero que duerme en el piso inferior del camarote. Arrastro el cuerpo sobre el ergonómico colchón Paraiso y no puedo evitar el balanceo del catre y el horroroso crujir del metal del cual está hecho. ¡QUE PUTA! ya es hora de levantarse pendejos dormilones.

5:05 am: Me visto en penumbras, cojo el cepillo, la pasta de dientes y el jaboncillo, remango los botapies del pantalón, para no mojarlos con las dudosas aguas del piso de los baños comunes. Una vez allí, meo tranquilamente. No puedo decir lo mismo de la cepillada, la gente hace ruidos espantosos al cepillarse los dientes; algunos se cepillan 10 minutos, como si tuvieran 250 dientes; otros botan las amigdalas en el lavabo; yo aplico el sistema que me recomendó la odontóloga en el chequeo anual 2011: "de arriba a abajo, de abajo a arriba, no de lado a lado, así te gastas los dientes". El espejo devuelve mi imagen, "cada día más pelado" me digo a  mí mismo.

5:15 am: De vuelta al cuarto, mis compañeros siguen durmiendo, ¿Cómo hacen?. Me termino de vestir, echo en falta un par de medias que llevaron a la lavandería y no trajeron de vuelta, ¿o alguno de mis compañeros las cogió?.


5:20 am: Me voy al comedor, ¡yo que en mi casa me quejo del desayuno a las 6:30 de la mañana! Conozco de memoria el menú mañanero: huevos duros, huevos fritos, huevos revueltos, ¿qué se sirve señor? me pregunta el expatriado que sirve la comida, ¿huevo? le respondo. Algo de jugo, un pan (quiero dos pero estoy muy gordo), aceitunas y listo. Me apena pensar en lo que habrá sufrido el nutricionista seleccionando este desayuno, seguro se quemó el cerebro de tanto meditarlo. Termino de comer a duras penas. La mañana apenas comienza.

sábado, 10 de agosto de 2013

El trabajo, el dinero y los hijos


Cuando la naturaleza de nuestro trabajo implica largas ausencias del seno familiar, uno sabe que se pierde horas/días de cotidianidad con nuestros seres queridos, tiempo que invariablemente no podrá ser recuperado. Sin embargo, los que pasamos por tales circunstancias lo percibimos de un modo bastante grueso, no nos tomamos el tiempo suficiente para analizar en detalle las implicancias que esto puede generar en el futuro mediato.

Una tarde, cuando me encontraba leyendo un periódico atrasado (fiel a mi costumbre), mi hijo, que en ese entonces bordeaba los dos años de edad, apareció en la sala totalmente radiante dando gritos de júbilo a bordo de su patineta. La alegría que mi pequeño expresaba mientras jugaba, me contagió y logró arrancarme una sonrisa, después de unos segundos me percaté de un aspecto en el que inicialmente no había reparado.

Observé como Renzo Gabriel dominaba la patineta con gran habilidad: el juguete era casi una prolongación de su pequeño cuerpo. ¿Cuándo había ocurrido eso, en qué momento? Uno no aprende a dominar la patineta de la noche a la mañana, hacen falta horas de práctica, muchas caídas, varios raspones y ríos de llanto. ¿Dónde estuve yo que me perdí todo eso? Seguro trabajando, me dije. El trabajo, razón inexpugnable para justificar nuestras ausencias, nuestras tardanzas, nuestros olvidos.

Yo trabajo por mis hijos, por mi familia - es una de las frases más empleadas que uno escucha decir (y dice), pero ¿qué tan cierto es esto?, una respuesta rápida sería: totalmente cierto, los padres trabajamos por nuestros hijos, para que no les falte lo que a nosotros nos faltó. Hago un viaje en retrospectiva y caigo en cuenta que uno no añora aquellas cosas físicas que de adultos creemos que nos faltó de niños: juguetes caros, viajes al extranjero, ropa y calzado de marca, entre otros. Lo que uno añora son esas cosas simples que nos llenaban de alegría los días: los mimos de los padres, los desayunos familiares de los sábados, jugar “de verdad” con los amigos y hermanos, escuchar los cuentos antes de dormir, bañarnos en la lluvia, entre otras decenas de cosas. La mayoría de estas actividades resultaban tener bajo costo o eran totalmente gratis y lo más importante, no tenían relación directamente proporcional con las horas que nuestros padres le dedicaban al trabajo, la relación era inversa.

