martes, 3 de diciembre de 2013

Las carachamas y el concurso de glotones


Esta historia me la contaron mis amigos de la comunidad campesina Santa Cruz, en la feliz época que laboré en el río Tahuayo.

En una comunidad cercana al caño Yanayacu, en la cuenca del río Amazonas, los pobladores celebraban su aniversario con múltiples actividades, dentro de estas no podía faltar el campeonato de futbol masculino y femenino, el concurso de natación, el concurso de canotaje, y el concurso de glotones que se había convertido en uno de los más esperados y celebrados por los comuneros.

Durante varios años, este concurso había sido dominado por un joven de 26 años con más de 100 kilos de peso, conocido como “el alcalde”. Todos los glotones locales y foráneos que lo retaban, sucumbían ante su arrolladora destreza para engullir de golpe y en tiempo record, los bizcochos, los guineos, los huevos duros, las gaseosas y todo aquello que pusieran a su alcance durante el desafío.

Aquel año se decidió cambiar el formato del concurso para hacerlo más original, competitivo y divertido. En esa temporada, la pesca en la zona había sido excepcionalmente fructífera, y una de las especies más abundantes fue la carachama, en los rapisheos se contaban millares de estos peces prehistóricos.

Teniendo en cuenta esto, la comisión de juegos decidió por unanimidad, que el concurso de glotones tendría como plato principal (y único), a la carachama. Las bases indicaban que el triunfador sería aquel concursante que comiera un total de 30 carachamas cocinadas. Cuando se anunció por los altavoces las nuevas modificaciones del concurso, la población se sorprendió, pero aplaudieron el cambio. Los más jóvenes se preguntaban: ¿30 carachamas? Están locos, nunca van a terminar de comer; los experimentados los refutaban: la carachama es puro cascarón, casi no tiene carne.

El entusiasmo se incrementó al máximo cuando la comisión organizadora señaló que el premio para el ganador sería un imponente peque peque de 13 HP, de la mejor marca del mercado.

Entre los participantes, destacaban “el flaco”, un atalayino que poseía una panza que le llegaba a las rodillas; el “cuchara brava”, de soberbia musculatura, perteneciente a la localidad de Tamshiyacu; “el illurro”, un peso pesado de la comunidad de San Juan; Venancio, un anciano pescador que vivía en una cocha anexa al caño Yanayacu; y por supuesto, el representante local y favorito en las apuestas: “el alcalde”.

Casi todos los concursantes eran personajes colosales, de amplias espaldas o increíblemente ventrudos, la excepción era el buen Venancio. El septuagenario anciano apenas excedía los 50 kg de peso. De andar pausado y buenas maneras, Venancio desencajaba totalmente del grupo de mastodontes con los que se enfrentaba.

Las burlas del público no se hicieron esperar, el pobre anciano recibió todo tipo de calificativos.

-          ¿Qué pues hace ahí ese viejito?, cuidado le van a comer así, pensando que es fideo.

-          ¡Por culpa de Venancio ya están viniendo los gallinazos!

-          ¡Vejez, mejor anda cava tu tumba! – y otras frases y adjetivos burlescos.

Mientras tanto, los organizadores colocaban en el suelo las bandejas con las carachamas sancochadas. En las mesas unipersonales, solo estaban los platos y una botella con agua para evitar atragantamientos. En medio de una gran expectativa, se dio inicio al concurso.

Las barras de los favoritos eran un espectáculo aparte, cada una tenía una arenga especial, los niños chillaban, las mujeres gritaban y los hombres bramaban de forma incansable. Sin proponérselo, el círculo de gente que rodeaba a los concursantes se fue achicando, lo que volvió más frenética la competencia.

Los participantes, cada vez que mordían las carachamas buscando la carne, incrustaban su boca con las espinas, fragmentos de placas, las aletas puntiagudas y restos óseos que les causaban terribles escoriaciones, rasguños y heridas de toda magnitud en la lengua, los labios, las encías, el paladar, las mejillas e incluso el mentón. A ese ritmo, comer carachama dejaba de ser un placer y se convertía en una tortura inimaginable.

En menos de cinco minutos, casi todos los rivales tenían la boca con cortes profusos de los cuales manaba sangre, a excepción de uno de ellos: Venancio. Hasta ese momento nadie se había percatado del viejo. Él no tenía cortes en la boca, es más, en esos cinco minutos ni siquiera había probado un bocado de carne de carachama. Entonces, ¿qué había hecho?

La respuesta era simple, Venancio se había dedicado a “desarmar” más de una docena de carachamas. Con la habilidad de un cirujano les quitaba todas las placas del cuerpo, dejando la cabeza intacta. Acto seguido, separaba cuidadosamente la poca carne que tenía el pescado y la colocaba en medio del plato, de este modo, se iba formando un cerrito de puro filete de carachama. “El alcalde”, que iba a la delantera del concurso, apenas había comido nueve carachamas, su cerebro no tenía tiempo para procesar otra información que no fuera la de comer, aunque se desollara la boca en el intento.

Transcurridos 10 minutos, la gente comenzó a darse cuenta que la estrategia del anciano fue la más adecuada. Había desarmado un total de 28 carachamas y en su plato se lucía intacto alrededor de medio kilo de puro filete. A esas alturas de la competencia, tanto el illurro como el flaco, ya se habían retirado: ambos tenían la lengua en carne viva. Los demás concursantes, en un último y desesperado intento de ganar la competencia, cambiaron radicalmente su estrategia y se pusieron a desarmar sus pescados. Pero ya era tarde.

