lunes, 28 de noviembre de 2011

Reflexiones de un “cagaaceite” acerca de la discriminación generacional


"...exclusión es, en buena cuenta, el otro nombre del Perú"
Jorge Bruce

Hace unos meses durante un partido de “fulbito” en una canchita casi perdida de La Pradera en Iquitos, exasperé a uno de mis compañeros en pleno juego. Éste reaccionó con un grado de agresividad verbal, hasta cierto punto justificable.
De los muchos calificativos con los que mi compañero me catalogó en aquel momento, uno de ellos me llamó poderosamente la atención, no el más grosero o temerario, por el contrario, el que me sorprendió fue en apariencia el más inocente de ellos: “cagaaceite”. Posteriormente, esto permitió que meditara acerca de un tema relacionado a un tipo de intolerancia que suele pasar desapercibida pero que está muy vigente en nuestras expresiones y acciones.
En nuestra región (y en otras), se suele catalogar como cagaaceite, a la persona que “no llega a los talones de otra” en virtud a varios factores: solvencia económica, experiencia laboral, éxito amoroso, estilo de vida, nivel de educación, entre otros, pero que se caracterizan por poseer un mismo patrón: el “cagaaceite” es cronológicamente menor, dicho de otro modo y siguiendo la misma línea peyorativa: es un “muchacho”.
No podemos negar que desde hace varios años, se han dado varios pasos positivos en la lucha contra el tema de la discriminación y la intolerancia en nuestro medio. Nuestra constitución, numerosas leyes y el sentido común de las personas, amparan la condición de igualdad en relación a la raza, el género o la religión. Desde otorgar el derecho a voto a las mujeres, pasando por brindar igualdad de oportunidades laborales a personas discapacitadas, nuestro país ha dado muestras inequívocas de reconocimiento de un problema fuertemente enraizado, aunque - como sociedad - aún no hayamos encauzado la totalidad de esfuerzos que tiendan a debilitar una estructura invisible, pero más que nunca presente en nuestra cotidianidad.

En el caso de las culturas amazónicas, el respeto a la sabiduría y a la experiencia siempre ha sido una piedra angular en la vida de estas comunidades. Los apus, curacas o generales podían ser adultos en la plenitud de sus capacidades, o podían ser ancianos, quienes tenían como virtud adicional, la condición de sabios, logrando ejercer el poder político o militar de sus pueblos de forma satisfactoria, del mismo modo que los ancianos curanderos o brujos asumían el poder religioso o espiritual.
Los jóvenes ingresaban al mundo de los adultos a través de distintos ritos: someterse a castigos físicos como masticar ajíes picantes; demostrar sus cualidades como cazadores o guerreros; participar en rituales como la aplicación de tatuajes; o perforarse u ornamentarse la piel como en el caso de los “Orejones”, que se perforaban y extendían por primera vez los lóbulos de las orejas al llegar a la mayoría de edad  (inferior a nuestros 18 años). Una vez ocurrido esto, asumían de forma plena sus nuevos deberes y obligaciones y se ganaban el respeto de sus coterráneos de acuerdo a su nueva condición.
En el periodo republicano es fácilmente identificable una expresión que nació desde la perspectiva de Manuel González Prada como una reacción a la inercia y mediocridad de nuestros líderes políticos y militares después de la Guerra del Pacífico: “los viejos a la tumba, los jóvenes a la obra”, es evidente que la carga radicalmente discriminatoria de la frase, obedecía  a la amarga sensación dejada en la sociedad peruana, especialmente la limeña, a raíz del humillante episodio vivido a partir del accionar de las huestes chilenas en nuestro territorio. Sin embargo, la frase mantuvo vigencia, enmarcada en un contexto muy diferente - es un decir - al de la época en que fue concebida.
Diferentes culturas tienen disímiles miradas acerca de los mismos temas. El año pasado leí un interesante artículo en el cual se hablaba del vuelco generacional que nuestro Ministerio de Relaciones Exteriores había tenido en cuanto al reclutamiento de personal cada vez más joven como funcionarios de alto nivel (edad promedio inferior a los 30 años), y la preocupación de personas vinculadas al sector que temían, no tanto por la capacidad de los funcionarios, sino por la percepción de nuestros contrapartes, especialmente de países asiáticos como el Japón, quienes tradicionalmente designan como funcionarios a personas con gran experiencia y avanzada edad. Imagino que preocupaba el hecho de tener que lidiar con “viejos”, desde un punto de vista, o tener que lidiar con “críos”, desde el otro punto de vista.
En nuestro país, la conquista, el mestizaje, la evangelización y la modernidad, entre otros factores, han jugado un papel importante en estos cinco últimos siglos, contribuyendo a la pérdida de la identidad de ciertas culturas (como nación nunca la tuvimos) y también al respeto y consideración de los diferentes grupos generacionales, creando brechas evidentes que en muchos casos se manifiestan de forma “inocente” en nuestro diario transcurrir. Prueba de ello son los avisos que hasta hace poco ofertaban puestos de trabajo, donde era común leer como absurdos requisitos: “edad: de 25 a 35 años” o “experiencia mínima de 10 años”, finalizaban con un: “abstenerse quienes no cumplan con todos los requisitos”. El resultado: el puesto quedaba vacante, debido a que los que tenían la experiencia bordeaban los 40, y los que estaban dentro del rango de edad solicitado no tenían la experiencia.
Muchas sociedades modernas, aprovechan al máximo el potencial de los jóvenes que se insertan en “el mundo de los adultos”, cualidades como la innovación, creatividad y pro actividad, son bienvenidas en tiempos cada vez más competitivos. Esto, de ningún modo debería significar el desplazamiento y mucho menos la sustitución de otros grupos generacionales, siempre que estos tengan a la adaptabilidad y la resiliencia como características afines a sus capacidades profesionales. La experiencia y la capacidad para reaccionar ante situaciones inesperadas, así como las cualidades para asesorar y dirigir, son precisamente virtudes que no caracterizan (salvo excepciones) al grupo de los jóvenes.
El mundo no es sólo para los niños, los adultos o los ancianos, es para todos, lamentablemente, sea cual sea nuestra ubicación cronológica, siempre estamos expectantes ante la posibilidad de ser disminuidos o desplazados y ello genera reacciones que activan nuestros prejuicios. Emplear adjetivos y expresiones como: “muchacho/a”, “cagaaceite”, “estar en pañales”, “vejestorio”, “tío/a”, dependiendo de la connotación con la que se haga, muestra que discriminamos generacionalmente, y que, en algunos casos lo hacemos sin siquiera darnos cuenta de ello.
Insisto en la tesis de reconocer el problema en cada uno de nosotros antes de enfrentarlo para poder superarlo, la intolerancia a través de sus múltiples expresiones es casi un estigma que debilita las pretensiones de vivir en una sociedad más armónica y justa.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Mi madre e Yván