Entonces, si lo que en realidad añoramos son las cosas sencillas, sin grandes costos, ¿por qué nos empeñamos en darles a nuestros hijos lo que no es prioritario? los tiempos cambian – diría alguien -nuestros hijos merecen vivir de acuerdo a las posibilidades que nos da el siglo XXI. De acuerdo, pero ello no excluye las relaciones personales, estas deberían fortalecerse, so pena de deshumanizarnos y convertirnos en meros autómatas replicando tendencias y modas.

Lo cierto es que nuestros hijos nos necesitan más a nosotros que a nuestros trabajos y nuestro dinero. Nuestra presencia y participación constante en su proceso formativo, es lo que les proporcionará esa identidad tan necesaria en ellos para poder desarrollarse de manera plena, el dinero y lo que obtenemos de el - asociados al tiempo que pasamos en el trabajo - de ningún modo pueden suplantarnos, solo ayudan a complementar nuestra labor.

Desde la vez que vi a Renzo maniobrar su patineta, se me hace más difícil tener que dejar a mis hijos por motivos laborales. Estoy plenamente convencido que al final de cada periodo sin ellos, he perdido algo nuevo en su proceso de aprendizaje, y yo quiero formar parte de éste, no ser un simple espectador en la zona VIP.

Sé que llegará el momento en que tenga que tomar una decisión al respecto, y mandar todo al tacho, pero mientras tanto, solo me queda decir, parafraseando el título de un cuento de Gabo “Uno de estos días”. Espero con ansias ese día.

 

viernes, 24 de mayo de 2013

Aquellos viejos bares


Las dos últimas son mías

En la esquina de las calles Fanning y 9 de diciembre, existió durante casi tres décadas un bar bodega sin nombre, el dueño del lugar era “el aprista”, en ese lugar comenzó mi romance con el trago de una forma inocente: comiendo lonjas de huito maceradas en abundante aguardiente. Recuerdo las grandes borracheras que allí armaban los adultos después de jugar futbol los fines de semana y los juegos de cacho y naipes que todas las tardes se disputaban en ese lugar.

Creo no exagerar al afirmar que en aquellos años casi todas las calles tenían un bar o un bar bodega, categoría última que podría considerarse en extinción, ya que apenas un puñado de ellas han resistido el paso de los años de muy mala manera. He aquí una breve descripción de diez de los bares a los que tuve oportunidad de conocer desde dentro.

Bar bodega “Trabaja y no envidies”

Un sobreviviente a nuestra época, un bar bodega en el que no había prisa por cerrar la puerta, ni de la congeladora, menos de la calle. Era el refugio perfecto de los cerveceros incomprendidos, de aquellos que siempre chupaban al límite del bolsillo y de la madrugada. En mi época post colegial, anclé en más de una ocasión en aquel antro, y posteriormente, en la universitaria, hubo más de uno que me contó sus penas  (o a la inversa) en sus pétreas mesas. La ventaja de ser mitad bar y mitad bodega, era que una vez sazonados, el piqueo de atún en conserva con harta cebolla y ají charapita, no se hacía esperar.

Bar “El Barquito”

Embarcarte en este navío era toda una aventura, el diseño exterior e interior de este bar recordaba parcialmente la cabina de mando de una nave de la época del caucho. Sobresalían en su escaparate gigantescas botellas de vidrio, que en su interior guardaban con celo, el vital elemento embriagador: la cachaza. Para los amateurs destacaban los preparados “dulces” de camu – camu, cocona o huito; para los experimentados estaba el ajengibre, el siete raíces o el chuchuhuasi; y para los veteranos curtidos en mil embriagantes y oníricas batallas: el trago blanco. La cerveza era casi un elemento indecoroso en las mesas de “El Barquito”.