Antes de un cuarto de hora Venancio tenía frente a él, un suculento plato de pura carne de carachama, que se devoró en un santiamén.

La población estalló en gritos de júbilo por el triunfo del viejo. De la burla pasó a la gloria. Fue levantado en hombros por los mismos que lo habían vapuleado, y recibió su premio en medio de la algarabía popular, pero eso era lo menos importante. Lo trascendental fue que aquel día en aquel pueblo, Venancio estampó su proeza en las mentes y corazones de todos los que tuvieron la oportunidad de verlo competir y triunfar.

Diario mañanero de un petrolero

Miércoles 25 de setiembre de 2013
2:20 am: Despierto con cierto sobresalto, desde el segundo piso del camarote observo algo diferente en el ambiente, debido a mi somnolencia, tardo en percibir que el cuarto está inusualmente iluminado. Las luces de emergencia se activaron. La causa: el generador del campamento se apagó. Siento el cuello de mi camiseta ligeramente húmedo, "¿sudor o baba?" me pregunto. Mejor no me respondo. Tardo en dormir.

4:05 am: Vuelvo a despertar, tengo la extraña sensación de joder a todo el mundo con los grotescos ronquidos que estoy seguro emito mientras duermo. Me calma el hecho de descubrir a otro compañero de cuarto roncando, y aunque sus ronquidos no le lleguen a los talones a los míos, me siento reconfortado. Levanto la muñeca mecánicamente para cerciorarme de la hora, es inútil: no uso reloj de pulsera desde hace seis meses. Busco el celular en el bolsillo derecho del pantalón, veo la hora, se que aún dispongo de un buen rato para ahogarme con mis propios ronquidos.

5:00 am: El despertador suena. Cumple una función secundaria, solo me informa la hora que es, porque despierto estoy desde las cuatro. Tengo que levantarme. Me da pereza el hecho de moverme, no por haraganería, sino por no joder a mi compañero que duerme en el piso inferior del camarote. Arrastro el cuerpo sobre el ergonómico colchón Paraiso y no puedo evitar el balanceo del catre y el horroroso crujir del metal del cual está hecho. ¡QUE PUTA! ya es hora de levantarse pendejos dormilones.

5:05 am: Me visto en penumbras, cojo el cepillo, la pasta de dientes y el jaboncillo, remango los botapies del pantalón, para no mojarlos con las dudosas aguas del piso de los baños comunes. Una vez allí, meo tranquilamente. No puedo decir lo mismo de la cepillada, la gente hace ruidos espantosos al cepillarse los dientes; algunos se cepillan 10 minutos, como si tuvieran 250 dientes; otros botan las amigdalas en el lavabo; yo aplico el sistema que me recomendó la odontóloga en el chequeo anual 2011: "de arriba a abajo, de abajo a arriba, no de lado a lado, así te gastas los dientes". El espejo devuelve mi imagen, "cada día más pelado" me digo a  mí mismo.

5:15 am: De vuelta al cuarto, mis compañeros siguen durmiendo, ¿Cómo hacen?. Me termino de vestir, echo en falta un par de medias que llevaron a la lavandería y no trajeron de vuelta, ¿o alguno de mis compañeros las cogió?.


5:20 am: Me voy al comedor, ¡yo que en mi casa me quejo del desayuno a las 6:30 de la mañana! Conozco de memoria el menú mañanero: huevos duros, huevos fritos, huevos revueltos, ¿qué se sirve señor? me pregunta el expatriado que sirve la comida, ¿huevo? le respondo. Algo de jugo, un pan (quiero dos pero estoy muy gordo), aceitunas y listo. Me apena pensar en lo que habrá sufrido el nutricionista seleccionando este desayuno, seguro se quemó el cerebro de tanto meditarlo. Termino de comer a duras penas. La mañana apenas comienza.

sábado, 10 de agosto de 2013

El trabajo, el dinero y los hijos


Cuando la naturaleza de nuestro trabajo implica largas ausencias del seno familiar, uno sabe que se pierde horas/días de cotidianidad con nuestros seres queridos, tiempo que invariablemente no podrá ser recuperado. Sin embargo, los que pasamos por tales circunstancias lo percibimos de un modo bastante grueso, no nos tomamos el tiempo suficiente para analizar en detalle las implicancias que esto puede generar en el futuro mediato.

Una tarde, cuando me encontraba leyendo un periódico atrasado (fiel a mi costumbre), mi hijo, que en ese entonces bordeaba los dos años de edad, apareció en la sala totalmente radiante dando gritos de júbilo a bordo de su patineta. La alegría que mi pequeño expresaba mientras jugaba, me contagió y logró arrancarme una sonrisa, después de unos segundos me percaté de un aspecto en el que inicialmente no había reparado.

Observé como Renzo Gabriel dominaba la patineta con gran habilidad: el juguete era casi una prolongación de su pequeño cuerpo. ¿Cuándo había ocurrido eso, en qué momento? Uno no aprende a dominar la patineta de la noche a la mañana, hacen falta horas de práctica, muchas caídas, varios raspones y ríos de llanto. ¿Dónde estuve yo que me perdí todo eso? Seguro trabajando, me dije. El trabajo, razón inexpugnable para justificar nuestras ausencias, nuestras tardanzas, nuestros olvidos.