“El político sentimental puede acordarse del día de la madre y aniquilar implacablemente a un rival…”
Vladimir Nabokov
A mi madre no le gusta Yván. No es una antipatía gratuita como muchos podrían pensar, no es la típica posición contraria que a menudo las personas asumimos frente a un personaje público. Ella tiene razones puntuales que explican – o pretenden explicar – su animadversión hacia él. Yván es un político loretano, que en pocos lustros ha logrado una posición envidiable a nivel regional.

El tema surgió hace unos días a raíz del nombramiento del río Amazonas como maravilla natural, cuando Yván no halló mejor forma de celebrar el acontecimiento que zambullirse en las aguas del río Nanay. Ese día mi madre me comento “imagínate hijo, ni siquiera se bañó en el Amazonas, pura finta el señor ese, solo le importa figurar”  – le respondí “mamá, todo político es así, no veo ningún problema en ello, buscan bonos a su favor”. Obviamente mi respuesta no la convenció, les contaré por qué.
Hace unos años, cuando a Yván no le iba tan bien como ahora, ya que acababa de perder dos elecciones seguidas, se encontró con mi madre y tuvieron una pequeña pero “intensa conversación”. Ella retornaba del trabajo o de alguna diligencia en particular y se encontraba en las inmediaciones de la plaza 28 de Julio, exactamente en el cruce de las calles San Martín y Huallaga, cuando una camioneta que se dirigía al centro de la ciudad, estuvo a punto de atropellarla, el iracundo conductor que no era ni más ni menos que Yván, asomo la brillante pelada por la ventanilla y lejos de preguntar a mi asustada madre cómo se encontraba, le grito: “OYEVIEJACONCHADETUMADREEEEE”, mi mamá – luego de identificarlo – le respondió con parsimonia: “por eso es que no ganas las elecciones, por ser así…”. Por supuesto que a Yván está respuesta – si es que la escuchó – no le interesó. Se alejo raudo a bordo de su potente vehículo.
Cuando me comentó este episodio, recuerdo haberle dicho que seguro el Sr. Yván tenía algún tipo de preocupación o emergencia, que situaciones así a todos nos pasa, perder el control, soltar una lisura, quién no lo ha hecho, incluso deslicé una probable imprudencia suya como transeúnte. “Tú no quieres a tu madre” - me dijo. Grande debe haber sido su desconcierto cuando al poco tiempo, Yván finalmente logró obtener el triunfo electoral, fruto de su perseverancia y maña política.
“Hijo, te cuento que pasó ahora” – me dijo la mañana de un mes pre electoral – “pues resulta que tu Yván mando talar los cuatro lindos ficus de la vereda de enfrente, para que su propaganda pueda ser vista por los motokarristas, pero esto no se queda así, lo voy a denunciar”, “mamá por favor, no estés haciendo tonterías” – le dije, y apuré un sorbo de café – “no hijito, hoy mismo lo denuncio por radio”.
Y tal como lo dijo lo hizo. La radio escogida para presentar su denuncia fue nada más y nada menos que la radio de la que Yván era dueño. “¿puedes creer que esa porquería de locutor lo ha defendido a Yván hijo? “ - me comentó esa noche - “no mamá, no puedo creerlo – me burlé – solo a ti se te ocurre denunciarlo en su propia radio, ¿qué dijo el locutor?” – le pregunté por curiosidad – “el bendito hombre dijo que: no podía entender como habían personas que podían estar en contra de que el Sr. Yván haga propaganda, que por qué lo odiaban tanto, si él lo único que quiere es trabajar por su pueblo, y luego me cortó la llamada el malcriado”. No me quedó más que lanzar un suspiro por lo escuchado.
A pesar de las malas vibras de mi madre hacia él, Yván nuevamente se alzó con el triunfo unos años más tarde. Como parte de la campaña de difusión de sus actividades oficiales, había un vídeo en el que se lo apreciaba cargando a un anciano y trasladándolo hasta un ómnibus. Mi madre, muy atenta al vídeo, no dejó de lanzar sus apreciaciones sobre este. “Hijo, mira pues este hipócrita, ¿tú crees que lo está cargando de buena gana?, mira bien la carita de asco de tu Yván”, me comentó una noche que veíamos  televisión en casa. “Madre, creo que esta vez estás exagerando, qué problema hay en su propaganda. Si su gesto resulta falso o no, es su problema” – le respondí – “pero hijo, yo quiero que te fijes bien, mira como tuerce su boca, seguro el viejito que está cargando se cagó y a Yván no le quedó otra que aguantar”. Recuerdo no haber podido contener la risa ante tamaña ocurrencia.
No creo que la percepción de mi madre hacia Yván cambie, y esto no involucra en absoluto los aciertos (o desaciertos) en temas relacionados al desempeño que él tenga como autoridad, es más bien una cuestión casi personal. A mi madre no le interesa que él sea un buen hombre, buen padre o buen esposo. Pareciera que ella solo lee e interpreta lo negativo de sus actos públicos, y debo entender que el origen de esta actitud fue el incidente de la plaza 28. A veces un solo gesto o palabra, marca de forma permanente nuestra futura opinión acerca de alguien, lo que cobra mayor importancia en el caso de aquellos que ostentan cargos públicos o se vislumbran como autoridades en el futuro mediato o inmediato. Por su parte, mi madre estará atenta al mínimo traspié de Yván para cuestionarlo, por supuesto que a él eso no le quita el sueño.  