Bar “Quique”

Uno de los bares más emblemáticos de Iquitos a finales del siglo pasado fue el bar “Quique”, sus inicios datan de los años 70, y aunque estuvo a punto de desaparecer en los 90, fue recuperado por sus dueños y reubicado por disposiciones municipales, ya que estaba en el extremo de una esquina cortada en cuchilla que iba paralela a la av. Quiñones, frente a la plaza Bolognesi, ubicación que era potencialmente peligrosa debido al tráfico vehicular de la zona. Esta reubicación le resto algo de personalidad al bar. Mi padre, en sus años mozos, fue sacado a rastras de este bar en más de una ocasión. La alteración de su espacio hizo que - por lo menos ante mis ojos – perdiera parte de su encanto.

Bar “La Rockola”

Este bar, ubicado en pleno centro de la ciudad, exactamente frente a la plaza 28 de julio, estaba en plena vigencia hasta hace un par de años, su sello particular era la presencia de una rockola en funcionamiento, la misma que por la módica suma de un nuevo sol, te permitía seleccionar un añejo tema de Iglesias, Sesto o Perales. Fue en ese bar que seduje (sin éxito) a quien ahora es mi esposa. Hace poco, la Rockola sucumbió a una buena oferta económica para transformarlo en un moderno e impersonal snack.

Bar “La Frontera”

Un bar con el sello distintivo de servir cerveza en enormes vasos de vidrio de medio litro, al estilo chopp, era un bar para aquellos que buscaban distinguirse de los demás, la música que emitían los parlantes era seleccionada, el DJ intercalaba con singular maestría un tema de Niche, Andy Gibb o Bon Jovi. Este bar también se especializaba en la preparación de ciertos tragos como “Singapur” o “Naranja Mecánica”, pensando en las billeteras menos afortunadas o los paladares más aventureros.

Bar “El Inti”

Fue quizá uno de los bares más mediáticos de una década en especial, en “El Inti” era común encontrar parroquianos de diferentes generaciones, sobresalía su horroroso diseño de almacén y un enorme repertorio de casetes que incluía a los máximos representantes del bolero, la balada, los pasillos y los vallenatos.

Su principal virtud: ser un bar de “hamaca” o amanecida, siempre dispuesto a atender a todo aquel insatisfecho parroquiano que era expectorado de las apoteósicas fiestas sociales que se organizaban en el Agricobank, la Furia Charapa o el Complejo del CNI en los dorados años 90. Puso el sello de “abierto las 24 horas del día”.

Bar “El Chupódromo”

La gracia de esta cantina nunca obedeció a lo especial de su atmósfera, tampoco a la existencia de un trato diferencial hacia los clientes, menos a lo innovador de su diseño, su distintivo era la venta de cerveza a precio de mayorista. Tal vez el plus adicional que brindó este bar, fue la posibilidad de libar en la vereda e incluso en la calle, fea costumbre que el dueño del local incentivó, al mandar construir pequeñas sillas especialmente diseñadas para tal acto. Recordemos que al loretano solo hay una cosa que le gusta más que chupar: ver que otros lo observen chupando.

Chucho’s Bar

Quizá fue el pionero en bares de su tipo, pensada en una clientela joven, escolar, post escolar o universitaria, Chucho’s fue en los pocos años que funcionó, a inicios de los 90, el bar de los colegiales, de los que nos emborrachábamos con la propina que los papis nos entregaban los fines de semana, el bar de la sazonada previa para iniciar la parranda obligada después de una semana de clases y reproches estudiantiles en casa. Su existencia fue efímera pero intensa.

Bar “El Palo Alto”

La especialidad de la casa: las bebidas espirituosas, célebre por contar en su carta con el popular “balazo” que no era más que una buena copa de aguardiente o cachaza en su estado original. Fue el refugio casi obligado de estudiantes universitarios de la UNAP con la garganta áspera y el bolsillo endeble. Aquí también sucumbimos en más de una ocasión a los encantos de una “camuchita” o un “coconachado”.