Yo trabajo por mis hijos, por mi familia - es una de las frases más empleadas que uno escucha decir (y dice), pero ¿qué tan cierto es esto?, una respuesta rápida sería: totalmente cierto, los padres trabajamos por nuestros hijos, para que no les falte lo que a nosotros nos faltó. Hago un viaje en retrospectiva y caigo en cuenta que uno no añora aquellas cosas físicas que de adultos creemos que nos faltó de niños: juguetes caros, viajes al extranjero, ropa y calzado de marca, entre otros. Lo que uno añora son esas cosas simples que nos llenaban de alegría los días: los mimos de los padres, los desayunos familiares de los sábados, jugar “de verdad” con los amigos y hermanos, escuchar los cuentos antes de dormir, bañarnos en la lluvia, entre otras decenas de cosas. La mayoría de estas actividades resultaban tener bajo costo o eran totalmente gratis y lo más importante, no tenían relación directamente proporcional con las horas que nuestros padres le dedicaban al trabajo, la relación era inversa.

Entonces, si lo que en realidad añoramos son las cosas sencillas, sin grandes costos, ¿por qué nos empeñamos en darles a nuestros hijos lo que no es prioritario? los tiempos cambian – diría alguien -nuestros hijos merecen vivir de acuerdo a las posibilidades que nos da el siglo XXI. De acuerdo, pero ello no excluye las relaciones personales, estas deberían fortalecerse, so pena de deshumanizarnos y convertirnos en meros autómatas replicando tendencias y modas.

Lo cierto es que nuestros hijos nos necesitan más a nosotros que a nuestros trabajos y nuestro dinero. Nuestra presencia y participación constante en su proceso formativo, es lo que les proporcionará esa identidad tan necesaria en ellos para poder desarrollarse de manera plena, el dinero y lo que obtenemos de el - asociados al tiempo que pasamos en el trabajo - de ningún modo pueden suplantarnos, solo ayudan a complementar nuestra labor.

Desde la vez que vi a Renzo maniobrar su patineta, se me hace más difícil tener que dejar a mis hijos por motivos laborales. Estoy plenamente convencido que al final de cada periodo sin ellos, he perdido algo nuevo en su proceso de aprendizaje, y yo quiero formar parte de éste, no ser un simple espectador en la zona VIP.

Sé que llegará el momento en que tenga que tomar una decisión al respecto, y mandar todo al tacho, pero mientras tanto, solo me queda decir, parafraseando el título de un cuento de Gabo “Uno de estos días”. Espero con ansias ese día.

 

viernes, 24 de mayo de 2013

Aquellos viejos bares


Las dos últimas son mías

En la esquina de las calles Fanning y 9 de diciembre, existió durante casi tres décadas un bar bodega sin nombre, el dueño del lugar era “el aprista”, en ese lugar comenzó mi romance con el trago de una forma inocente: comiendo lonjas de huito maceradas en abundante aguardiente. Recuerdo las grandes borracheras que allí armaban los adultos después de jugar futbol los fines de semana y los juegos de cacho y naipes que todas las tardes se disputaban en ese lugar.

Creo no exagerar al afirmar que en aquellos años casi todas las calles tenían un bar o un bar bodega, categoría última que podría considerarse en extinción, ya que apenas un puñado de ellas han resistido el paso de los años de muy mala manera. He aquí una breve descripción de diez de los bares a los que tuve oportunidad de conocer desde dentro.

Bar bodega “Trabaja y no envidies”

Un sobreviviente a nuestra época, un bar bodega en el que no había prisa por cerrar la puerta, ni de la congeladora, menos de la calle. Era el refugio perfecto de los cerveceros incomprendidos, de aquellos que siempre chupaban al límite del bolsillo y de la madrugada. En mi época post colegial, anclé en más de una ocasión en aquel antro, y posteriormente, en la universitaria, hubo más de uno que me contó sus penas  (o a la inversa) en sus pétreas mesas. La ventaja de ser mitad bar y mitad bodega, era que una vez sazonados, el piqueo de atún en conserva con harta cebolla y ají charapita, no se hacía esperar.

Bar “El Barquito”

Embarcarte en este navío era toda una aventura, el diseño exterior e interior de este bar recordaba parcialmente la cabina de mando de una nave de la época del caucho. Sobresalían en su escaparate gigantescas botellas de vidrio, que en su interior guardaban con celo, el vital elemento embriagador: la cachaza. Para los amateurs destacaban los preparados “dulces” de camu – camu, cocona o huito; para los experimentados estaba el ajengibre, el siete raíces o el chuchuhuasi; y para los veteranos curtidos en mil embriagantes y oníricas batallas: el trago blanco. La cerveza era casi un elemento indecoroso en las mesas de “El Barquito”.

Bar “Quique”

Uno de los bares más emblemáticos de Iquitos a finales del siglo pasado fue el bar “Quique”, sus inicios datan de los años 70, y aunque estuvo a punto de desaparecer en los 90, fue recuperado por sus dueños y reubicado por disposiciones municipales, ya que estaba en el extremo de una esquina cortada en cuchilla que iba paralela a la av. Quiñones, frente a la plaza Bolognesi, ubicación que era potencialmente peligrosa debido al tráfico vehicular de la zona. Esta reubicación le resto algo de personalidad al bar. Mi padre, en sus años mozos, fue sacado a rastras de este bar en más de una ocasión. La alteración de su espacio hizo que - por lo menos ante mis ojos – perdiera parte de su encanto.

Bar “La Rockola”

Este bar, ubicado en pleno centro de la ciudad, exactamente frente a la plaza 28 de julio, estaba en plena vigencia hasta hace un par de años, su sello particular era la presencia de una rockola en funcionamiento, la misma que por la módica suma de un nuevo sol, te permitía seleccionar un añejo tema de Iglesias, Sesto o Perales. Fue en ese bar que seduje (sin éxito) a quien ahora es mi esposa. Hace poco, la Rockola sucumbió a una buena oferta económica para transformarlo en un moderno e impersonal snack.