martes, 1 de noviembre de 2011

Una triste despedida en el día de los muertos

No conocí mucho a mi abuela Chabela, apenas había cumplido cuatro años cuando el implacable cáncer se la llevó.
Supe que en su infancia y en sus años mozos vivió junto a sus padres en alguna localidad amazónica (posiblemente Panguana), en medio de las chacras y los bosques. Allí adquirió el conocimiento ancestral sobre el uso de las plantas medicinales amazónicas, lo que derivó posteriormente en una de sus tantas habilidades: la medicina natural.
Pero pudo más la curiosidad por conocer esa gran urbe que crecía arrogante en medio de la floresta amazónica y de la cual mi abuela solo conocía de oídas,  la que la motivó a la aventura de descubrir ese Iquitos de patrones caucheros en decadencia; del teatro Alhambra; de los barcos llegados de Europa con helados en lata; de un ferrocarril cuya carcasa ahora sucumbe a la intemperie en una céntrica plaza.
Y vivió en la ciudad que soñó, vio a sus hijos crecer, vio como, poco a poco el cemento fue ganando a la tierra, vio a sus nietos nacer, vio tantas cosas a lo largo de sus seis décadas. Hasta que un probable glaucoma fue nublando sus ojos, limitando su visión y su vida. Se tuvo que despedir de su venta de juanes, tamales y papas moradas en una esquina; del arreglo de altares y santos para las veladas religiosas tan típicas de su época; de la venta de plantas medicinales en un famoso pasaje de Belén; del cuidado de esas mismas plantas en su patio y huerta, donde predominaban la múcura, la lancetilla y la ajosacha, planta última que sobrevivió a mi tiempo, hasta un infausto día del año 2007 en que fue extraída de raíz por un anónimo personaje.
Mis propios recuerdos hacia ella me han jugado una mala pasada a lo largo de mi vida: me veo muy niño en complicidad con mi hermana mayor, corriendo, huyendo de nuestra enfurecida abuela después de insultarla de “vieja cheja”, me veo debajo de la cama, mientras ella, con ayuda de una escoba de "tamshi" trata en vano de hacer justicia con sus manos, manos arrugadas, cansadas de tantas faenas, de tantas mingas, de tantas tinas de ropa ajena. Manos que acariciaron mi cabeza y me dieron cobijo.
Son las 7:30 de la noche del día de todos los santos, estamos en 1980, mi hermana menor apenas tiene cuatro meses de nacida, y duerme ajena a la atmósfera fúnebre de nuestra casa. La noche es triste, sumamente oscura, apenas la tenue luz de un lamparín rompe ese fondo negro. Mis tíos apesadumbrados conversan entre ellos, todos están alrededor de la cama de mi abuela agonizante. Mi tía Isabel, la “winsha”, se acerca a mí, que observo la escena asustado desde un punto aislado. Me abraza y puedo ver su rostro compungido, me dice: “ven hijito, ven a despedirte de la abuelita Chabela”, y me carga hasta el borde de la cama, abre un lado del mosquitero e intenta hacerme sentar en la vieja cuja. No puedo hacerlo, lloriqueo, siento miedo. Otros tíos insisten en lo mismo, me niego otra vez, alguien dice: “déjenlo tranquilo, lo están asustando”, no reconozco la voz, no veo a mi madre, escucho un rezo, una plegaria acompañada de un apagado llanto. A lo lejos se escucha una propaganda radial que a mi entender vuelve todavía más triste la escena: “Cooooorporacióóóóóóóóóóóóóóóóón Saaaaaaan Franciiiiiiiscoooooo…”
Cada año, en esta fecha, viene a mí de forma implacable este penoso recuerdo, y recurro a un ejercicio de paramnesia para intentar cambiar la historia, y verme al fin, consumando una despedida que debió ocurrir hace 31 años.

viernes, 7 de octubre de 2011

Disneylandia: el sueño (im) posible


“Disneyworld, Disneyland, por el culo te la dan”
Fragmento de "Enola gay" de Andrés Calamaro
Ayer ojeaba el resumen noticioso a través de la red, de pronto una noticia aparentemente light me llamó la atención: “Fue acusada de vender a su bebé por $ 15.000 para viajar a Disney”. Al margen de lo aberrante que resulta saber que una madre es capaz de vender a su hijo, medito acerca del agente causal de tal acto y se me vinieron a la mente dos historias menos siniestras relacionadas a Disneyworld.
Cuando tenía ocho o nueve años, y llegaba la hora de recreo en el colegio, compartía alguna que otra charla con mis compañeros, recuerdo una en la que un anónimo amiguito comparaba el rendimiento de los mejores estudiantes de nuestro salón:
-     ¿Se han dado cuenta que todos los años fulanito es el más estudioso del salón?, todos los bimestres sus notas en los cursos son de 20 ó 18, por eso a fin de año siempre está en el cuadro de honor, pero lo que nadie se ha dado cuenta es que cuando estábamos en segundo grado, menganito le quito el primer puesto a fulanito y sus papás como premio por ser estudioso se lo llevaron a Disneylandia en esas vacaciones.
-     ¡¡¡Menganito se fue a Disney!!! – exclamamos al unísono los presentes
-     Si, a Disney. Por eso una vez que conoció a Mickey y a Pluto en persona y luego regresó a Iquitos, ya no le importó pelear por el primer puesto.
-     ¡¡¡Añaaaa!!!
No puedo negar que la novedad me interesó mucho, puesto que en aquel entonces yo hubiera dado mi vida por ir a Disneylandia. Todo niño nacido a finales de los años 70 había crecido bajo la influencia de personajes como Donald o Pinocho, ayudó a esto la existencia de un pionero sistema de TV por cable nacido a inicios de los 80: TVS  o “circuito cerrado” como popularmente lo llamábamos, esto, unido al hecho de que contábamos con vuelos directos a Miami, hacía totalmente posible el sueño de conocer ese mundo de magia y color, Disney estaba casi al alcance de la mano.       
Varias familias que en ese entonces poseían los recursos suficientes, viajaban con cierta frecuencia por esos lares. Iquitos vivía en esos años una bonanza engañosa que permitía ciertos lujos: usar ropa importada; organizar festivales internacionales de música; comprar artefactos made in USA; y claro, viajar a Miami, Orlando y visitar Disneyworld.
Unos años después las cosas se pusieron duras con el primer gobierno de Alan García, en Iquitos los vuelos a Miami se hicieron humo, y la posibilidad de viajar a la tierra del tío Sam, para conocer a Pepito Grillo pasó a un segundo o tercer plano.
A inicios de este 2011, Maki Miró Quesada, columnista del diario El Comercio, escribió un artículo en el que narraba la “odisea” por la que había pasado al acompañar a una hermana y a sus sobrinos a Orlando y a Disneyworld. En seis o siete párrafos vilipendió todo lo relacionado con “el mundo mágico de Disney”: la administración del hotel, la parafernalia, los muñecos para la foto, la TV por cable (que solo capta Disney Channel y todas sus variantes), en fin, metió palo sin asco a Mickey, Miley Cyrus, Demi Lovato y compañía. Se notó que Maki Miró Quesada estaba harta de Disney, harta de haber viajado por enésima vez a un mundo que ahora le resulta aburrido, un mundo pre y pro capitalista extremo, un mundo que ella, junto a otros millones de individuos (queriendo o sin querer), ayudó a construir a lo largo de décadas.