Bar “El Refugio”

Tal vez el más reconocido de los bares de Iquitos, ha sido protagonista de numerosos artículos para revistas, periódicos e incluso documentales, la razón es simple, el bar es identificado como el lugar ideal para los infieles, para aquellos que buscan mantener a sus amores prohibidos lejos de miradas escrutadoras. Ubicado estratégicamente en la curva de Moronacocha, este bar posee un decorado caracterizado por la abundancia de luces de neón, letreros y dibujos de colores fosforescentes que saturan las paredes, lo que ayuda a distorsionar la realidad y establece la atmósfera previa ideal, para el posterior desborde de pasión y lujuria ausente en casa.

En este top ten, he incluido aquellos lugares que marcaron una época en particular, paralela a mi propia historia. Seguro algunos incluirían en su lista al “Polibrisas”, “Musmuqui”, “Tip Top”, “Arandú”, “As de Copas”, “Nikoro”, al bar “Rosita” o a otra cantina, basado en su experiencia personal. El tema es amplio y las preferencias son discutibles por donde se mire, no obstante, los invito a extender la discusión en una mesa, al fin y al cabo, dicen que recordar es volver a vivir, y si es en un bar, cuanto mejor.

martes, 21 de mayo de 2013

El enmascarado y la cabeza de chancho


…cuando me buscan nunca estoy

cuando me encuentran yo no soy…

 

Fragmento de Desaparecido - Manu Chao

En enero del año 1991 viajé a Pucallpa a pasar vacaciones junto a mi padre, en esa ciudad solo estuve un par de semanas ya que luego enrumbamos a Lima donde transcurrió el grueso de mi descanso escolar. Lo vivido en Lima en ese verano lo recuerdo vagamente, sin embargo, en la tierra colorada hubo un suceso en particular que aún en la actualidad me causa cierto sinsabor, es precisamente esa historia la que detallaré a continuación.

En aquel entonces Pucallpa aún estaba convulsionada por el terrorismo, eran frescas las historias de asesinatos sistemáticos por parte de las hordas senderistas y en especial de las emerretistas. Los cadáveres amanecían en cualquier zanja, desagüe o terreno baldío de los pueblos jóvenes de la ciudad. La casa de mi padre se ubicaba en el pueblo joven 9 de Octubre, exactamente frente al colegio agropecuario, en cuyo frontis aún podían leerse arengas escarlatas apoyando la guerra popular.

En esa época nació la leyenda urbana que hablaba del éxodo de homosexuales, delincuentes y prostitutas, quienes desesperados ante la amenaza de ser “ajusticiados” por su condición de lacra social -  según la ideología terrorista - atiborraban las motonaves fluviales con destino a Iquitos.

El protagonista de este relato era el cuñado de mi padre, tenía el mismo nombre de una de las máximas estrellas de la lucha libre mexicana, famoso por usar una máscara de plata en cada una de sus presentaciones. Por ello, lo nombraré como el “enmascarado”.

El enmascarado era un hombre de campo, la chacra y el monte eran su centro de trabajo, cada cuatro o cinco días llegaba a la casa de mi padre con fardos de carne del monte e inmensos racimos de plátano, una parte era destinada a la cocina y el resto lo comercializaba en un mercadillo cercano. Era muy joven, todavía no cumplía los treinta años; su piel quemada por el sol, dejaba atisbos para suponer que alguna vez había sido trigueña; su cuerpo macizo y el porte militar hacían presumir que había servido en las fuerzas armadas; su estatura superaba ampliamente la talla promedio del hombre amazónico e invariablemente llevaba las botas de jebe salpicadas de barro. Casi nunca estaba malhumorado, saludaba afectuosamente a todos y siempre tenía muy buenas historias que narrar.

En una ocasión, el enmascarado llegó a la casa con un puercoespín (localmente llamado cashacuchillo) que había sido arrollado por un camión en la carretera Federico Basadre, se lo dio a su madre, que era la “jefa” de la cocina y le pidió que le preparara un platillo especial para el almuerzo. Sin embargo, ni él, ni mi padre llegaron a tiempo para la comida, mi padre debido a un embotellamiento, y el enmascarado por razones desconocidas. Mi progenitor llegó a eso de las cinco de la tarde con un apetito atroz. A esa hora me encontraba en el comedor y fui testigo del tremendo susto que se llevó, al retirar el plato que cubría el potaje que no era el suyo.