Bar “La Frontera”

Un bar con el sello distintivo de servir cerveza en enormes vasos de vidrio de medio litro, al estilo chopp, era un bar para aquellos que buscaban distinguirse de los demás, la música que emitían los parlantes era seleccionada, el DJ intercalaba con singular maestría un tema de Niche, Andy Gibb o Bon Jovi. Este bar también se especializaba en la preparación de ciertos tragos como “Singapur” o “Naranja Mecánica”, pensando en las billeteras menos afortunadas o los paladares más aventureros.

Bar “El Inti”

Fue quizá uno de los bares más mediáticos de una década en especial, en “El Inti” era común encontrar parroquianos de diferentes generaciones, sobresalía su horroroso diseño de almacén y un enorme repertorio de casetes que incluía a los máximos representantes del bolero, la balada, los pasillos y los vallenatos.

Su principal virtud: ser un bar de “hamaca” o amanecida, siempre dispuesto a atender a todo aquel insatisfecho parroquiano que era expectorado de las apoteósicas fiestas sociales que se organizaban en el Agricobank, la Furia Charapa o el Complejo del CNI en los dorados años 90. Puso el sello de “abierto las 24 horas del día”.

Bar “El Chupódromo”

La gracia de esta cantina nunca obedeció a lo especial de su atmósfera, tampoco a la existencia de un trato diferencial hacia los clientes, menos a lo innovador de su diseño, su distintivo era la venta de cerveza a precio de mayorista. Tal vez el plus adicional que brindó este bar, fue la posibilidad de libar en la vereda e incluso en la calle, fea costumbre que el dueño del local incentivó, al mandar construir pequeñas sillas especialmente diseñadas para tal acto. Recordemos que al loretano solo hay una cosa que le gusta más que chupar: ver que otros lo observen chupando.

Chucho’s Bar

Quizá fue el pionero en bares de su tipo, pensada en una clientela joven, escolar, post escolar o universitaria, Chucho’s fue en los pocos años que funcionó, a inicios de los 90, el bar de los colegiales, de los que nos emborrachábamos con la propina que los papis nos entregaban los fines de semana, el bar de la sazonada previa para iniciar la parranda obligada después de una semana de clases y reproches estudiantiles en casa. Su existencia fue efímera pero intensa.

Bar “El Palo Alto”

La especialidad de la casa: las bebidas espirituosas, célebre por contar en su carta con el popular “balazo” que no era más que una buena copa de aguardiente o cachaza en su estado original. Fue el refugio casi obligado de estudiantes universitarios de la UNAP con la garganta áspera y el bolsillo endeble. Aquí también sucumbimos en más de una ocasión a los encantos de una “camuchita” o un “coconachado”.

Bar “El Refugio”

Tal vez el más reconocido de los bares de Iquitos, ha sido protagonista de numerosos artículos para revistas, periódicos e incluso documentales, la razón es simple, el bar es identificado como el lugar ideal para los infieles, para aquellos que buscan mantener a sus amores prohibidos lejos de miradas escrutadoras. Ubicado estratégicamente en la curva de Moronacocha, este bar posee un decorado caracterizado por la abundancia de luces de neón, letreros y dibujos de colores fosforescentes que saturan las paredes, lo que ayuda a distorsionar la realidad y establece la atmósfera previa ideal, para el posterior desborde de pasión y lujuria ausente en casa.

En este top ten, he incluido aquellos lugares que marcaron una época en particular, paralela a mi propia historia. Seguro algunos incluirían en su lista al “Polibrisas”, “Musmuqui”, “Tip Top”, “Arandú”, “As de Copas”, “Nikoro”, al bar “Rosita” o a otra cantina, basado en su experiencia personal. El tema es amplio y las preferencias son discutibles por donde se mire, no obstante, los invito a extender la discusión en una mesa, al fin y al cabo, dicen que recordar es volver a vivir, y si es en un bar, cuanto mejor.

martes, 21 de mayo de 2013

El enmascarado y la cabeza de chancho


…cuando me buscan nunca estoy

cuando me encuentran yo no soy…

 

Fragmento de Desaparecido - Manu Chao

En enero del año 1991 viajé a Pucallpa a pasar vacaciones junto a mi padre, en esa ciudad solo estuve un par de semanas ya que luego enrumbamos a Lima donde transcurrió el grueso de mi descanso escolar. Lo vivido en Lima en ese verano lo recuerdo vagamente, sin embargo, en la tierra colorada hubo un suceso en particular que aún en la actualidad me causa cierto sinsabor, es precisamente esa historia la que detallaré a continuación.

En aquel entonces Pucallpa aún estaba convulsionada por el terrorismo, eran frescas las historias de asesinatos sistemáticos por parte de las hordas senderistas y en especial de las emerretistas. Los cadáveres amanecían en cualquier zanja, desagüe o terreno baldío de los pueblos jóvenes de la ciudad. La casa de mi padre se ubicaba en el pueblo joven 9 de Octubre, exactamente frente al colegio agropecuario, en cuyo frontis aún podían leerse arengas escarlatas apoyando la guerra popular.

En esa época nació la leyenda urbana que hablaba del éxodo de homosexuales, delincuentes y prostitutas, quienes desesperados ante la amenaza de ser “ajusticiados” por su condición de lacra social -  según la ideología terrorista - atiborraban las motonaves fluviales con destino a Iquitos.