Por otro lado, Maki escribe un artículo para una burbuja social, una burbuja elitista a la que pocos tienen pase libre. Relata su travesía como si de la toma de una horrible purga se tratase, obviando sin pena alguna al resto de mortales, a aquellos a los que si les gustaría “sufrir” un viaje de ese tipo, pero que escapa de sus posibilidades por el poco fondo de sus bolsillos. Como se sufre a ambos lados de las clase sociales, Ud. sufre en su mansión, yo sufro en los arrabales, cantaría Arjona.
Como fuere, viajar a Disneyworld siempre será un objeto de deseo o el premio por un logro obtenido, como en el caso de mi ex compañero de estudios (al que nunca le pregunté si esa historia fue cierta), un viaje de penitencia como en el caso de la columnista del diario El Comercio, o el espeluznante pretexto para vender a un hijo.  
                                       

miércoles, 27 de julio de 2011

El insaciable apetito del Dr. Alan García

Corría el año 2001, era de conocimiento público que el ex presidente de la República del Perú, Dr. Alan García Pérez retornaba al país luego de varios años de ausencia, justo después de haber prescrito las acusaciones que le impedían ingresar. Su retorno - no se puede negar - fue apoteósico. Un gigantesco mitin en la plaza San Martín organizado por la cúpula aprista, fue el trampolín de su retorno a las lides políticas electorales. En el clímax del evento, en un discurso catalogado por muchos como excepcional, García parafraseo a Pedro Calderón de la Barca con extractos de su obra “La vida es sueño”, el resultado: un orgasmo total.
En esa época, el genial caricaturista Carlos Roose Silva “Crose” o “Crocheto” (si la memoria no me falla), realizó una estupenda representación del político, en la que se lo observa ávido de comer más “cholo”, como – desde su perspectiva - ya había ocurrido en su primer gobierno. El mensaje del dibujo me pareció tan contundente que se me ocurrió redibujarlo a escala y agregarle color (el dibujo de Crose era a tinta negra) y además tuve el atrevimiento de firmarlo como si de mi autoría se tratase. El asunto es que conserve el dibujo durante más de 10 años - tal vez esperando este momento – y lo expongo por dos motivos, el primero para dar crédito al octogenario Crose por su talento, y el segundo, para graficar el actual (y pasado) momento político y proyectarnos al futuro.

El Dr. Alan García Pérez culmina su segundo gobierno, sin las prisas y disgustos del primero, pero si con una gran inconformidad por parte del pueblo peruano.  No fue suficiente que el país haya crecido de forma envidiable en términos macroeconómicos, siempre quedó la terrible sensación de que su hambre de “cholo” quedó insatisfecha. Esto se puso de manifiesto repetidas veces a lo largo de su segundo periodo en temas relacionados a comunidades rurales (campesinas o nativas), el manejo de los conflictos sociales y temas afines, a través de sus palabras, de sus escritos y obviamente de sus actos.
Se habla de la posibilidad de que el Dr. García pueda tentar la presidencia el año 2016, y aunque en estos últimos días él haya desestimado esto, no sería raro que llegado el momento, la fiebre del poder lo embargue nuevamente y cambie de parecer. Si es que esto fuera el caso, Crose o algún discípulo suyo podría volver a redibujar esta caricatura agregando al personaje principal varios (muchos) kilos y canas.

jueves, 9 de junio de 2011

Cerveza, residuos sólidos y Amazonía – Responsabilidad socio ambiental de las nuevas marcas

“A pesar de los potenciales costos asociados a un mal manejo ambiental o social, muchas empresas aún perciben la gestión de estas variables como un gasto y no como una inversión. Esto respondería a una brecha de comunicación entre los profesionales de gestión empresarial y las partes técnicas relevantes a los aspectos sociales y ambientales dentro del área de influencia de la empresa en cuestión”
Biólogo Jorge Bentín, extraído del artículo “Gestión Ambiental Empresarial” publicado en el suplemento Negocios & Economía, del diario El Comercio, el 28 de mayo de 2011