-          ¿Junior, qué es esta cojudez?, ¿cómo van a darme de comer este animal? Es un mono mutante…

-          Primero, ese plato no es tuyo, y segundo, no es mono, es un cashacuchillo – respondió la madre del enmascarado.

Aquel día, en el crepúsculo, mi padre me miró fijamente y pronunció de forma solemne una de las frases que más recuerdo de él, “hijo, el almuerzo de hoy fue un completo fracaso”, después de eso, se fue a dormir la mona.

El enmascarado llegó a la hora de la cena. Después de escuchar el relato acerca de la confusión de platos, solo sonrió y dijo “tu padre no sabe lo que se pierde”, luego me relató su vida en la selva; me habló sobre política; sobre los muertos en las calles; sobre el terror que cubría la ciudad; sobre su esposa y sus dos hijitas. Yo le conté algo acerca de mis exiguos 14 años, y reímos y charlamos amigablemente junto a su madre hasta pasada la medianoche.

Al despedirnos, pues yo viajaba a Lima al día siguiente, no imaginé que nunca más volvería a ver al enmascarado. Simplemente desapareció, como si la tierra (o la selva) se lo hubiera tragado. Primero pensaron que había huido con alguna mujer y mantuvieron esta hipótesis por varias semanas. Posteriormente, los familiares visitaron los lugares que había frecuentado y conversaron con las personas que lo habían visto antes de desaparecer, así llegaron a la conclusión de que el enmascarado no huyó por cuestiones pasionales. Aparentemente, una vez en su chacra, había sacrificado uno de los chanchos que criaba, lo destazó con apoyo de unos vecinos, llenó un cesto de fibra de aguaje con la carne del porcino, lo cubrió con hojas de guineo y una vez sujeta convenientemente con una pretina, se dispuso a visitar los poblados cercanos para vender la carne, finalmente solo se quedó con la cabeza del animal. Es en este punto, donde las versiones se contradicen enigmáticamente.

El enmascarado, según diferentes testigos, había sido visto un martes en una localidad ubicada a 15 minutos de su chacra, ofreciendo la cabeza de chancho; al siguiente domingo la estaba ofertando en un pueblo ubicado a cinco horas de la chacra; al siguiente mes lo habían visto cerca de Tingo María, siempre con la cabeza de chancho de por medio. Era evidente que, tanto espacial como temporalmente, esto no tenía ningún sentido, pero eran las versiones de los testigos que aseguraban tales hechos.

Cuando regresamos a Pucallpa a fines de marzo, el enmascarado seguía desaparecido y fue allí que comenzó a circular la siguiente versión: el enmascarado era en realidad un mando político o militar del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru – MRTA, por lo tanto, era probable que hubiera muerto en alguno de los muchos enfrentamientos que se daban entre los terroristas y las fuerzas armadas. La cabeza de chancho era interpretado por mi padre como una consigna que los propios mandos terroristas implantaron para despistar a la familia o a la policía, quienes en su afán de obtener información para localizar al enmascarado, podrían agenciarse de datos que comprometieran las operaciones del MRTA en la zona.

Lo cierto es que el cuerpo del enmascarado nunca fue encontrado y su familia tuvo que vivir con el estigma del padre asesinado por terrorista, lo que, valgan verdades, nunca fue probado. Varios años después, volví a preguntar sobre el tema, y me contestaron que la historia nunca cambió, la gente que aseguraba haberlo visto respondía cosas como: “en fiestas patrias vi al enmascarado por Atalaya, cargando una cabeza de chancho” o “en la segunda quincena de diciembre estuvo en Aguaytía, ofreciendo a buen precio una gran cabeza de chancho”.

En algún lugar de Pucallpa, la tierra colorada, el cuerpo del enmascarado aún espera ser encontrado.