El protagonista de este relato era el cuñado de mi padre, tenía el mismo nombre de una de las máximas estrellas de la lucha libre mexicana, famoso por usar una máscara de plata en cada una de sus presentaciones. Por ello, lo nombraré como el “enmascarado”.

El enmascarado era un hombre de campo, la chacra y el monte eran su centro de trabajo, cada cuatro o cinco días llegaba a la casa de mi padre con fardos de carne del monte e inmensos racimos de plátano, una parte era destinada a la cocina y el resto lo comercializaba en un mercadillo cercano. Era muy joven, todavía no cumplía los treinta años; su piel quemada por el sol, dejaba atisbos para suponer que alguna vez había sido trigueña; su cuerpo macizo y el porte militar hacían presumir que había servido en las fuerzas armadas; su estatura superaba ampliamente la talla promedio del hombre amazónico e invariablemente llevaba las botas de jebe salpicadas de barro. Casi nunca estaba malhumorado, saludaba afectuosamente a todos y siempre tenía muy buenas historias que narrar.

En una ocasión, el enmascarado llegó a la casa con un puercoespín (localmente llamado cashacuchillo) que había sido arrollado por un camión en la carretera Federico Basadre, se lo dio a su madre, que era la “jefa” de la cocina y le pidió que le preparara un platillo especial para el almuerzo. Sin embargo, ni él, ni mi padre llegaron a tiempo para la comida, mi padre debido a un embotellamiento, y el enmascarado por razones desconocidas. Mi progenitor llegó a eso de las cinco de la tarde con un apetito atroz. A esa hora me encontraba en el comedor y fui testigo del tremendo susto que se llevó, al retirar el plato que cubría el potaje que no era el suyo.

-          ¿Junior, qué es esta cojudez?, ¿cómo van a darme de comer este animal? Es un mono mutante…

-          Primero, ese plato no es tuyo, y segundo, no es mono, es un cashacuchillo – respondió la madre del enmascarado.

Aquel día, en el crepúsculo, mi padre me miró fijamente y pronunció de forma solemne una de las frases que más recuerdo de él, “hijo, el almuerzo de hoy fue un completo fracaso”, después de eso, se fue a dormir la mona.

El enmascarado llegó a la hora de la cena. Después de escuchar el relato acerca de la confusión de platos, solo sonrió y dijo “tu padre no sabe lo que se pierde”, luego me relató su vida en la selva; me habló sobre política; sobre los muertos en las calles; sobre el terror que cubría la ciudad; sobre su esposa y sus dos hijitas. Yo le conté algo acerca de mis exiguos 14 años, y reímos y charlamos amigablemente junto a su madre hasta pasada la medianoche.

Al despedirnos, pues yo viajaba a Lima al día siguiente, no imaginé que nunca más volvería a ver al enmascarado. Simplemente desapareció, como si la tierra (o la selva) se lo hubiera tragado. Primero pensaron que había huido con alguna mujer y mantuvieron esta hipótesis por varias semanas. Posteriormente, los familiares visitaron los lugares que había frecuentado y conversaron con las personas que lo habían visto antes de desaparecer, así llegaron a la conclusión de que el enmascarado no huyó por cuestiones pasionales. Aparentemente, una vez en su chacra, había sacrificado uno de los chanchos que criaba, lo destazó con apoyo de unos vecinos, llenó un cesto de fibra de aguaje con la carne del porcino, lo cubrió con hojas de guineo y una vez sujeta convenientemente con una pretina, se dispuso a visitar los poblados cercanos para vender la carne, finalmente solo se quedó con la cabeza del animal. Es en este punto, donde las versiones se contradicen enigmáticamente.

El enmascarado, según diferentes testigos, había sido visto un martes en una localidad ubicada a 15 minutos de su chacra, ofreciendo la cabeza de chancho; al siguiente domingo la estaba ofertando en un pueblo ubicado a cinco horas de la chacra; al siguiente mes lo habían visto cerca de Tingo María, siempre con la cabeza de chancho de por medio. Era evidente que, tanto espacial como temporalmente, esto no tenía ningún sentido, pero eran las versiones de los testigos que aseguraban tales hechos.

Cuando regresamos a Pucallpa a fines de marzo, el enmascarado seguía desaparecido y fue allí que comenzó a circular la siguiente versión: el enmascarado era en realidad un mando político o militar del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru – MRTA, por lo tanto, era probable que hubiera muerto en alguno de los muchos enfrentamientos que se daban entre los terroristas y las fuerzas armadas. La cabeza de chancho era interpretado por mi padre como una consigna que los propios mandos terroristas implantaron para despistar a la familia o a la policía, quienes en su afán de obtener información para localizar al enmascarado, podrían agenciarse de datos que comprometieran las operaciones del MRTA en la zona.

Lo cierto es que el cuerpo del enmascarado nunca fue encontrado y su familia tuvo que vivir con el estigma del padre asesinado por terrorista, lo que, valgan verdades, nunca fue probado. Varios años después, volví a preguntar sobre el tema, y me contestaron que la historia nunca cambió, la gente que aseguraba haberlo visto respondía cosas como: “en fiestas patrias vi al enmascarado por Atalaya, cargando una cabeza de chancho” o “en la segunda quincena de diciembre estuvo en Aguaytía, ofreciendo a buen precio una gran cabeza de chancho”.

En algún lugar de Pucallpa, la tierra colorada, el cuerpo del enmascarado aún espera ser encontrado.