Un mañana en la que caminaba junto a un compañero de trabajo por el puerto de una de las comunidades de la cuenca del río Napo, observamos a un niño sacar pacientemente y una a una, alrededor de 20 botellas de cerveza de dos nacientes marcas promocionadas por el Grupo AJE.
El niño, después de alinear las botellas en la orilla las fue arrojando al río, midiendo en cada lance, su capacidad para arrojar lo más lejos posible a los ambarinos recipientes. Cuando le llamamos la atención por lo que hacía, nos respondió “las boto al río porque no valen, no se necesita para comprar más”. El niño era hijo de comerciantes locales y sólo seguía una consigna de sus padres, para ellos, la contaminación del río era lo menos importante del asunto, la idea era deshacerse de esas inútiles botellas de vidrio no retornable.
Esta práctica es una de las varias que se realizan en la Amazonía empleando estos envases. Una de las más peligrosas es la de ubicarse en un barranco y lanzar al aire las botellas reventándolas con otras, con dirección al cauce del río, para “recrearse”. Otra práctica consiste en moler un buen grupo de botellas, depositar los vidrios en sacos de plástico, trasladarlos en una embarcación hasta un área del río con presencia de remolinos o “muyunas” y vaciar el contenido de los sacos en el centro de ellos, con la idea de aminorar la fuerza de las muyunas y mejorar la navegación, una versión considera que de este modo se ahuyenta a las gigantescas fieras (boas descomunales) que viven en medio de los remolinos.
El Grupo AJE, es la empresa peruana con mayor potencial y capacidad de expansión que existe en nuestro país, fundada por la familia Añaños a fines de los años 80, ha definido de forma certera sus líneas de acción a nivel nacional y latinoamericano, logrando posicionarse como una de las corporaciones peruanas más exitosas dentro y fuera del país en poco más de 20 años. El año 2003 sus ingresos superaron los 300 millones de dólares[1], el año 2009 sus ingresos fueron de 1,300 millones y para el 2010 sus ingresos se calculan en 1,500 millones[2]. Su proyecto de expansión mundial abarca los continentes americano, asiático y europeo, continente último, donde uno de sus productos (Big Cola = Kola Real) es el auspiciador regional de uno de los más importantes clubes de futbol del mundo: El Futbol Club Barcelona.
Algunas de las frases que definen la filosofía del Grupo AJE son: “calidad a precio justo” o “hacer empresa buscando hacer el bien”, lo que sin duda ha contribuido en gran medida al éxito del cual gozan en la actualidad. Focalizaron su atención en los grandes sectores populares, luego replicaron la experiencia a diferentes escalas en otras sociedades que poseían características similares al caso peruano, en especial aquellas con economías emergentes y con demandas insatisfechas en el mercado de bebidas gaseosas (colas), néctares, bebidas isotónicas, agua de mesa y finalmente: cerveza[3].
AJE lanzó sus cervezas entre los años 2007 y 2011, totalizando cuatro marcas orientadas a diferentes sectores: Club (consumidor  joven), Caral (consumidor de nivel socio económico - NSE - bajo), Franca (consumidor de NSE medio y asociada al boom gastronómico) y Tres Cruces (consumidor de NSE alto), no obstante, la verdadera segmentación del consumo está mayoritariamente condicionada por el precio de venta con el que llega al consumidor.
La industria cervecera en el Perú - a pesar de la excesiva carga tributaria que posee - ha experimentado un notable crecimiento en pocos años: entre el año 1999 y 2000 el consumo per cápita de cerveza en el país era menor a 25 litros[4], en el año 2009 fue de 41 litros[5], y en el año 2010 bordeó los 42 litros. Aunque este indicador sea menor en relación al promedio regional o mundial que varía de 45 a 60 litros, no podemos negar su franco crecimiento, debido, en parte, al ingreso de nuevas empresas y marcas a un mercado que hasta hace menos de 10 años era dominado por un solo competidor.
Debido a las estrategias de distribución y posicionamiento de sus marcas, AJE ha sido agresivo en la promoción de las cervezas Franca y Club para la Amazonía loretana (obteniendo buena acogida en las poblaciones rurales), en este ámbito, ambas mantienen precios bajos, además no tienen competencia seria con marcas de las otras grandes empresas cerveceras del país (Grupo Backus y Ambev Perú), pero si compiten con las marcas Iquiteña y Ucayalina, pertenecientes a Cervecería Amazónica, empresa cuya zona de acción es precisamente la Amazonía y en especial las comunidades rurales, donde la aceptación de sus productos es buena debido a lo asequible de sus precios.
No obstante el éxito de la industria cervecera, la generación de rentabilidad de estas empresas y transnacionales está sujeta al cumplimiento de ciertos parámetros económicos, que no necesariamente encajan dentro del concepto de sostenibilidad que ha sido bastante discutido (y manoseado) en los círculos académicos y empresariales en las dos últimas décadas.
Es sabido que la rentabilidad económica no siempre va de la mano de la rentabilidad medioambiental, y en este caso, el hecho de distribuir y comercializar cervezas en botellas de vidrio no retornable en una región con valores educativos ambientales muy pobres, solo acrecienta el ya caótico problema de residuos sólidos que tenemos, y que a mediados de la década de los 90 experimentó un crecimiento exponencial, debido al boom de las botellas plásticas y su empleo en la industria de bebidas. Pero esto no es nuevo, otras empresas emplean botellas de vidrio no retornable (Backus con sus botellas twist off), pero en este caso el público objetivo es otro y las dimensiones del problema tienen una escala menor. Siempre queda la posibilidad de reciclar (¿?) estas botellas, lo que obviamente es bastante difícil que ocurra en una comunidad rural amazónica, ubicada a 250 ó 300 Km de la ciudad de Iquitos, donde la única vía de interconexión es la fluvial.
El destino final de estas decenas de miles de botellas son los suelos y bosques aledaños a esas comunidades, y en la mayoría de los casos: los ríos y quebradas. A propósito de esto, es irónico que justo ahora, cuando se pretende promocionar al río Amazonas como una “maravilla natural”, los esfuerzos por evitar la degradación de sus miles de afluentes sean pocos.
Aunque el principal material que constituye la base del problema de residuos sólidos en comunidades rurales amazónicas, es el plástico, especialmente el teraftalato de polietileno – PET (materia prima de las botellas descartables), consideramos que siempre es posible aminorar la contaminación, evitando el ingreso de toneladas de vidrio no retornable en forma de botellas color ámbar, teniendo en cuenta que son necesarios 4,000 años para que se degraden.

Es obvio que generar botellas de vidrio retornable disminuirían los márgenes de ganancia económica del Grupo AJE en este rubro, pero ¿acaso no valdría la pena?, hablamos de cientos de comunidades y miles de pobladores dispersos en Loreto que consumen estas cervezas, ¿qué hay de las poblaciones rurales de la sierra y la costa?; ¿cuántas toneladas de vidrio se incorporan al ecosistema en un  mes, en un año?; ¿cuántas toneladas suman el plástico y el vidrio?
Y no es que AJE carezca de una visión idealista de desarrollo de la sociedad, pero esta se ha concentrado en el perfeccionamiento de las capacidades humanas. El trabajo de la Fundación Eduardo y Mirtha Añaños está orientado a ello, desde sus inicios en el año 2003, la fundación ha hecho extensiva la filosofía de la empresa a través del cumplimiento de sus retos: brindar capacitaciones a diversos públicos; promover la superación de las personas; promover la calidad de la educación; e impulsar y difundir la cultura del éxito[6].
Además de esto, la fundación promueve el desarrollo de pequeños productores agrarios; tiene un importante papel social que se manifiesta a través del establecimiento de consultorios y organización de campañas médicas; donación de becas a estudiantes; implementación de cabinas de internet; apoyo a damnificados de catástrofes; entre otras labores. En el aspecto medioambiental, organizan eventos de colecta de botellas plásticas a través de concursos escolares en diferentes ciudades del país, como Iquitos y Pucallpa, lo que demuestra que sí existe un interés (ligero) en temas de manejo de residuos sólidos.
Las políticas empresariales actuales obligan a un constante dinamismo para no caer en lo obsoleto o arcaico, por ello, el empleo de tecnologías limpias en los procedimientos industriales que resulten amigables con el ambiente en el momento actual, no son un lujo ni un exceso, son una imperiosa necesidad y un compromiso con los seres que habitamos el planeta, aunque ello suene romántico.
Ahora que una empresa cervecera líder promueve una campaña de reintroducción de una botella de color verde, rememorando lo tradicional, sería interesante que esta y otras empresas promuevan la presencia de una “botella verde”, en un sentido estrictamente ecológico. Si en los próximos años el concepto de desarrollo de las grandes transnacionales cerveceras - propias y ajenas - no se armoniza con el ambiente, tendremos pocos motivos para entrechocar los vasos y decir “salud”.


[1] Dato extraído del artículo “Fabricante peruano le hace la vida más difícil a Coca Cola y a Pepsi”, escrito por D. Luhnow y C. Terhune, The Wall Street Journal. Versión publicada por el diario El Comercio el 27 de octubre de 2003.
[2] Información extraída del artículo “Aje Group. El mundo en una botella peruana”, escrito por R. Mendoza para el suplemento Domingo del diario La República, publicado el 27 de febrero de 2011.
[3] Información sistematizada de documentos institucionales de AJE: “AJE. Ganas de trabajar. La historia de AJE”; “AJE. El planeta es grande. La internacionalización con el precio justo”; “AJE. Hacer empresa haciendo el bien. Fundación Eduardo y Mirtha Añaños”, todos editados por Cecilia Balcázar Suárez/b+A Comunicación Corporativa. 
[4] INDECOPI. 2000. Impacto del impuesto selectivo al consumo sobre la competencia en los mercados de cervezas y rones. Documento de trabajo Nº 006.
[5] Dato extraído de boletín electrónico publicado por el Departamento de Estudios Económicos de Scotiabank relacionado a la industria cervecera, con fecha 5 de febrero de 2009. Se asume que existe error en el año de la publicación (debería ser 2010), ya que el documento muestra datos e indicadores posteriores a esa fecha.
[6] Sistematizado de: AJE. Hacer empresa haciendo el bien. Fundación Eduardo y Mirtha Añaños, editado por Cecilia Balcázar Suárez/b+A Comunicación Corporativa. 



miércoles, 18 de mayo de 2011

Pequeñas anécdotas y chistes referidos al culo

“…el día en que la mierda tenga algún valor, los pobres nacerán sin culo…”
Frase del general dictador, personaje de “El otoño del patriarca” de Gabriel García Márquez

Dentro de la literatura contemporánea citar al culo es relativamente frecuente, es mucho más común citarlo en anecdotarios, cuentos cortos, blogs, artículos periodísticos, entre otros. Mencionar esta parte de la anatomía es usual en distintos círculos sociales y en diferentes circunstancias, personalmente haré mención de algunos chistes y anécdotas propias y ajenas relacionadas con el tema, y que, nos guste o no, forma parte de nuestro criollo folklore.
El origen de esta nota la encontré en una entrevista brindada por Pedro Escribano al suplemento dominical del diario La República el domingo 13 de diciembre de 2009, a raíz de la publicación de su anecdotario “Rostros de memoria”. Acá va parte de la transcripción de la entrevista y de una anécdota en particular:
“…Arguedas, Martín Adán, Sebastián Salazar Bondy, y en el auto Juan Mejía Baca, repararon que una señora joven y hermosa llevaba puesto un vestido negro, de tubo, y caminaba cimbreándose por la plaza de Chiclayo. Era prima de Juan Mejía. El editor contó que su prima había enviudado por tres veces. La última vez de un aviador.

Seducidos por la figura de la dama, rijosos, le pidieron al amigo librero volver con el auto para observarla otra vez. José María, al verla de nuevo, no contuvo la emoción y comentó:

-¡Qué linda tu primita, Juan!- y luego le pide una vuelta más.

Y otra vez la exclamación…

-¡Linda la viudita, Juan!- repetía sin dejar de alabar el trasero de la joven de luto.

Y una vuelta más y otra más, ¡qué linda la viudita, Juan!

Martín Adán, cansado de escucharlo y cansado también de las vueltas, rompe su silencio y lo desafía:

-Si tanto te gusta la viudita, baja pues, y éntrale.