 

jueves, 16 de mayo de 2013

Una noche en el Arco Iris


El día que leí que el alcohol era malo para la salud…dejé de leer

Jim Morrison

Una vez concluido los estudios secundarios, me tuve que enfrentar a la encrucijada de la educación superior, en ese entonces no había pensado en la universidad de forma seria, pues mis intereses me empujaban hacia otras direcciones. En búsqueda de un brillante porvenir me inscribí en el Instituto “Reyna de Latinoamérica”, escogí la carrera de computación e informática en el horario nocturno y armado de un disquete de 3 ½ “ inicié lo que fue una de mis experiencias académicas más frustrantes.

A lo largo de los siguientes cuatro meses, acepté casi con beneplácito que el director/dueño del instituto, me timara junto a más de una centena de jóvenes que esperábamos una educación de calidad a un precio justo, cosa que nunca ocurrió.

Pero este fracaso no fue competencia única del instituto, yo tenía mi cuota de responsabilidad ya que para esta aventura escogí a mi compinche de barrio, el “gringo” Roy, como compañero de aulas. Pretender estudiar junto con él fue un craso error. Con el gringo podía hacer de todo, menos estudiar. Apenas se dio inicio a la primera semana de clases, formamos un grupo de amigos cuyo denominador común era tener una gran disposición para el jolgorio.

Cualquier pretexto era bueno para encaminarnos hasta un bar ubicado en la esquina de las calles Brasil y Huallaga. Todos los que compartíamos la mesa proveníamos de familias humildes, la cerveza era solo el preludio del posterior consumo de licores baratos y finalmente, de trago corto.

Siempre andábamos en busca de nuevos huequitos. La ausencia de un docente o una clase aburrida era la justificación perfecta para perdernos un par de horas y asistir desvergonzadamente borrachos a la última clase de la noche, solo para incomodar al profesor y a nuestros aplicados compañeros.

En una ocasión en la que llegué tarde a una clase, me encontré con la cuadrilla de vagos esperándome para ir a un nuevo antro que había descubierto un bizarro compañero, de apelativo Barnes. El sitio se ubicaba “antes” de la primera cuadra de la calle Brasil, descendiendo el barranco. El lugar era una zona paupérrima que se extendía como un apéndice del barrio de Belén, frecuentada por ladronzuelos y adictos, muchos de ellos deambulaban sin camisetas, mostrando las numerosas cicatrices y tatuajes que revelaban un pasado carcelario.

A pesar de este tenebroso entorno, igual nos adentramos en ese barrio en búsqueda del bar, el mismo que era una tragoteca de mala muerte, cuya estructura de madera y triplay parecía a punto de sucumbir al menor respiro. Además del olor a trago impregnado en el ambiente, sobresalía un desvencijado estante donde se lucían dos tarros de leche y tres latas de grated de atún. De un clavo colgaba una bolsa de pan a medio llenar.

-          ¡Bienvenidos al “Arco Iris”! – exclamó Barnes.

-          ¡Una menta! – volvió a rugir nuestro compañero, y una octogenaria mesera apareció tras una cortina hecha de escamas de paiche, trasladando en una botella de vidrio transparente, 750 ml de cachaza color verde esperanza, haciendo competencia al absenta europeo.

-          Vamos a pintar nuestras tripas – comento el gringo, y acto seguido brindó con un vaso a medio llenar. La botella se vació en menos de 15 minutos.

-          ¡Una naranja! – resonó en el ambiente.

-          ¡Una fresa! – se escuchó media hora después.

Y así, de a pocos, fuimos consumiendo litros de cachaza mezcladas con una amplia gama de colorantes artificiales para jarabes, gelatinas, tortas, helados, chupetes, y quién sabe, para telas. Estaba de más preguntar por qué el lugar se llamaba “Arco Iris”.
Dos horas después, la mesa era un hervidero de ideas y conclusiones contundentes sobre el destino de la región, el país y el mundo.

-          ¡Una pálida! – gritó Barnes, y casi de inmediato surgió ante mis ojos una botella con trago color amarillo fosforescente, que se acabó en tiempo récord.

-          ¡Una leche! – confundidos, pensamos que en un arranque de estupidez, Barnes se había propuesto desafiar a su estómago consumiendo el lácteo producto, pero nos equivocamos, se trataba de una botella de leche de monja, pero en su versión más light, ya que el 99% era aguardiente.

Pasada la media noche todos estábamos borrachos, hablando al unísono de fútbol, política y religión, por un lado; de mujeres y desengaños, por el otro. En medio de este clímax, fuimos testigos de la última presentación de la jornada, y quien mejor que Barnes para hacer los honores.

-          ¡Un cielo! – escupió ambas palabras, tal era su grado de embriaguez

La anciana apareció con aire majestuoso, trasladando una botella con el aguardiente teñido de un increíble color turquesa. En el límite cercano a la pérdida total de la conciencia, Barnes se puso en pie a duras penas, tambaleante cogió un vaso, lo llenó del alienígeno trago y dirigiéndose a la anciana le dijo:

-          Vejez, un pan…tráeme un pan, el más grande…

La obediente mujer le trajo lo solicitado y acto seguido, de la misma forma en la que Jesús partió el pan y se los dio a sus discípulos, Barnes partió el pan, lo sumergió en el pequeño mar caribe de su vaso y sin mediar explicación alguna, se lo tragó.

Maravillado ante tal espectáculo, cerré los ojos y de inmediato caí en un espiral de recuerdos difusos.

miércoles, 3 de abril de 2013

El carné del pastor evangélico

Allí donde Dios erige una iglesia, el demonio siempre levanta una capilla; y si vas a ver, encontrarás que en la segunda hay más fieles.
Daniel Defoe
Sabido es que en casi todos los caseríos y pequeños centros poblados amazónicos, la religión evangélica se ha ido imponiendo de forma limpia por sobre la católica, parte de esto se debe a que los pastores evangélicos son mucho más dinámicos, constantes y decididos en su tarea evangelizadora.
En una de las localidades de la cuenca del río Napo, que momentáneamente dejaremos en el anonimato, la práctica del culto religioso hubiera caído en el total olvido, de no ser por la aparición de una familia proveniente del río Tigre, el patriarca, llamado Melgar Sanchi, se presentó ante la población como un hombre de Dios y un pastor evangélico dispuesto a levantar de las cenizas la casa del señor.
Los pobladores lo recibieron con beneplácito, más de un anciano elevó sus brazos al cielo en señal de agradecimiento, ya que la palabra de Dios al fin llegaría a muchas almas extraviadas.
Solo se necesitaron tres días para levantar el templo, desde aquel momento los cultos se realizaban metódicamente dos veces por semana, los diezmos eran entregados puntualmente, además, como es costumbre en la iglesia evangélica, el pastor al no estar facultado para laborar en otros ámbitos que no sea en la prédica del evangelio, debía recibir la primicia, que no es más que una ofrenda o gesto de amor por parte de cada creyente, consistente en la donación de víveres como yuca, plátano, carne de monte, pescado o recibir como obsequio la primera camada de animales que los fieles estén criando, sean gallinas, cerdos o reses. En suma, todo producto que cubriera los requerimientos alimenticios del pastor y su familia.
Sin embargo, luego de un tiempo la situación fue cambiando, los cultos que otrora rebosaban de fieles, ahora lucían desolados, lo mismo ocurría con los diezmos y con la entrega de víveres. El pastor al ver la integridad de su organización amenazada, empezó con una sutil campaña de intimidación hacia aquellas ovejas descarriadas que están desafiando al señor con su arrogante actitud…, lamentablemente para sus intereses, la formula no resultó y la iglesia, a menos de un semestre de su inauguración quedó reducida a su mínima expresión.
El pastor durante todo este tiempo había mostrado un ejemplar e intachable comportamiento, del mismo modo su joven esposa y sus siete hijos, los mismos que además formaban parte del coro de la iglesia. La familia, dedicada en cuerpo y alma a la obra del señor, nunca se dio el tiempo para establecer una chacra, o fortalecer la crianza de sus animales, su casa era poco más que una choza donde lo único que sobresalía era el cajón que en los buenos tiempos se utilizaba para colectar los víveres que los crédulos campesinos se esforzaban por llenar a diario.
Ante este nuevo escenario, el pastor decidió darse un tiempo para efectuar un profundo estudio bíblico y reflexionar sobre las vicisitudes de su empresa, y aprovechó ello para visitar a un familiar en una comunidad vecina. Se despidió de sus fieles por dos semanas, y prometió volver con renovadas fuerzas.
El día que regresó a su comunidad, los pobladores se encontraban en plena obra pública, saludó a todos y vio el momento propicio para vender su producto. El agente comunal no se lo permitió, vete a otro lado Melgar, a nosotros ya no nos vuelves a engañar - le dijo, todo el pueblo lo ignoró y continuaron con su tarea.
El pastor se puso a un lado sumamente contrariado, miro en derredor suyo y divisó al viejo Bienaventurado, Bien – le dijo, ¿me puedes explicar qué es lo que ha pasado, por qué la gente está chúcara? Hum – le respondió el anciano. No te hagas el loco Melgar, acá ya todos saben que eres un completo fraude, te vieron Melgar, te pillaron, fue mi ahijado el que nos dio la novedad.
No sé qué pudo haber dicho tu ahijado, pero lo que sea, se puede aclarar – respondió el pastor. A ver, aclara entonces como es que te venció la vanidad y fuiste a bailar música mundana y a emborracharte en la casa de tu hermano durante dos días celebrando el cumpleaños de tu cuñada - le recriminó iracundo el anciano.
Melgar enrojeció, ni él mismo recordaba con claridad aquel episodio, aún sentía el malestar gástrico después de la brutal borrachera que se había dado por el onomástico de su cuñada, la mezcla de masato, trago y cerveza le había pasado la factura. La fiesta estuvo buena – se dijo para sí mismo, había parrandeado hasta el cansancio con la música psicodélica de los Mirlos, Los Wemblers, Sonido 2000 y Juaneco y su combo. Lo último que recordaba era haber sido sopapeado por su mujer después de haberle tocado las tetas a la María en pleno trance musical. Al día siguiente sus hijos lo recogieron de la calle antes que los búfalos lo pisotearan, pero esto no lo recordaba, se lo contaron.
Todo tiene explicación – respondió, hoy mismo solicitaré reunión comunal para aclarar este tema.
Hermanos míos, sé que a sus oídos han llegado injurias sobre mí persona sobre algunos hechos, los cuales tienen una razón de ser – declamó ante la población que atiborró la única aula del centro educativo. Como ustedes comprenderán, yo soy un pastor reconocido por la Misión Evangélica Interplanetaria, con sede en Estados Unidos, y constantemente recibo capacitación para actualizar mis técnicas evangelizadoras. Lamentablemente hermanos, después de mi último ciclo de instrucción en Iquitos, a la fecha aún no me envían mi carné actualizado de pastor, por lo tanto, si me vieron bailando y tomando fue porque precisamente en estos momentos no estoy facultado para ejercer el ministerio del señor, TENGO EL CARNÉ VENCIDO.
Los pobladores se miraron unos a otros por breves segundos antes de dar rienda suelta a las carcajadas, dicen que las burlas ante tamaña ocurrencia duraron alrededor de cinco minutos. Las autoridades, que en un primer momento habían decido expulsar definitivamente al embustero, reconsideraron esto y le permitieron quedarse en el pueblo como un simple poblador.