El escritor lo miró, hosco, casi con pánico.

-Estás cojudo… en ese culo penan”

Muchas anécdotas relacionadas con el tema derivaron en chistes anónimos, uno de los más celebrados en Amazonía peruana dice más o menos así:
Un avispado jovencito se acerca a una vendedora de aguajes para comprar un par de bolsas, y con ganas de joder le pregunta: “señora, ¿y será verdad que el aguaje te hace maricón?”, la señora mirando al joven de la cabeza a los pies  le responde: “mira jovencito, yo te estoy vendiendo este aguaje para que comas, no para que metas en tu culo”.
Hace unos meses llegué a una comunidad de la cuenca del río Napo, ordenando mis cosas me di con la sorpresa que había olvidado los rollos de papel higiénico de rigor, casi de inmediato me dispuse a adquirir el bendito papel cuanto antes, efectué un rápido recorrido por el pueblo y observé apesadumbrado que casi todas las bodegas se encontraban desabastecidas, hasta que llegué a la última bodega de la zona, me dirigí al dependiente y le pedí papel higiénico, el señor hizo una breve búsqueda y al ubicar un rollo me dijo: “amigo, acá hay, pero sólo tengo un rollo”, casi de inmediato le dije: “y yo sólo tengo un culo, véndeme el rollo amigazo”.
Entre el año 2003 y el 2006, junto con “el chino” Luciano, solíamos visitar diferentes puestos de comida ambulante para disfrutar de algunos potajes regionales, especialmente en el horario nocturno. Una noche, en uno de los puestos ambulantes de la intersección de la calle Manco Capac y la calle Yavarí, decidimos saborear un caldo de gallina regional, al terminar nuestra cena, el chino Luciano le pidió a la vendedora que le facilitara servilletas, ya que en la mesa no había ningún servilletero, ante el pedido, la señorita sacó de un rincón un flamante rollo de papel higiénico y lo colocó en la mesa, el chino cogió el rollo, sacó lo necesario para limpiarse la jeta y se dirigió a la señorita con estas palabras: “ hija, la próxima pon servilletas en tu mesa ¿ya?, el papel higiénico es para limpiarse el culo, no la boca”.

lunes, 9 de mayo de 2011

¡Quiero un policía! – Crónicas del neo paraíso amazónico

En Iquitos circulan numerosas historias de índole sexual, muchas de ellas vienen ganando el estatus de leyendas urbanas contemporáneas, no obstante, existen algunos temas que merecen un poco más de atención y están relacionadas con esa peculiar condición de “paraíso sexual” que en las últimas décadas nos hemos ganado -  con razón o sin ella -  tanto en el resto del país como en el extranjero.
Dentro de este marco contextual, se dice que en nuestra ciudad existen siniestros personajes ocultos bajo pintorescas fachadas, poseedores de una red de contactos (con catálogo incluido) cuya principal función es la satisfacción plena de las angustias sexuales; se habla de jóvenes “galácticos” armados de ardides sutiles, que sólo buscan captar a bellas damiselas para luego ser vejadas sexualmente (con su autorización) y expuestas al escrutinio público a través de imágenes y filmaciones colgadasen el mundo virtual (sin su autorización); se cuenta que en ciertos hoteles donde ovejas descarriadas sucumben ante la lujuria, existen cámaras “sembradas” inmortalizando las ardientes escenas que luego serán digitalizadas en discos compactos y luego comercializados a tres soles la unidad, en las cuatro esquinas de la calle Próspero con Palcazu; se comentan muchas otras situaciones de similar o peor  índole, sólo limitadas por nuestra imaginación.