sábado, 30 de marzo de 2013

Los agustinos y el nido de paucar

El año 1989 fue un año con múltiples facetas para los estudiantes del segundo año de secundaria del colegio San Agustín de Iquitos. No era suficiente el difícil cambio de niño a adolescente que experimentábamos, la dirección del colegio se empeñaba en hacernos las cosas aún más complicadas. Una de las grandes genialidades que se les ocurrió, fue el tristemente célebre examen genital - urinario grupal.
En esa época, la preocupación de los padres de familia y de los curas era comprensible, era un secreto a voces que la mayoría de los estudiantes de entre 12 y 13 años de edad, habíamos iniciado nuestra vida sexual acudiendo a los prostíbulos del barrio Pucayacu en San Juan Bautista, en la Morronga de Morona cocha o en la Carapa de Punchana. Simultáneamente, los medios de comunicación habían inundado la ciudad con información relacionada al alarmante avance del VIH y el SIDA en el mundo. Además de esto, se habían presentado casos de infecciones por gonorrea en estudiantes de grados superiores, todo lo cual contribuyó a que se tomaran medidas radicales preventivas por parte del colegio sobre el problema en cuestión, y estas fundamentalmente consistían en mandar palpar el bajo vientre y los genitales de los arrechos estudiantes de secundaria.
El día escogido para el referido examen fue un sábado por la mañana, la modalidad: auscultación en la enfermería a grupos de cinco estudiantes, según la lista oficial. Sobre el examen del primer grupo (mi grupo) no entraré en mayores detalles, lo más que puedo agregar es que salí sumamente perturbado y avergonzado al constatar que era uno de los pocos a los que recién le estaba saliendo vello púbico.
Sin embargo, lo interesante vendría en el segundo grupo, hago memoria e imagino a Cartio, Da Sierra, Dévalos, Dévila y Días*alineados uno al lado del otro en el pequeño y caluroso ambiente. La vos del galeno suena metálica, buenos días, a ver, por favor bajen el pantalón…ahora bajen el calzoncillo y pelen el pajarito…esto último no suena metálico, lo dice con malicia, con coquetería, acompañado de una media sonrisa. Se inclina levemente y revisa a Cartio, lo intimida, lo anula. Cartio palidece a pesar de su tez morena, no hay mayor novedad y el galeno avanza hacia el siguiente.
El que sigue es Samiel Da Sierra, su porte asemeja una estatua de piedra, su mirada permanece inalterable. El galeno lo revisa, de pronto parece perturbado, nervioso. Coge unos guantes quirúrgicos que están sobre el escritorio y palpa las criadillas de Samiel. En ese momento el resto de estudiantes de la fila cobra vida, por compañerismo no habían prestado mayor atención a la revisión de Cartio, apenas una mirada de soslayo. Pero ahora la cosa es distinta, la curiosidad aleja cualquier pudor y con bastante descaro, cuatro pares de ojos observan las maniobras del médico. Primero coge un testículo a mano llena, lo sopesa con rigor científico, coge el otro y repite el mismo procedimiento, luego coge ambos, los presiona levemente y pregunta ¿te duele? No – responde Samiel.
El médico aún parece sorprendido, coge sus lentes y por breves segundos muerde nerviosamente uno de los extremos de la montura, se muestra dubitativo, como si algo allí no correspondiera, como si algo no encajara, nuevamente revisa a Samiel, presiona con los dedos por debajo del ombligo, presiona la ingle, vuelve a preguntar ¿te duele? No – responde mecánicamente el estudiante.
Finalmente, el médico parece convencerse de lo evidente y da por culminada su labor, pasando rápidamente al siguiente alumno para el chequeo de rigor.
Los cronistas de la época mencionaron varias cosas posteriores, dijeron que un estudiante que observó todo el procedimiento comenzó a sudar copiosamente mientras sus ojos presentaban un inusitado brillo; otro estudiante tuvo pequeños rictus producto de los nervios, incluso intentó apoyar al médico durante el procedimiento de palpación de los genitales, esto fue advertido por sus compañeros quienes lo inmovilizaron antes que lograra su cometido. Los cronistas más intrépidos aseguran que otro estudiante, ante tamaño espectáculo, comenzó a salivar de forma excesiva como si se tratase de un perro ante la vista de un jugoso trozo de carne, más tarde diría que en lugar de una auscultación debió haberse realizado una degustación.
Las malas lenguas cuentan que con motivo de la celebración por los 20 años de egresados, uno de los alumnos que protagonizaron la escena, confesó con algo de timidez que sus padres tuvieron que pagarle una terapia psicológica por espacio de un año para superar aquel momento.
A estas alturas, los lectores más audaces seguro se preguntaran el porqué del título de esta anécdota, aquí va la respuesta,  el lunes siguiente en el colegio, a la hora del recreo, nuestro compañero Merlín Pandero* nos comentó lo siguiente: el médico que nos revisó el sábado estuvo comentando que ”Da Sierra, en lugar de tener testículos, tiene un gran nido de paucar entre las piernas”. Aun hoy se especula sobre el tema, pero la verdad absoluta de aquel episodio solo la conocen Samiel, el infidente médico que lo revisó y los cuatro falaces compañeros.

*Se han modificado las identidades a fin de no exponer a los verdaderos protagonistas.