Un fin de semana de hace un par de años, un amigo estaba ocupado en sus asuntos cuando recibió una llamada de un número desconocido, como el código era de Pucallpa, de donde mi amigo es natural, no tuvo ningún reparo en contestar.
-          Aló
-          Hola hermano, ¿qué tal? Te saluda Ernesto…
-          Ernesto, ¿qué Ernesto?
-          Ernesto Puja pues, tu “promoción” de primaria…
-          Este, pucha amigo, la verdad no sé, de repente te equivocaste…
-          No viejo, ayer precisamente conversé con tu mamá acá en tu casa, precisamente ella me dio tu número, lo que pasa es que han pasado más de 25 años y la mente es frágil, pero escúchame un toque; te llamaba porque mañana estoy llegando a Iquitos vía aérea a las cuatro de tarde, voy por motivos laborales y no conozco a nadie, esperaba que tú me pudieras dar la mano…
-          Pucha "choche", no sé, ¿a las cuatro dices?, ya pues, te espero en el aeropuerto y salimos de dudas.
-          Listo hermano, entonces nos vemos mañana, chau.
Mi “pata”, más por curiosidad que por vocación de servicio, decidió sacrificar su tarde de sábado para recoger al susodicho, - “ojalá no más no sea una pendejada de esas” - pensaba. Al día siguiente,  grande fue su sorpresa cuando en la sala de desembarque ubicó a su promoción, - “¡pero si es el cojo Puja!” - se dijo, recordando que a pesar de su condición, Puja había sido uno de los más pendencieros del grupo de chiquillos con los que estudio la primaria.
-          ¡Cojito, hermano!, puta madre que no me acordaba ayer, pero ni bien te vi, se me abrió el baúl de los recuerdos…
-          Jajaja, al que casi no reconocí es a ti, si estás recontra gordo, en sexto grado eras una piltrafa, dabas pena hasta cuando caminabas.
Luego de los respectivos abrazos, mi amigo trasladó hasta un céntrico hotel a su viejo compañero, pero sólo para dejar sus cosas, ya que el cojo Puja moría por tomarse unos tragos en alguno de los míticos bares de nuestra  ciudad, y no quería perder el tiempo pues partía dos días más tarde.
Para no desentonar con el momento, el lugar escogido fue el archiconocido bar “El Refugio”. Las chelas circularon frenéticamente y la charla de fondo estaba centrada en los recuerdos de infancia, el colegio primario y los amigos comunes. Luego de unas horas de andar empinando el codo y con más de una docena de cervezas entre pecho y espalda, el cojo se acercó a mi amigo y le hizo la siguiente confesión:
-          Oye promoción, de verdad de verdad, tengo ganas de echarme un polvito, ¿tú crees que podamos conseguir algo por acá?
-          Puta promo, de poder se puede, pero mejor hay que seguir chupando…
-          Promoción, de verdad, estoy recontra arrecho, si no me das la mano, yo mismo voy a buscar.
-          Ni huevón, así como estás, si te dejo sólo, mañana te encuentro en la primera plana de algún periódico, espérame un toque…
Mi amigo se alejó unos metros e hizo unas llamadas por celular, luego se acercó al cojo y le dijo que la solución a su problema estaba en camino. Al cabo de unos minutos, un conocido estilista de la ciudad en aquellos años se acercó a la mesa de los amigos.
-          ¿Y flaco, qué se te ofrece?
-          A mi nada “flaca”, es para mi pata.
-          Ah, está bien, que se te ofrece amigo, te veo coloradito.
-          Oye promoción, chistoso eres, cómo me traes esto…
-          Promoción, no entiendes, la flaca tiene un arsenal a tu disposición, tú sólo pide, franco.
La flaca intervino rápidamente: “tengo de todo: enfermeras, maestras, anfitrionas, reinas de belleza, policías, de todo…”
-          ¡Quiero un policía! – se apresuró a decir el cojo.
-          No hay problema “antojerillo”, déjame hacer unas llamadas a ver si mis amigas están o no de turno.
-          No, no, dije un policía, ¡un policía!
-          Oye, ya te escuché, tengo en mi lista unas policías femeninas bien regias que…
-          ¡NO!, yo quiero un policía, ¡UN POLICÍA HOMBRE!
Los dos acompañantes se quedaron sorprendidos - “este huevón, tan borracho está que no sabe ni lo que dice”- pensaba mi amigo - “mejor lo llevo al hotel a que duerma”.
-          Cojito, mejor te llevo a tu hotel, y mañana charlamos…
-          Promoción, de acá no me muevo hasta que traigan mi pedido…
Dicho esto, el cojo pidió dos “chelas” más y se cruzó de brazos, la flaca anotó: “por mi parte no hay problema, yo soy de todo arreglo, hago una llamada y en 15 minutos máximo, el pedido llega por delivery, con uniforme y todo”, mi pata se encogió de hombros - “a ver qué pasa” - se dijo.
Transcurrido un buen rato y unas chelas de por medio, un flamante PeNePe hizo su aparición, la flaca lo llamó y éste se dirigió a la mesa con paso firme, en las demás mesas se notó cierta preocupación en la gente, pues imaginaban ser testigos de una pequeña batida, no se equivocaban.
Al cojo Puja se le salían los ojos y la baba ante la presencia del uniformado - “¿Qué mierda es esto?” - pensaba mi pata.
 - “Bueno, ¿a quién hay que intervenir?” - dijo risueño el PeNePe
- “¿Trajiste tus esposas?” - le preguntó sarcásticamente la flaca.
- “Claro, también el garrote, si es que hay resistencia”, respondió el PeNePe.  

Las carcajadas entre ambos no se hicieron esperar. El cojo no aguantó más - “¡por favor promoción, que me espose, que me espose!” - suplicaba. Mi amigo observaba  impávido la casi surrealista escena que tenía frente a él - “bueno cojo, tú lo pediste, ojalá esta sea una de tus pendejadas de antaño”- pensó.
De este modo, fue mudo testigo de la intervención policiaca, vio como engrillaban al cojo, como lo subían a un “motokar”, y lo vio perderse por la pista con destino incierto, con el PeNePe al lado. “Bueno flaco, misión cumplida, ¿se te ofrece algo más?” - preguntó el proxeneta con una sonrisa burlona. “Flaca, vete a la mierda, y desaparece antes que te saque la 'chucha', ojalá no más no le pase nada a mi pata” - respondió mi amigo, mientras se dirigía a una mesera pidiendo la cuenta.
Al día siguiente por la tarde, cuando los efectos del trago habían disminuido, mi amigo se apresuró a llamar al hotel para conversar con su promoción, para su sorpresa fue informado que el cojo había partido al aeropuerto temprano, pues viajaba en el primer vuelo. “Puta madre, que raro, mejor llamo a la flaca” - se dijo.
-          Hola flaquito, estaba esperando tu llamada.
-          Déjate de vainas flaca, ¿Qué pasó con mi pata?
-          ¿Cuál, el cojito “antojero”?
-          Si pendejo, no te hagas el cojudo.
-          Jajaja, por tu pata no te preocupes: ANOCHE LE HAN DADO UNA ZURRA PARA EL RECUERDO, si creo que hasta le han dejado cojo de la otra pierna, ahorita debe estar andando en silla de ruedas, jajaja…
-          No, en serio, deja de joder, ¿dónde está ahora?
-          Pero en serio pues, así fue, el PeNePe hasta lo dejó en su hotel y el cojo le dijo que hoy volaba a Pucallpa…
-          Ya, eso quería saber, chau.
A pesar de que se esforzó en localizarlo, le fue imposible hacerlo. Mi amigo quedo perturbado con todo el asunto, “entonces este pendejo si hablaba en serio, de viejo me hacen de alcahuete, y encima de un marica, y de yapa mi promoción del colegio”. Desde entonces no volvió a tener noticias de su pata el cojo Puja.
Seguro también has sido testigo (o protagonista) de historias similares, sueños prohibidos que esperan pacientemente ser cumplidos, existen para ello ángeles carnales que sólo aguardan una llamada telefónica, una dirección y una misión. Policías estrictos en el cumplimiento de la ley, bomberos expertos en calmar  fuegos interiores, pilotos capaces de volar a nuevos firmamentos, doctores que calmen dolores y aflicciones físicas, soldados aguerridos y curtidos en mil combates, hay de todo y para todos. Sólo es cosa de marcar los números correctos y de estar en el paraíso indicado.